Hace unos días, en Ciudad Juarez, viajé en un vehículo por aplicación móvil, cuyo conductor, amable a más no poder, quiso entablar un diálogo para hacer menos pesado el trayecto.

No hubo necesidad de elegir un tema, se fue derecho: “¿Cómo ve el escándalo de Sinaloa y ese asunto de que Estados Unidos viene por funcionarios corruptos?”, me pregunto sin más.

Tampoco fueron necesarias mis respuestas. El conductor estaba decidido a analizar ese asunto que, para él, era importante. “Yo creo que no va a ser el único (gobernador de Sinaloa) que caiga. Eso del narco es un pulpo y están apoyados por muchos corruptos…”

Así como este breve diálogo, en México ya no hace falta que alguien toque la puerta para imponer una conversación nacional.

Basta con que un tema aparezca repetido hasta el cansancio en noticieros, portales digitales, conferencias mañaneras, videos de TikTok, mesas de análisis y cadenas de WhatsApp para que millones de personas amanezcan convencidas de que ese -y no otro- es el problema más importante del país.

A eso le llaman agenda setting, una de las teorías más influyentes de la comunicación política moderna. Sus principales autores, Maxwell McCombs y Donald Shaw, estudiaron en 1972 el comportamiento de los medios durante las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

Su conclusión fue demoledora: los medios quizá no le dicen a la gente qué pensar, pero sí le dicen sobre qué pensar. Es decir, no controlan completamente las opiniones, pero sí determinan cuáles temas ocupan la conversación pública. Y vaya que México es un laboratorio perfecto para esa teoría.

Aquí la agenda pública es construida como un circo de tres pistas: una la controlan los gobiernos, otra los medios tradicionales y la tercera las redes sociales, y éstas últimas son como un mercado ambulante emocional donde caben desde análisis serios hasta teorías conspirativas fabricadas en la sala de una casa mientras alguien come papitas y graba un video.

Cada mañana, desde Palacio Nacional, el gobierno intenta imponer su narrativa. Si el tema es corrupción del pasado, el país habla de corrupción del pasado. Si el tema es soberanía, todos discuten soberanía. Si el tema es un adversario político, el reflector nacional gira hacia ese adversario como si México entero fuera un juzgado popular.

Pero enfrente existe otra maquinaria igual de poderosa: los medios, comentaristas, empresarios digitales y opositores que también buscan definir qué debe indignar a la ciudadanía.

Entonces aparece la inflación, la inseguridad, los desaparecidos, el sistema de salud, el narcotráfico o el conflicto diplomático del día. La batalla ya no es por tener la razón, es por controlar el tema de conversación.

La agenda setting moderna no consiste solamente en informar. Consiste en jerarquizar emociones. Por eso hay tragedias que duran dos días en la conversación nacional y otras que permanecen meses.

En México, además, ocurre algo particularmente peligroso: la saturación informativa. El ciudadano promedio despierta y recibe cien estímulos simultáneos. Un video de violencia, un meme político, una encuesta, un escándalo de corrupción, una declaración incendiaria, un influencer enojado y una noticia falsa disfrazada de primicia.

El cerebro termina agotado y, cuando eso ocurre, la sociedad deja de analizar y empieza a reaccionar emocionalmente. Allí aparece la polarización. La agenda setting mexicana ha terminado convirtiendo la discusión pública en chisme de lavandería. Mientras tanto, los problemas reales siguen esperando turno.

Porque mientras la conversación nacional es consumida en guerras digitales, México enfrenta desafíos monumentales: inseguridad, agua, migración, desigualdad, sequía, rezago educativo, violencia política y una crisis de confianza institucional que crece de inmediato. La pregunta entonces es inevitable: ¿cómo romper esa dinámica?

La solución no está en silenciar medios ni en controlar redes sociales, porque eso sería una forma elegante de censura. La salida es construir ciudadanía crítica. Un país menos manipulable informativamente requiere personas capaces de contrastar fuentes, desconfiar de los extremos y entender que ningún actor político posee toda la verdad.

El problema es que el escándalo vende más que la serenidad y la rabia produce más interacción que la reflexión. La agenda setting seguirá existiendo porque siempre habrá alguien intentando decidir cuál es la conversación dominante.

México necesita discutir menos sobre personajes y más sobre soluciones. Menos propaganda y más resultados. Menos gritos y más diagnósticos. Porque un país atrapado permanentemente en la pelea mediática corre el riesgo de acostumbrarse al conflicto como forma de gobierno.

Y cuando una nación normaliza el ruido, termina olvidando el silencio necesario para pensar. Al tiempo.