He estado escribiendo últimamente sobre el petróleo, reforma electoral, precio de la gasolina, Cuba, entre otros tópicos; así que decidí -como lo hago en ocasiones-, intercalar ahora un tema personal.

Con mucho orgullo quería yo gritar hace unos días “ese es mi hijo”, en una graduación. Pero me contuve y no lo hice. Les pongo en contexto, aunque para ello me regreso en el tiempo una década, para explicar mi punto.

Hace poco más de diez años, inicié una nueva familia, acompañada siempre, en cada momento, de mi princesa Grecia. Les cuento que conocí, traté y decidí entrarle a un matrimonio adulto, con un hombre noble, atento, servicial, que estaba dispuesto a entregarse por completo a esta relación (de él luego hablamos). No era él solo, sino que incluía un “kit” completo, que traía: tres hijos, tres perros, quince peces, un canario y muchas plantas (todos esos seres vivos venían en paquete), -así hacíamos la broma, pero es verdad-. Los dos jóvenes varones se quedaron con él, por disposición judicial. La jueza determinó que la relación con su madre biológica estaba tan quebrantada, que no debían convivir con ella, dado su diagnóstico legal como esquizofrénica. Así que a partir de ese momento esos niños se convertirían en “mis hijos”. Todos en esta familia estamos muy conciertes de que no lo son; pero para efectos prácticos así es.

Este artículo se lo quiero dedicar en específico a André Santiago. Quien ahora tiene 23 años. Ha concluido sus estudios de Ingeniería Civil, continuará estudiando una o varias especialidades. Es un joven con muchas cualidades y talentos. A quien quiero y admiro en demasía. Su lógica es opuesta a mi lógica. Lo hemos probado y comprobado en múltiples ocasiones. Yo razono de una manera y el de otra. Lo que hace que aunque a veces “me desespere” un poco, al final le concedo razón y terminamos riéndonos de cada anécdota. Con él puedo platicar de tantas cosas, al igual que el siente confianza para contarme lo suyo. Aunque en realidad es muy serio y reservado.

Nos sorprendió muchísimo que en el baile de graduación, se pasara las horas en la pista, siendo “el alma de la fiesta”, porque no lo habíamos visto nunca en esa faceta. Ya que incluso, en reuniones familiares, los demás le insistimos hasta para que se tome una cerveza de vez en cuando. Yo le digo, que en ingeniería de la UACH están “los más borrachos” (sin ofender a nadie, solo por señalar un estigma); pero a André casi no le gusta tomar, ni salir de noche. Esa es una buena característica que cualquier padre o madre de familia desearían.

Durante la ceremonia, en el centro de convenciones, el Rector, Luis Rivera, -en su discurso-, motivó para que las madres de los graduandos se pusieran de pie. Mi esposo me hizo señas para que yo me levantara. Así lo hice. Orgullosa. Bien plantada. Erguida. Estoica. Con la frente en alto. Sabedora de mi deber de madre. De haber cumplido un reto que la vida me impuso. Llevándome en cierta medida, el mérito de que este niño que llegó a mi vida por obra del destino, estuviese concluyendo una etapa de su vida académica (aunque sobrevengan más escalones por subir).

Días antes, yo le había estado diciendo a André, que cuando lo nombraran, iba a gritar muy fuerte: “ese es mi hijo”. Claro que con lo tímido que es, me habría advertido que no lo hiciera. A él todo le da vergüenza. Lo hubiera hecho, por las razones que explico en el párrafo anterior. Pero me detuve. Para no hacerle pasar por un mal momento. Pues, al contrario, mi intención es hacerlo sentir bien, poderoso, digno, altivo.

Desde que André llegó a mi casa, me he ocupado de cuidarle, de alimentarle (ya que come cuatro veces más que yo), de darle amor, de envolverlo en un entorno pacífico y armonioso. El hecho de que seamos tan distintos, logra un extraño equilibrio en nuestra relación materno-filial. Él es tranquilo y yo dinámica. Serio y yo platicadora. Muy codo y yo muy desprendida del dinero. Es antisocial y yo la más sociable. Es ingenioso y creativo y yo antitecnología. Es lógico y racional y yo aventada e intrépida. Así es como convivimos, coincidimos y convergemos, en este espacio, llamado hogar.

Yo no sé qué le deparaba el destino a este hermoso niño, que provenía de una familia dañina y disfuncional. Lo que sí sé, es que el futuro le tiene preparadas puras cosas buenas y positivas; segura estoy de que se convertirá en un hombre de bien, con valores, con principios. Con los firmes cimientos que su papá y yo le hemos construido en este tiempo.

André, lo que intento decirte mediante este escrito, es lo feliz que estoy de que seas parte importante en mi vida. Que viniste a ocupar un lugar en mi corazón. Que estoy satisfecha y complacida de tenerte y de que seas mi hijo. Te quiero tanto mi rey, con todo mi cariño. Sigue siendo tan lindo como ya lo eres. Continúa estudiando y preparándote. Encontrarás un buen trabajo en el que ejerzas tus conocimientos. Y dentro de 12 años, me das el nieto (a), que me prometiste. Te adoro mi vida. Tu madrastra, Kenya.

Por cierto, cuando yo sea diputada, propugnaré por modificar el término legal de “madrastra”, por uno que al menos suene mejor.

Ya es momento…