Durante casi un siglo, buena parte del pensamiento mexicano ha intentado definir “la esencia del mexicano”. Desde Samuel Ramos hasta Octavio Paz, pasando por Uranga y Portilla, se ha repetido la idea de un carácter nacional moldeado por el mestizaje del altiplano y por una supuesta herencia psicológica común. Esa narrativa terminó por convertir la experiencia histórica del centro en medida de toda la nación.
En Perfil del hombre y la cultura en México, Ramos habla de un complejo de inferioridad frente a Europa. Paz describe una subjetividad hermética que se protege tras máscaras. Uranga y Portilla hablan de zozobra e inautenticidad. Pero el sujeto que observan es siempre el mismo: el habitante del altiplano, urbano o semiurbano, moldeado por la modernización posrevolucionaria. Lo que se presenta como introspección nacional es, en realidad, una lectura regional elevada a universal. Esa operación intelectual, repetida durante décadas, consolidó un canon que rara vez se cuestiona y que sigue influyendo en la forma en que el país se piensa a sí mismo.
Guillermo Bonfil Batalla reforzó esta operación en México profundo, donde identifica la civilización mesoamericana —de facto, la del altiplano— como núcleo cultural del país. Su intención era reivindicar a los pueblos indígenas, pero el efecto fue otro: convertir la historia del centro en esencia nacional. Lo profundo se volvió sinónimo de lo nahua; lo nahua, del altiplano. El resto del país quedó reducido a periferia cultural.
Desde el norte, esa narrativa no se sostiene. La historiografía regional muestra genealogías distintas. Mark Wasserman documenta que Chihuahua se estructuró a partir de élites españolas y criollas, articuladas en torno a la minería, la ganadería y el comercio transfronterizo. Jane‑Dale Lloyd demuestra que el noroeste vivió procesos de modernización capitalista desde el siglo XVIII tardío, sin continuidad con las estructuras comunitarias del centro. Carlos González Herrera confirma que la región reorganizó su economía sin pasar por los dispositivos corporativos del altiplano. Nada en esa trayectoria remite al tronco nahua.
La genética reciente refuerza esta divergencia: el norte tiene mayor componente europeo, menor componente indígena y, cuando lo hay, no proviene del altiplano. El mestizaje que se convirtió en mito nacional simplemente no describe lo ocurrido en amplias zonas del norte. La biografía del país es tan desigual como su geografía.
El norte no es una variación periférica del altiplano: es un sistema histórico propio. Y lo mismo ocurre con otras regiones del país. México no es una esencia homogénea, sino un entramado de sistemas inmersos en contextos distintos. Cada región opera dentro de un campo de fuerzas que condiciona sus posibilidades: infraestructura, mercados, instituciones, clima, seguridad, prácticas comunitarias y vínculos externos. Nada de esto es accesorio; es la materia misma de la vida social. Reconocerlo no fragmenta al país: lo vuelve más inteligible y más honesto consigo mismo.
Esta mirada obliga a revisar la comodidad con la que hablamos del “ser mexicano”. Cuando se afirma que “el mexicano” es desconfiado o acomplejado, rara vez se dice desde dónde se habla. No se reconoce que esas categorías —soledad, máscara, zozobra— provienen de una tradición intelectual localizada, no de una realidad nacional.
Pensar en términos de sistemas inmersos en su contexto ofrece una alternativa más rigurosa. Un pequeño productor serrano no enfrenta los mismos condicionantes que un comerciante urbano. Un municipio fronterizo no comparte el mismo campo de fuerzas que una comunidad del centro del país. Hablar de “lo mexicano” como si fuera una sola cosa es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una forma de borrar diferencias reales.
Comprender esta pluralidad fortalece nuestra inteligencia pública. Una política diseñada desde la idea de un “mexicano promedio” ignora las diferencias que definen la vida cotidiana. Una política que reconoce sistemas distintos —con contextos distintos— tiene más posibilidades de ser legítima y eficaz. La diversidad territorial no es un obstáculo para la unidad nacional: es su condición.
La pregunta no es cuál es “el ser del mexicano”, sino qué sistemas concretos observamos cuando usamos esa expresión. ¿De qué territorio hablamos? ¿De qué historia? ¿De qué estructura productiva? México no es una persona con carácter; es un tejido de interdependencias territoriales. El altiplano es una de esas tramas, importante, sí, pero no la única ni necesariamente la más adecuada para pensarnos a todos. Desde el norte, lo que se propone no es sustituir una esencia por otra, sino abandonar la idea misma de esencia y asumir que somos un país de sistemas diversos que comparten un espacio político, pero no una sola biografía. Solo así podremos construir un relato nacional que no borre, sino que integre, la complejidad real del país.