Miranda Priestly, en la película “El Diablo viste a la moda” (2006), encarna un personaje cuya necesidad de control, admiración y perfección la convierte en una figura aterradora y fría para su equipo, con una enorme falta de empatía e insensibilidad para reconocer los sentimientos y necesidades de los demás.
Reacciona con ira o desdén a la crítica, con altas expectativas de recibir un trato especial de los demás. Su comportamiento muestra varios rasgos típicos del narcisismo: se considera superior a otros, exige obediencia absoluta y trata a las personas como medios para mantener su imagen de poder e inalcanzable.
El narcisismo no es solo un egocentrismo demasiado grande, sino un mal del amor propio: una forma de amarse, de quererse por encima de todo y de todos de manera desordenada, esto significa que una persona así no solo piensa como si fuera el centro de todo, sino que además, se quiere y se valora tanto que pone a todo mundo en segundo lugar, esposa, hijos, amigos y quien se le ponga enfrente.
Una persona narcisista se ama tanto que se cree superior, más importante que todos y quiere que todo gire en torno a él o a ella, sin pensar en cómo se sienten los demás. Es como querer tanto un espejo, en el que solo ve su imagen, ignorando cualquier otra de quien está a su lado. Fuera pues de toda realidad.
El narcisista, al ser soberbio, puede realizar la “maldad por convicción”: no solo hace el mal por debilidad, sino por malicia, eligiendo conscientemente actos que dañan a otros para mantener su control y su apariencia de superioridad. Esto se ve en la violencia, el uso de la seducción y la humillación, el lenguaje grosero hacia los demás como forma de manipulación, como señalan autores contemporáneos que combinan psicología y filosofía tomista‑hermenéutica[1].
Por lo anterior, el narcisista no es abierto al conocimiento, al amor, a la verdadera relación con los demás y menos a la perfección; tampoco es dueño de sus actos sino esclavo de su amor propio, de su imagen superflua y anodina, aunque se muestre como Miranda Priestly: siempre fuerte, perfecto y exitoso, mientras oculta sus complejos, vicios, defectos y baja autoestima. En fin actúa bajo la máscara de superioridad, para ocultar su verdadera miseria.
Y como todo tiene solución en esta vida, el gran antídoto del narcisismo es la humildad, es decir, la virtud de reconocer quienes somos realmente: con nuestras cualidades, virtudes, vicios y defectos, seres limitados. Humildad fundada en dos cosas: la verdad y la justicia. La verdad por la que nos conocemos como somos; la justicia, que nos inclina a tratarnos según ese conocimiento y evitar sentirnos el ombligo del universo.
Siguiendo a Aristóteles, el ser humano es “un conjunto de intencionalidades”, es decir, un ser abierto al conocimiento, al amor y a la relación con los demás. En palabras del Dr. Fierro[2] posee un cuerpo físico en tanto que se constituye de materia, y un alma espiritual que se distingue entre otras porque es: inteligente, conoce, es perfectible, es gregario, ejerce dominio sobre sus actos, por lo tanto dispone de voluntad y libertad; además padece o posee sentido y sentimientos, pero sobre todo busca la felicidad.
La verdadera humildad es aquella que nos ayuda o inclina a cohibir el desordenado apetito o inclinación de la propia excelencia, en tanto nos ayuda a evitar que, en lugar de buscar la alabanza, la admiración y el reconocimiento, pasemos por desapercibidos frente a los demás, huyamos de la pública estimación.
Para llegar a ser tú mismo, obsérvate en tu vivir cotidiano, en tu convivir con otros, y te darás cuenta quién eres; quién eres para ellos, quién eres con ellos, y qué son ellos para ti; tú te defines por tus actos humanos, buenos o malos, no por lo que otros digan.

[1] Granados Valdez, J. (2025). Narcisismo, soberbia y maldad en Mauricio Beuchot. Caleidoscopio - Revista Semestral De Ciencias Sociales Y Humanidades.
[2] Fierro Alvídrez, F. J. (2014). INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DEL DERECHO. 2ª ed. (versión electrónica).