Hace años, Mario Bunge propuso una distinción que hoy resulta extraordinariamente útil para comprender uno de los problemas centrales de nuestras democracias: la diferencia entre ciudadanos y clientes.
La discusión pública suele plantearse en términos de Estado o mercado, asistencia o libertad, subsidios o responsabilidad individual. Pero esos debates suelen pasar por alto una cuestión más profunda: la calidad de los sistemas sociales que articulan la convivencia.
Bunge observó que no toda solidaridad es igual. Distinguió tres formas. La primera es la solidaridad horizontal, basada en la cooperación y la ayuda mutua entre iguales. La segunda es la solidaridad descendente, que incluye la beneficencia privada y la asistencia social dirigida a quienes se encuentran en situación de necesidad. La tercera, a la que llamó irónicamente solidaridad ascendente, comprende los privilegios, subsidios y favores que el Estado otorga a grupos económicamente poderosos a expensas de los contribuyentes.
La distinción sigue siendo pertinente porque permite ver que la dependencia puede construirse en más de una dirección. Sin embargo, la aportación más importante de Bunge no consiste en denunciar privilegios ni en cuestionar la asistencia social. Consiste en situar la cooperación en el centro de la vida colectiva.
Las sociedades no prosperan por la simple agregación de individuos ni por la mera acción de las instituciones. Prosperan cuando desarrollan sistemas eficaces de cooperación. Familias, comunidades, asociaciones vecinales, cooperativas, organizaciones civiles, centros de investigación, universidades y empresas son, en distintos grados, sistemas donde las personas coordinan esfuerzos para alcanzar objetivos que difícilmente podrían lograr por separado.
Desde esta perspectiva, la solidaridad deja de ser una virtud privada para convertirse en una propiedad de ciertos sistemas sociales.
La cooperación no es una anomalía que requiera explicación. Es una condición de existencia. Los seres humanos han cooperado desde los orígenes de la especie para obtener alimento, defender territorios, proteger a sus miembros y transmitir conocimientos. Aún hoy, gran parte de lo que consideramos desarrollo descansa sobre inmensas redes de colaboración que suelen pasar inadvertidas precisamente porque funcionan.
Esta observación conduce a una consecuencia política relevante. No todos los sistemas sociales fortalecen la autonomía de las personas. Algunos generan dependencia.
Bunge advertía que los gobiernos autoritarios y populistas tienden a capturar la sociedad civil y a sustituir relaciones de cooperación por relaciones clientelares. Cuando esto ocurre, los individuos dejan de participar como miembros activos de organizaciones autónomas y pasan a relacionarse con el poder como beneficiarios de favores. El ciudadano se convierte gradualmente en cliente.
La diferencia puede parecer sutil, pero es decisiva. El ciudadano participa; el cliente espera. El ciudadano posee derechos; el cliente recibe concesiones. El ciudadano puede organizarse independientemente; el cliente depende de la continuidad del vínculo que le proporciona el beneficio.
Por eso la cuestión central no es cuánto ayuda distribuye una sociedad, sino qué tipo de relaciones produce esa ayuda. Una política pública que fortalece capacidades, fomenta la organización colectiva y amplía la autonomía, contribuye a construir ciudadanía. En cambio, una política que genera dependencias permanentes puede debilitar las bases mismas de la vida democrática, aun cuando distribuya recursos valiosos.
Vista desde este ángulo, la pregunta fundamental no es económica sino sistémica. ¿Estamos construyendo sistemas que favorecen la cooperación entre iguales o sistemas que reproducen relaciones de subordinación? ¿Estamos ampliando la capacidad de las personas para actuar conjuntamente o estamos multiplicando mecanismos de dependencia?

La respuesta a estas preguntas ayuda a comprender por qué algunas sociedades generan ciudadanos capaces de organizarse, deliberar y resolver problemas comunes, mientras otras producen poblaciones crecientemente dependientes de intermediarios políticos, corporativos o burocráticos.
Quizá la lección más vigente de Bunge sea precisamente ésta: los problemas sociales no surgen exclusivamente de individuos defectuosos ni se resuelven únicamente mediante decisiones gubernamentales. Surgen y se resuelven dentro de sistemas de relaciones. Allí donde predominan los sistemas de cooperación, la libertad y la ciudadanía tienden a fortalecerse. Allí donde predominan los sistemas de dependencia, la solidaridad corre el riesgo de transformarse en una forma sutil de control.
Nota bibliográfica. Este artículo se inspira en las reflexiones de Mario Bunge sobre la solidaridad, la cooperación, la sociedad civil y el clientelismo político expuestas en Filosofía política (Gedisa, Barcelona, 2009), particularmente en el apartado dedicado a la solidaridad.