Escuche algo que debería ponernos alertas: «Cuando los adultos mayores vamos solos, nos atienden mal; cuando nos acompaña alguien más joven, la atención cambia».
Lo dijo con la serenidad de quien reconoce una diferencia de trato que otros no advierten. Me quedé pensando en cuántas personas salen de un banco, un consultorio o una oficina pública con la misma sensación: su palabra parece valer menos cuando nadie las acompaña.
Pensemos en una mujer que llega sola a realizar un trámite; pregunta, pide que le aclaren un requisito y recibe una respuesta apresurada. Si regresa con su hijo, quizá encuentre explicaciones más completas y mayor disposición. Es una escena posible, no una regla universal.
Se llama edadismo: prejuicios, estereotipos y discriminación relacionados con la edad. La Organización Mundial de la Salud advirtió en su Informe mundial sobre el edadismo, publicado en 2021, que una de cada dos personas en el mundo presenta actitudes edadistas hacia las personas mayores. La cifra no describe a México, pero revela la magnitud del problema.
El prejuicio rara vez se presenta con nombre y apellido; aparece cuando alguien responde al acompañante en lugar de mirar a quien hizo la pregunta, utiliza un tono infantil o supone que una persona de setenta años no puede comprender una explicación. También se manifiesta en la impaciencia, cuando escuchar parece una pérdida de tiempo.
Hemos asociado juventud con rapidez y capacidad, mientras a la vejez le atribuimos dependencia. Esa idea simplifica vidas enteras: hay personas mayores que trabajan, administran negocios, cuidan a sus familias, estudian, viajan y toman decisiones todos los días. Otras requieren apoyo; ninguna merece menos dignidad.
La independencia se ejerce en actos que parecen pequeños: acudir al banco, comprar medicamentos, elegir un producto, asistir a una consulta o resolver un trámite sin pedir permiso a nadie. Conservarla significa mantener el control sobre la propia vida, incluso cuando el cuerpo cambia y algunas actividades requieren más tiempo.
Por eso importa tanto la manera en que atendemos. Explicar con claridad no equivale a tratar como incapaz; ofrecer ayuda no autoriza a decidir por otra persona. Acompañar a nuestros padres o abuelos puede ser un acto de cariño, pero su presencia junto a alguien más joven nunca debería convertirse en requisito para recibir un servicio adecuado.
¿Qué cambia cuando llega un acompañante? En algunas interacciones, quizá el personal perciba que habrá alguien dispuesto a reclamar, pedir explicaciones o exigir una solución. Es una hipótesis, no una conclusión sobre todos los establecimientos; merece investigarse.
El costo de estas experiencias tampoco se limita al trámite. La OMS relaciona el edadismo con daños a la salud y a la participación social. Sentirse ignorado repetidamente puede desalentar a una persona a salir, preguntar o intentar resolver asuntos por cuenta propia; la discriminación termina estrechando el espacio de su autonomía.
Existe una contradicción: celebramos los cumpleaños de nuestros mayores, repetimos que son fuente de sabiduría y compartimos fotografías familiares con mensajes de gratitud; después, en la vida cotidiana, podemos interrumpirlos, hablar por ellos o decidir qué les conviene sin consultarles.
El respeto no se demuestra únicamente con homenajes. Se comprueba frente a una ventanilla, detrás de un mostrador y dentro de un consultorio, cuando alguien tiene la paciencia de escuchar una pregunta completa y explicar una respuesta sin gestos de fastidio.
La rudeza necesaria está en admitir que también se discrimina sin insultar; basta con retirar la atención, minimizar una duda o tratar la autonomía como un favor que puede concederse o negarse.
Las instituciones tienen una tarea concreta: capacitar a su personal, ofrecer información accesible, habilitar mecanismos de queja y evaluar si las personas mayores reciben el mismo trato cuando acuden solas. Las familias también: preguntar antes de intervenir y permitir que cada quien decida hasta dónde necesita apoyo.
Mañana, cuando una persona mayor llegue a nuestro escritorio, comercio o consultorio, hablemos con ella, no sobre ella; escuchemos lo que pide y demos una respuesta clara.
Aquella mujer de 73 años no estaba solicitando privilegios. Estaba reclamando algo elemental: poder salir sola, resolver sus asuntos y regresar a casa con la certeza de que su edad no le quitó el derecho a ser escuchada.