Muchas veces oímos decir que “el cerebro piensa”; parece cierto, porque cuando alguien se golpea fuerte la cabeza, puede dejar de pensar con claridad; sin embargo, la filosofía nos ayuda a ver que la respuesta no es tan simple: el cerebro es necesario para pensar, pero quien piensa es la persona.
Para explicarlo, los filósofos dicen que el entendimiento, que es nuestra capacidad de comprender, es espiritual. Esto no quiere decir que sea un fantasma o algo separado del cuerpo. Significa que no depende de la materia ni para existir ni para actuar [1]. Así, para mirar usamos los ojos y para oír usamos los oídos, pero para entender no hay un órgano especial. El alma realiza sin órgano sus funciones de inteligencia y de voluntad [1].
Hay cuatro razones para pensarlo. La primera es que entendemos ideas que valen para todo. Cuando entiendes qué es un triángulo, esa idea sirve para todos los triángulos que existen y que pueden existir. En cambio, cualquier cuerpo, incluido el cerebro, siempre es uno solo, en un lugar y en un momento [2]. La idea es algo que no se puede tocar [3].
La segunda razón es que la inteligencia puede pensar sobre sí misma. Tú puedes pensar en lo que estás pensando. Un órgano no puede hacer eso: con el ojo captamos los colores, pero este no capta su visión [2].
La tercera es que el entendimiento no está atado al aquí y ahora. Sentir frío exige sentirlo en este momento; pero puedes saber qué es el frío aunque no lo sientas, o comprender un teorema sin que importe el lugar ni el día [4].
La cuarta tiene un ejemplo curioso. Si tu lengua tuviera sabor amargo, todo te sabría amargo y no podrías distinguir lo dulce ni lo salado. Del mismo modo, si el entendimiento fuera algo corporal, no podría conocer cómo son los cuerpos [3].
Todo esto se apoya en un principio sencillo: “se actúa según lo que se es”. Si los actos de la inteligencia no los realiza un órgano, la inteligencia no es un órgano [2].
Esto no significa que el cerebro no importe. Al contrario, para pensar necesitamos imaginar, recordar y percibir, y todo eso sí depende de órganos. Si se daña la parte del cerebro que guarda los recuerdos, la persona pierde la capacidad de recordar [4]. Por eso el cerebro es una condición sin la cual no podemos pensar [4]. También por eso las lesiones cerebrales pueden causar enfermedades mentales, y estudiar mucho cansa la cabeza: el trabajo intelectual necesita de la imaginación, que sí está ligada a un órgano [2]. Algo parecido ocurre con ciertas drogas: pueden afectar el uso de la razón, porque lo físico es necesario para pensar, aunque no es suficiente [5].
Parecen dos ideas contrarias: la inteligencia depende del cuerpo y, a la vez, no depende de él. Pero las dos son verdaderas. El cuerpo es necesario para que la inteligencia tenga algo que conocer y se ponga a trabajar, pero el acto de entender no es material [2]. La mente necesita del cuerpo “simplemente para ponerse en contacto con su objeto” [3]. Un ejemplo lo aclara: cuando vemos a un niño, lo percibimos gracias a la actividad de nuestras neuronas; pero entenderlo como “niño”, con una idea que vale para todos los niños, es obra de la inteligencia [5].
Por eso no se puede señalar el lugar exacto del cerebro donde “está” un pensamiento. Hay zonas que se activan y lo sostienen, pero la inteligencia no se encuentra en un punto del cerebro [5]. Y el tamaño del cerebro ya no se usa para medir la inteligencia de las personas [5].
La ciencia que estudia el cerebro no se opone a esta idea. Más bien, ha mostrado que el ser humano es una unidad, y que pensar o rezar son acciones del hombre entero, cuerpo y espíritu [4]. En fin, “es el hombre el que piensa con su cerebro, y no el cerebro el que piensa autónomamente” [4].
[1] Jolivet, R. (s. f.). Curso de filosofía (3.ª ed.). Desclée de Brouwer.
[2] Verneaux, R. (1970). Filosofía del hombre (L. Medrano, trad.). Herder.
[3] Brennan, R. E. (1965). Psicología general. Morata.
[4] García Cuadrado, J. A. (2010). Antropología filosófica. EUNSA.
[5] Sanguineti, J. J. (2007). Filosofía de la mente. Un enfoque ontológico y antropológico. Palabra.