El ferrocarril se encontraba detenido en la estación de Nacozari en el mero centro del pueblo. El ingeniero de máquina Jesús García y su furgonero José Romero iniciaron las maniobras: reavivaron el fuego con leña para subir la presión a las 150 libras.

Era un martes de noviembre de 1907. La tranquilidad del día se interrumpió cuando las chispas vivas saltaron del contenedor y prendieron los furgones cargados con toneladas de dinamita.

Jesús, consciente de la catástrofe que se avecinaba, reaccionó con rapidez y dio órdenes:

- ¡Váyanse todos! ¡Déjenme solo, que estoy corriendo mi suerte! -Miró a sus amigos furgoneros y remató-: ¡Pídanle al Padre una misa por mí… me voy a mi muerte!

- Déjame el tren, Jesús -le pidió su ayudante-. ¡Tú tienes familia!, yo no tengo nada…

- No –le reviró apresurado -. Yo soy el ingeniero, ¡Sálvate tú!

A escasos 50 metros se alzaban las viviendas de madera y depósitos de petróleo, en un pueblo de cinco mil habitantes; la dinamita en el tren era suficiente para destrozarlo.

No podía presentarse un escenario más hostil. Jesús García respiró profundo para pensar con claridad… advirtió que la locomotora estaba al revés para maniobras; ante esto, no había más: tenía que salir en esa posición, ¡ya!, a campo abierto.

El fuego tomó fuerza, empezó a crujir. La explosión era inevitable; en cualquier momento estallaría el caos y la desgracia.

Con ojos encendidos y brazos y manos rígidas apretaba la palanca. A las 2:20 de la tarde, la locomotora salió del pueblo a todo vapor, empezó a subir la cuesta.

Todavía había una esperanza para el joven maquinista: se acercaba el kilometro seis, de llegar a terreno plano podría saltar. Era cuestión de avanzar un poco más.

Pero no iba a ser huesos viejos. Jesús García era de buena sepa, la nobleza obliga en los buenos corazones. Su decisión, firme y madura, fue inspirada por su espíritu generoso. Era mejor morir, usar la vida. El alma ardía de amor por los suyos: tenía que salvar a su mamá, novia, hermanos y a todo el pueblo.

También rogaba por un bien mayor: “¡Pídanle al Padre una misa por mí!”

Así son los grandes hombres. El mundo es mejor por ellos. Con sus cenizas se construyen las ideas de bien y verdad que ablandan corazones duros y ennoblecen voluntades mezquinas.

Siglos antes, Aristóteles enseñaba que todo ser humano posee “algo” de divino que lo inmortaliza mediante la virtud, en este caso, la valentía y la entrega generosa.

Por el contrario, la mezquindad acabará consumida en el interés egoísta: “Debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos, y esforzarnos -sacrificarnos-, para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros”, afirma en su Ética.

La filosofía clásica afirma que la existencia es un tránsito hacia un fin superior: el cultivo del alma y la unión con lo divino. El alma “es inmortal y jamás perece”, afirma Platón.

El estoico Séneca aconseja que, “no hemos de preocupamos de vivir mucho tiempo, sino de vivir satisfactoriamente… La vida es larga si es plena…¿De qué sirven ochenta años transcurridos en la inactividad?” afirma en sus Cartas a Lucilio.

En estas, Séneca destaca la tortura de Régulo:

Marco Atilio Régulo fue un general y cónsul romano del siglo III a. C. que participó heroicamente en la guerra entre Roma y Cartago. Durante la expedición a África, luego de sumar varias victorias, el general romano fue derrotado y hecho prisionero de los cartagineses.

Sus propios captores lo regresaron a Roma con la intención de usarlo para negociar la paz, pues la si la guerra se extendía se agravaría la situación de Cartago, y le hicieron jurar su regreso. Régulo hizo todo lo contrario: exhortó al senado romano a continuar la guerra, pues, de seguir así, los romanos ganarían. Esto, consciente de lo que le esperaba.

El general romano decidió cumplir con su palabra y regresó con sus enemigos a Cartago. El héroe murió en el tormento. La lealtad a la patria y la valentía, fueron el soporte de esta acción determinante para la victoria romana.

Dos épocas, dos almas arrebatando la inmortalidad a través del sacrifico; el sentido del deber dignifico su vida. No todo es interés mezquino. La naturaleza humana mortal e infinita, también aspira y encuentra su fin en lo inmortal e infinito.