Ya no usamos el celular

para sentirnos bien,

sino para no sentirnos mal

Existen dos grandes novelas de ficción que se convirtieron en clásicas, pero también en proféticas de un mundo que, increíblemente, ya estamos viviendo. Es como cuando la realidad supera a la ficción y se convierte en una profecía autocumplida.

En 1932, Aldous Huxley publicó la novela titulada Un Mundo Feliz. Luego, en 1949, su alumno George Orwell escribió la gran novela sobre el poder y control con el título 1984.

Ambas novelas son catalogadas como distópicas, término que se utiliza para describir a una sociedad imaginaria o futura, donde existe el control desmedido sobre las personas, la opresión y la pérdida de libertades. La palabra distópica es lo contrario a utopía. Esta última describe un mundo perfecto e ideal, pero inexistente y utópico. Distópica equivale a un lugar difícil y malo, que no plantea sueños guajiros, sino mundos de sufrimiento, dolor y opresión.

La novela de Huxley exhibe una sociedad tecno-totalitaria donde la felicidad se fabrica de manera artificial y el dolor no existe a costa de eliminar la libertad, el arte y la individualidad. En Un Mundo Feliz, se fabrica la felicidad artificial; hoy, en el siglo XXI fabricamos la inteligencia artificial.

Según Huxley, hay un control a través del placer. Todo se lleva a cabo sin dolor y sin pasión. No hay guerras ni pobreza. No se presentan tristezas profundas, pero tampoco existe el amor verdadero, religión, familia y ni la filosofía. Menciona el soma, que es una droga legal proporcionada por el propio Estado con la finalidad de eliminar dudas, aburrimiento o cualquier tipo de angustia. Y otra característica es que se promueve una promiscuidad obligatoria donde “todo el mundo pertenece a todo el mundo” –se vale, todos contra todos- y por lo tanto, las relaciones afectivas duraderas son mal vistas, porque la práctica del sexo es solo un pasatiempo recreativo.

Pasados unos 17 años, George Orwell apareció con su novela 1984, que muestra una sociedad controlada por un gobierno totalitario y autoritario que vigila y espía cada paso de los ciudadanos con la figura del Gran Hermano, que es el líder supremo que todo lo ve y todo lo sabe. Existe un Gobierno de mano dura que creó el Ministerio de la Verdad, donde se cambian los datos y hechos históricos con lo que el gobierno dice que sea una nueva realidad. Ahí, la verdad es solo la que dice el gobierno y por supuesto, prohíben los memes.

Además, mucho ojo y atención, existe la Policía del Pensamiento que castiga cualquier idea o deseo, crítica u opinión que vaya contra el sistema. Ahí el pensar se convierte en delito. Otra aportación del Gran Hermano o Gobierno vigilante, es la creación de una neolengua, o lenguaje diferente para eliminar palabras que no les gusta o satisface al gobierno y las sustituyen por otras. Esto impide a la gente pensar en libertad.

Estas dos novelas, aunque de ficción, nos plantean el control a través del dolor y por medio del placer. Pero la ficción se puede convertir en realidad, al cumplirse una profecía de seducción y manipulación. Se dice que Orwell creía que el poder aplasta y Huxley creía que el poder seduce. Y la seducción es una forma de control y opresión.

La droga que menciona Huxley, llamada soma, sería la equivalente a la dopamina, lo que puede explicar la teoría de la psiquiatra Anna Lembke[1] porque el soma no existía para hacer feliz a la gente, sino para impedir que sintiera algo que pudiera llevarla a cuestionar el sistema. En la actualidad se vive un autismo digital, que nos hace desinteresarnos en problemas en el país. Ante cualquier inquietud, metemos la mano al bolso y el teléfono nos calma la ansiedad.

Como en la novela Un Mundo Feliz la ficción crea comodidad en la sociedad para que sea fácilmente controlada. Hoy hemos decidido el camino de la anestesia, lo que nos aísla de sufrimientos o dolor por enfrentar una realidad que cada vez nos ahoga. Nos auto anestesiamos con dosis de dopamina administrada magistralmente por las redes sociales.

Estamos ahora ante drogas digitales donde las pantallas y aplicaciones de la tecnología digital actúan como recompensas conductuales que estimulan la dopamina, generando un consumo similar a una adicción. Somos adictos digitales, por obra y gracia de la telefonía celular.

Entre las drogas digitales, están las redes sociales, los videos juegos, pornografía, apuestas y compras en línea, donde la hormona de la dopamina secuestra el sistema de recompensa cerebral con el consumo constante que eleva el umbral del placer provocando aburrimiento crónico en el mundo real y la necesidad de seguir conectado solo para “sentirse normal”. Anna Lembke plantea cómo la búsqueda constante de placer inmediato afecta el equilibrio del cerebro y causa ansiedad o depresión. En su libro habla de la dopamina digital por los teléfonos inteligentes y las redes sociales que funcionan como fuente constante de dopamina rápida que genera hábitos difíciles de controlar. Es una nueva dependencia al uso excesivo de las pantallas, similar a las drogas, comida o compras compulsivas.

La autora[2], en una entrevista afirmó que vivimos en una época en la que todo está disponible en cualquier momento. “Solo con tu teléfono, puedes pedir comida, apostar en deportes, leer este artículo, ver porno, chatear con un amigo, chatear con un desconocido, chatear con un enorme modelo de lenguaje o comprar un coche”. Anna Lembke dice que toda esa comodidad y abundancia nos están haciendo menos felices, y hay muchas investigaciones que la respaldan: en el mundo desarrollado, estamos más solos, más ansiosos y más deprimidos que nunca.

Define la adicción como el consumo compulsivo continuado de una sustancia o un comportamiento a pesar del daño causado a uno mismo y/o a los demás. Es importante destacar que no existe ningún escáner cerebral ni análisis de sangre para diagnosticar la adicción, y no existirá durante mucho tiempo, si es que alguna vez llegase a existir. Y dice que le parece que hemos superado una especie de punto de inflexión de la abundancia, en el que hemos ido más allá de la satisfacción de nuestras necesidades básicas de supervivencia y ahora tenemos tanto acceso a tantas sustancias y comportamientos inductores de placer que puede que estemos cambiando la química de nuestro cerebro de tal modo que nos encontremos en un estado de déficit de dopamina. Ahora necesitamos seguir consumiendo estas drogas y comportamientos altamente estimulantes, no para estar colocados y sentirnos bien, sino para equilibrar la balanza y sentirnos normales.

Las novelas de ficción de Huxley y Orwell han sido transportadas a la realidad con la adicción digital que representa una dulce y placentera dependencia que nos embelesa, nos entretiene, nos distrae y se consume horas, cada día, de nuestra vida. Es una adicción líquida, que se escurre entre las manos, no deja nada y si en cambio, carcome nuestra atención, energía y vitalidad.

[1] LEMBKE, Anna (2023) Generación Dopamina, Como encontrar el equilibrio en la era del goce desenfrenado, editorial Urano, Barcelona

[2] New York Times, (2025) Las drogas digitales nos tienen enganchados, 25 de febrero de 2025.