"No existen límites ni en el universo ni en ti. Todos los límites son construcciones de tu mente"
Jodorowsky
Alicia en el País de las Maravillas es interpretado frecuentemente como una alegoría política donde el caos, la ilógica y la tiranía de personajes como la Reina de Corazones (asociada a menudo con la reina Victoria) parodian la burocracia y las estructuras de poder. Alicia representa la razón enfrentando un mundo adulto absurdo, simbolizando la inocencia frente a la opresión.
El cuento es considerado una crítica a la rigidez y las reglas absurdas de la sociedad victoriana, donde la autoridad es caprichosa y el "orden" no tiene sentido lógico. Escenarios como la merienda de locos del Sombrerero Loco ilustran situaciones políticas incomprensibles donde la lógica no aplica.
Han trazado paralelismos entre la era Trump y el "País de las Maravillas", por la naturaleza impredecible y caótica de la comunicación política moderna. Interpretan que la democracia funciona al negarse a la sentencia absurda de la Reina de Corazones.
Todos somos testigos en tiempo real del deterioro rápido de las instituciones que conforman la democracia más antigua y poderosa de occidente. Algo que pensábamos que era imposible de pronto es visto como un riesgo real. Y si eso ocurre en Estados Unidos, bien vale la pena mirar lo que ocurre en Mexico, porque nuestra democracia también puede erosionarse si seguimos “avivándonos” con nuestras instituciones.
Recordemos como el cuento de Alicia en el País de las Maravillas y como sonrisa del gato invisible. Cuando era niño lo que más me gustaba del mundo irónico de Lewis Carroll era la celebración de los días de “no cumpleaños”. Siempre encontré genial que alguien pudiera celebrar todos los días jugando con amigos, recibiendo regalos y comiendo pasteles.
Usted se habrá preguntado cómo es posible que el presidente de EEUU pudiera establecer a su antojo, de un día para otro, derechos de aduana sobre todo lo que muevan en la Tierra, desde sus amigos más cercanos como Mexico, Canadá y Reino Unido, hasta China, y algunas islas ignotas habitadas por pingüinos. Es raro, nos dijimos en nuestra oficina, hay tratados de libre comercio con muchos países que no pueden ser ignorados, estos temas requieren leyes, no decretos del presidente de turno, y seguramente debe haber algún contrapeso. Una democracia no funciona así.
Este es el contrapeso político. Aunque la ley no lo dice, esto se pensó y escribió para casos especiales, lo que usted y yo entendemos como una verdadera emergencia: catástrofes naturales, plagas, una pandemia, una invasión extraplanetaria. Tal es así que la parte administrativa de este sistema es aplicada también para el caso de declaración de guerra. Así es, esto pasa cuando las instituciones no son respetadas y la “viveza” se impone. A la vuelta de la esquina la viveza es convertida en una maldición que golpea de vuelta. “En México no esta pasando eso”, dice la líder de Morena.
La doble obra maestra de Lewis Carroll no pertenece exclusivamente al mundo infantil ni al adulto. Sin embargo, tal vez la interpretación de Pat Andrea sea, si no la más adulta, al menos la más revolucionaria hasta la fecha. Alicia es la misma frontera, la linde ondulante entre la norma y la libertad, la sintaxis y el neologismo, la vigilia y los sueños, que cambia sin pedir permiso. En su literatura, Carroll cuestiona la lógica estricta de la razón, el orden y la moral —intocables en una sociedad como la inglesa de la segunda mitad del XIX— utilizando el absurdo como forma de rechazo y sublevación hacia la tiranía de la racionalidad. Tal como sucede en la atmósfera onírica de Alicia, esto da lugar a la libertad de asociaciones de palabras o de ideas.
Pat Andrea, figura clave del arte contemporáneo, ha sabido desarrollar un código propio para dar forma a la irreverente geometría del sueño y a una nueva Alicia polimórfica, tal vez la primera Alicia fractal.
La atmósfera de la obra —dislocada de la lógica racional, proclive a las desmesuras, invitación ilimitada a las súbitas variaciones de escenarios—, así como la mutabilidad de Alicia, su plasticidad, estimulan el arte de Pat Andrea. Con una gran alternancia de técnicas —lápices de colores, acuarela, carboncillo duro, collages, pintura con pan de oro, grafito— representa, a lo largo de las páginas, a una Alicia de doce años, veinte o treinta, pero que, en realidad, carece de edad. Fruto de tres años de trabajo, su interpretación gráfica de la obra de Carroll es, en palabras de Marc Lambron, “una antología personal y un autorretrato colectivo. El pintor regresa a las fuentes del nonsense moderno, provisto de los signos que Alicia prodiga misteriosamente”.
En México estamos en la mesa del no cumpleaños. El Estado así nos quiere, entretenidos con nuestro pastel y taza de te.
Salud y larga vida