La escena parecía simple; una adolescente de 15 años estudiaba para su examen de filosofía; sobre la mesa había apuntes, autores, conceptos y una palabra que durante años formó parte de su vida pública: feminismo.
Las ideas centrales no lograban conectar en su razonamiento lógico; conceptos básicos sobre igualdad, estructura social, derechos o movimientos históricos parecían lejanos, aunque ella asistió cada 8 de marzo casi religiosamente a defender el derecho de niñas y adolescentes a estudiar áreas STEM, participó en actividades de liderazgo y sostuvo discusiones públicas sobre igualdad de género desde muy pequeña.
La experiencia estaba ahí. La conciencia histórica, no necesariamente.
Esa diferencia importa más de lo que queremos admitir.
Hoy miles de adolescentes participan en movimientos sociales, marchas, protestas, campañas digitales y discusiones políticas; levantan consignas, comparten hashtags, sienten indignación colectiva y forman parte de momentos que probablemente no alcanzan a explicar con claridad qué significa aquello que defiende, cómo surgió, qué lo originó o qué consecuencias tiene.
No es falta de inteligencia. Es una crisis de construcción de contexto.
Durante la movilización política de respaldo a la gobernadora del estado en Chihuahua, ella misma recordó cómo, cuando en sus inicios, asistía a actos políticos acompañando de su madre; pero no solamente acudía: su madre le explicaba por qué estaban ahí, qué defendían, qué significaba participar y por qué era importante sostener ciertas causas públicas.
Yo misma recuerdo cómo, desde la infancia, mi padre nos acercó a distintos espacios políticos; hacía proselitismo, conversaba de política en casa, mencionaba nombres, partidos, decisiones y consecuencias; nosotras escuchábamos, entendíamos por qué se apoyaba a ciertos proyectos, por qué se defendían determinadas ideas y por qué la participación política implicaba también compromiso, memoria y responsabilidad.
La conciencia histórica no aparecía sola. La construía el contexto.
El sociólogo Pierre Bourdieu explicaba que las personas interpretan el mundo según el “capital cultural” que reciben; es decir, las herramientas que el entorno les entrega para comprender la realidad; hoy los adolescentes tienen acceso ilimitado a información, pero muy pocas estructuras sólidas para ordenarla; reciben fragmentos, videos cortos, opiniones rápidas y emociones intensas; pero casi nunca procesos largos de comprensión histórica.
La atención juvenil ya no se forma en continuidad; se forma en interrupciones.
TikTok, reels, shorts y algoritmos enseñan a reaccionar rápido, no a profundizar; la emoción sí permanece. El contexto no siempre sobrevive.
Recordemos las dos últimas movilizaciones política aquí en chihuahua, dos ideologías distintas, la causa podríamos decir que la misma, el fin “la resistencia política”
La más reciente, en la que más de 20 mil personas reunidas en un acto que, guste o no, ya forma parte de la historia política reciente de Chihuahua; había jóvenes, adolescentes, familias completas; grabaron videos, subieron historias, sintieron pertenencia y participaron de una narrativa colectiva.
Pero dentro de diez años, ¿cuántos podrán explicar qué estaba ocurriendo políticamente en ese momento?, justo ahí surge el cuestionamiento: Estamos criando jóvenes que participan en hechos históricos… sin alcanzar a comprender del todo que lo son.
El pedagogo Paulo Freire advertía que la educación debía ayudar a “leer el mundo”, no solo memorizar conceptos; pero hoy la velocidad digital está destruyendo la capacidad de conectar experiencia con reflexión.
La historia dejó de sentirse como proceso. Ahora se consume como tendencia.
Cuando un adolescente no logra construir conciencia histórica, queda expuesto a algo mucho más peligroso: la manipulación emocional permanente; un joven que no entiende contexto es fácilmente arrastrado por narrativas extremas, o algoritmos que convierten emociones colectivas en consumo digital.
Por eso el papel de adultos, medios, escuelas y creadores de contenido ya no puede limitarse a informar; necesitamos explicar, contextualizar, conectar causas y consecuencias; enseñar por qué importan ciertos movimientos, por qué existen tensiones políticas, qué derechos costaron décadas conseguir y cómo se construye realmente una transformación social.
La conciencia histórica no nace sola, se enseña.
La pertenencia no nace únicamente de marchar, votar o compartir publicaciones; nace cuando una generación logra comprender profundamente aquello que está viviendo.
Si los adultos renunciamos a explicar la historia mientras ocurre, alguien más ocupará ese lugar; el algoritmo, los discursos radicales, los influencers vacíos o la propaganda emocional de 30 segundos.
Y entonces no tendremos jóvenes con pensamiento crítico.
Tendremos generaciones emocionalmente movilizadas… pero intelectualmente desarmadas.
Ahí está la verdadera RUDEZA NECESARIA:
Entender que criar adolescentes informados ya no consiste solamente en darles acceso a datos, internet o libertad de expresión; consiste en enseñarles a pensar lo que viven, a cuestionar lo que consumen y a comprender el peso histórico de los movimientos en los que participan.
Un adolescente que entiende la historia puede transformar su entorno…
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