Ciudad Juárez.- Si dos grandes personas deciden conocerse y formar una familia, esta patria debería ser capaz de brindarles lo necesario para tener un hogar y la seguridad de ver crecer a los suyos, con la certeza de que su origen también forme parte de su trascendencia y su sentido de vida. Muchas historias nacen con ese anhelo, pues la ilusión y poder transmitir los valores con los que se crece es una aspiración legítima.

Algunos desafían la distancia de su origen para buscar señales que les guíen a buen puerto y aunque resulte difícil de comprender hay quienes encontraron ese puerto en el poniente de esta ciudad. En Puerto Anapra.

Aquí tenemos la historia, como miles que pueden existir de personas que emigran, pero tan única como solo ellos pueden relatarla, Eusebio Toribio y Rebeca Isidro. La historia de llegar sin pertenencias, a un lugar a miles de kilómetros de su origen, Oaxaca, moverse a tierras áridas fronterizas, a inicio de siglo, con tantas esperanzas, a donde la arena se cuela por las rendijas, ante climas extremos y jornadas extenuantes de trabajo obrero. Rebeca, al cuidado de sus pequeños hijos, y alimentando a más, en un contexto difícil económico y mucho más social, ocupados de todo y también de poder trasmitir a sus hijitos la lengua que aman y no mueran sus tradiciones.

Hoy agradecen lo alcanzado, pero no en afán egocéntrico sino de comunidad, preocupados siempre por la crianza de sus dos hijos que hoy se convierten en grandes profesionistas, sin olvidar los días grises que como familia llegaron a tener. Dios, su guía.

La historia de México no solo se escribe desde sus grandes metrópolis o centros de poder, sino también con las rutas invisibles del desplazamiento. El éxodo de la comunidad chinanteca desde la frondosa montaña de La Chinantla, en Oaxaca, hasta las áridas y convulsas ciudades fronterizas del norte, dibuja uno de los rostros más profundos y complejos de la migración interna contemporánea.

Esto nos recuerda que la frontera norte no es solo un muro o un punto de tránsito a Estados Unidos, sino un crisol donde confluyen deudas históricas del sur de nuestro país y la capacidad de reinvención de sus pueblos originarios.

Los tsa ju jmí´ o “gente de palabra antigua”, viajaron desde su natal Chinantla, noroeste de Oaxaca, de San Pedro Tlatepusco y el Valle Nacional, instalándose mayoritariamente en Ciudad Juárez por motivos económicos.

Este grupo étnico es fuerte en la región, reuniendo a unos 4,400 hablantes de chinanteco y convirtiendo su lengua en la de mayor presencia indígena en la ciudad.

Ante este panorama, la comunidad busca preservar su legado cultural más allá de los hogares, gestionando ante las autoridades la creación de un espacio físico y territorial propio, gestión que nace y muere con cada administración gubernamental. Con ello aspiran a mantener firmes sus costumbres en Juárez, recordando siempre que son parte de los pueblos originarios que enriquecen con su historia al estado de Chihuahua.

Uno piensa que puede ayudar a las comunidades de grupos originarios, cuando en realidad son ellos quienes deberían de darnos la brújula social. Con una organización impresionante pueden construir sus espacios, en el respeto a la ley y a la nefasta espera institucional. Ellos cuidan con más amor nuestros recursos que quienes nos gobiernan. Son capaces de armonizar su espíritu para darle amor y convivencia sencilla pero plena a sus hermanos.

El amor a su lengua es un ejemplo, dicho por ellos, permanece viva mientras existan voces decididas a pronunciarla en el porvenir. El pastor Eusebio Toribio encarna esa convicción y habla con el orgullo de quien representa su comunidad Chinanteca Morada de Colibríes; su voz es reflejo de un compromiso firme por mostrar, a través del trabajo constante y del ejemplo, todo lo que su pueblo tiene para aportar al mundo.

Mirando hacia el futuro, su deseo resuena con una claridad inspiradora: anhela que las niñas y los jóvenes que hoy crecen aprendan chinanteco, que sepan hablarlo, leerlo y escribirlo con soltura. Que la lengua materna no se reduzca a un eco lejano de antepasados, sino que se convierta en una antorcha viva que las nuevas generaciones puedan llevar consigo, abrazar y mantener encendida para siempre.

Ya no podemos concebir a un indígena idealizado o imaginado mientras se ignora al que es real, tangible y vive el presente cada día. Entiendo que la cultura no nos la trajeron de fuera, pues aquí ya latía con fuerza, y que es precisamente esa gran diversidad la que hoy nos une en la resistencia, a través de las lenguas maternas, las vestimentas, tradiciones y nuestra historia.

Algunos, como el colibrí, ya van un paso adelante, han comprendido su origen y lo honran, esa es la trascendencia de la vida y sin duda una gran bendición.