Hay alumnos que esperan el timbre para salir corriendo de la escuela; otros encuentran cualquier pretexto para quedarse.

Entrenan, ensayan, permanecen en la biblioteca, acompañan a sus amigos o alargan una conversación en el pasillo. Desde fuera parece entusiasmo escolar; algunas veces puede existir otra razón, mucho menos visible: todavía no quieren regresar.

Durante años pensamos la escuela como el lugar del que los adolescentes querían escapar; pocas veces nos preguntamos si para algunos es precisamente el lugar al que necesitan llegar.

No podemos generalizar ni romantizarla. Dentro de los planteles también existen acoso, violencia y miedo; pero cuando una escuela consigue construir comunidad aparecen elementos difíciles de medir en una boleta: rutina, pertenencia, amistades, actividades y adultos disponibles.

UNICEF reporta que 10% de los adolescentes mexicanos de 12 a 17 años presentó malestar psicológico durante los últimos doce meses; entre las mujeres la proporción alcanzó 13.2%, frente a 6.9% entre los hombres.

Los sistemas de educación pública en Chihuahua ya está haciendo lo propio en las aulas. Ya se aplican tamizajes de salud mental que evalúan ansiedad, depresión, estrés postraumático, ideación e intención suicida y autolesiones.

Los datos dicen algo que las listas de asistencia no cuentan: al salón no entran solamente estudiantes.

Entran duelos, miedo, violencia, abandono, ansiedad, problemas económicos, conflictos familiares, rupturas amorosas y silencios. Y frente a ellos hay otro ser humano: el maestro.

Conviene decirlo con claridad porque hemos colocado demasiadas responsabilidades sobre sus hombros.

El docente enseña, planea, evalúa, administra grupos, atiende familias, cumple procesos institucionales y, además, muchas veces es quien detecta que algo cambió en un alumno. No corresponde agregarle ahora la obligación de diagnosticar, tratar o resolver aquello para lo que no fue formado.

Un profesor puede escuchar; un compañero puede acompañar; un entrenador puede detectar; un orientador puede intervenir. Después debe existir una estructura que reciba esa señal, active protocolos, involucre a la familia cuando corresponda y conecte al adolescente con atención especializada.

La Ley General de Educación establece obligaciones para preservar la integridad física, psicológica y social de los menores. Por eso la seguridad emocional de un estudiante no puede descansar en la fortuna de encontrarse con “un buen profe”.

Necesitamos mirar los espacios aparentemente secundarios de la escuela. Una cancha, un club de fotografía, teatro, música, periodismo o deporte pueden ofrecer algo que ningún examen mide: pertenencia.

Quizá deberíamos observar de otra manera al alumno que nunca falta al entrenamiento, al que se apunta a varias actividades, al que permanece después de clase o vuelve constantemente al mismo espacio. Obvio no para diagnosticarlo, si no para estar estar preparados por si alguna vez llega ese “profe, ¿puedo hablar con usted?”, que la respuesta no dependa exclusivamente de la capacidad emocional, experiencia o buena voluntad de quien estaba frente al grupo.

Escuchar puede abrir una puerta; sostener lo que aparezca detrás corresponde a una red.

Familia, escuela, orientación, instituciones y servicios especializados tienen responsabilidades diferentes. Ninguna puede descargar la suya sobre la otra y mucho menos dejarla completa sobre el escritorio del maestro.

El adolescente tampoco necesita otro adulto empeñado en salvarlo. Necesita adultos capaces de verlo, espacios donde pueda permanecer sin miedo y un sistema que responda cuando finalmente decida hablar.

Podemos llenar las escuelas de protocolos, tamizajes, campañas y discursos sobre salud mental; pero nada de eso alcanza si después de detectar a un joven en riesgo no existe quién reciba la llamada, atienda la canalización y acompañe el problema hasta donde corresponda.

Esa es la rudeza necesaria: dejar de celebrar que la escuela se convirtió en refugio y comenzar a preguntarnos qué está ocurriendo afuera para que un adolescente necesite refugiarse en ella.

Porque si su lugar seguro termina cuando cruza la puerta del plantel, el punto nunca fue que quisiera quedarse.

El problema es a dónde tiene que volver…

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