Ciudad Juárez.- Ante las recientes lluvias en la ciudad se emitió una alerta amarilla por parte de Protección Civil, estimaron que serían no solo intensos episodios pluviales, sino constantes, acumulando de 40 y 60 milímetros de agua en toda la ciudad.

Recuerdo a mi madre hablarme de una tromba que había afectado la capital de Chihuahua, yo era pequeña y no entendía bien lo que era eso, pero veía su rostro de angustia cuando llovía intensamente.

El agua en la región no suele avisar; cuando llega, lo hace para reclamar lo que siempre fue suyo. La historia urbana de nuestras ciudades principales, no solo se escribe en el asfalto o en las líneas divisorias de sus mapas, sino en el cauce furioso e impredecible de sus lluvias históricas. Una secuencia de cicatrices climáticas que, cada tanto tiempo, vuelve a poner a prueba los límites de la infraestructura y la vulnerabilidad de su gente.

El primer gran aviso de la era moderna ocurrió el 22 de septiembre de 1990, allá en la capital Chihuahua. Bastaron tan solo un par de horas de tormenta para descargar 135 milímetros de lluvia, suficiente para desencadenar una tragedia de proporciones devastadoras.

Dieciséis años después, la advertencia se repitió pero ahora en nuestra frontera. La “Tromba de Teto”, el día 6 de julio de 2006, una de las más destructivas en la memoria de la ciudad azotó a Juárez. Aunque la lluvia inicial duró apenas una hora, fue suficiente para paralizar a la urbe y ensañarse con mayor dureza en el norponiente, en las colonias marginadas asentadas a las faldas de la Sierra de Juárez y en los márgenes del Arroyo del Indio. Ahí, donde las casas levantadas con materiales frágiles no ofrecían garantía alguna ante el ímpetu de los cerros, el desastre fue inevitable: más de mil viviendas quedaron en ruinas y otras 3,000 sufrieron graves afectaciones, además de escuelas dañadas, hundimientos masivos y calles completamente anegadas.

Aquella noche, los desbordamientos de los canales, diques y del propio Río Bravo encendieron las alarmas de emergencia, obligando a evacuar a miles de habitantes en zonas de alto riesgo. El saldo volvió a teñirse de luto con cuatro víctimas mortales: un niño de 13 años; una mujer cuyo automóvil fue arrastrado por las corrientes que salían de las calles; y dos adultos mayores, que no lograron escapar del alcance de la corriente. 235 familias tuvieron que ser reubicadas con urgencia mientras los daños materiales se contaban por cientos de millones de pesos.

La lección, sin embargo, sigue inconclusa al menos en Juárez. Tras los serios encharcamientos, deslaves y drenajes colapsados del año pasado en el sector norponiente, el agua volvió a tomar las calles de nuevo, poniendo en riesgo a decenas de familias.

A inicios de septiembre, 2026, una tormenta golpeó con fuerza zonas como las colonias Aztecas, Pánfilo Natera, Centro, El Chamizal y Los Kilómetros. El balance oficial de Protección Civil registró cinco viviendas inundadas, dos vehículos arrastrados al intentar desafiar la fuerza de un arroyo y alrededor de 80 automóviles varados, además de cristales rotos en edificaciones y viviendas.
Entonces, a través de las últimas 4 décadas, la geografía local nos recuerda una verdad incómoda: la tormenta pasa, pero la lección de la infraestructura pendiente permanece intacta en el suelo que habitamos.

Los puntos donde se concentran los máximos volúmenes de agua, siguen siendo los mismos, sabemos dónde encontraremos vehículos varados o severamente dañados, bardas caídas, viviendas dañadas.

Las tragedias vienen a nuestra memoria, porque el riesgo permanece. La tormenta de ayer aunque en inicio menor, deja clara advertencia.

En la colonia Melchor Ocampo o la Chaveña, vemos que el paso de los años solo le ha puesto más fuerza al recuerdo de estos fenómenos naturales, el paso a desnivel de la avenida Insurgentes, vuelve a inundarse aunque se hizo una inversión importante para evitarlo.

Los proyectos de obra e infraestructura pluvial deben consolidarse más allá del mandato actual del gobierno estatal. Los escurrimientos violentos deben evitarse en el poniente de la ciudad. Cientos de millones de pesos del orden federal y estatal se están invirtiendo y esperamos que sea de mucho beneficio a futuro.

¿Que hemos aprendido como ciudadanos? A escuchar las alertas de Protección Civil, a evitar dejar basura que pueda tapar alcantarillas, a rezar por no caer en baches o socavones cuando llueve, a evitar las zonas de riesgo, a resguardarnos. Pero no hemos aprendido a exigir a nuestro cabildo mejores soluciones desde su competencia, ni a organizarnos, pensando que cualquier época de lluvia puede sorprendernos de nuevo con pérdidas económicas y/o lo peor, humanas.

Sin un sistema efectivo de colección de agua y drenaje pero sobretodo de reestructura y planeación, poco podremos hacer, la angustia de mi madre cuando llovía ahora la tengo yo.