Conmemoración, porque con la debida solemnidad debe recordarse y tenerse presente, en todo momento, las lamentables vejaciones que históricamente han padecido las mujeres.

Celebración, porque, aunque paulatina y dolorosamente, se han ido concretando significativos y sustantivos avances en su lucha por la igualdad, por el reconocimiento y el respeto a su dignidad, evidentemente irreversibles. No ha sido en vano la entrega de muchísimas activistas que, incluso con sus vidas, abrieron una brecha que indefectiblemente ha evitado que millones de otras mujeres más, sufran tan graves y arcaicos ultrajes. Se van teniendo mejores condiciones de vida para millones de ellas. Aún quedan múltiples pendientes.

En tal virtud, con motivo del Día Internacional de la Mujer, a continuación, como un modesto pero sentido homenaje a todas ellas, me permitiré replicar una colaboración que hace exactamente seis años, amablemente me publicó el Diario de Chihuahua con el mismo título que la presente, cuando las mujeres se propusieron estar ausentes de los lugares públicos por un día (paro nacional), tal como se promovió el día de ayer.

“Cuando abrí los ojos por la mañana, te buscaba en nuestra alcoba y no te encontré. Buscaba tu dulce rostro y tu bello ser sobre la cama, pero estaban ausentes. Traté de percibir tu fragancia en la habitación, y no pude. No me deseaste un buen día ni me despediste con un beso. No estabas.

En el trayecto al trabajo no te vi. No transitabas por las calles para ir a trabajar o para llevar a los pequeños a la escuela. La parada del autobús extrañó tu presencia. Los colegios lucían vacíos ante la ausencia de tus enseñanzas y no se escuchó tu dulce voz cuando jugabas a la hora del recreo. No estabas.

En la oficina no pude escuchar tu amable saludo ni acordar contigo las actividades cotidianas. No pude disfrutar de los alimentos que diariamente me preparas con amor. No recibí tus indicaciones ni tus recordatorios, tu ausencia permeaba en todo el lugar. La gente preguntaba por ti. No estabas.

Quise compartir contigo lo sucedido en el día, pero no te pude localizar. Pretendí recibir de ti un buen consejo para salir adelante de una situación complicada, y no lo logré. Hoy no me dijiste “amor”. No estabas.

Acudí al hogar materno esperando ver tu angelical rostro y escuchar tus bellas palabras, sin lograrlo. Escudriñé por doquier tratando de rescatar una tierna caricia tuya que me diera consuelo ante mis temores, como lo hacía de niño, y no fue posible. No estabas.

No recibí tu llamada solicitando un permiso, ni me compartiste tus buenas o malas experiencias en el trabajo, en la escuela o con el novio. Hoy no te escuché decirme papá ni discutir con tus hermanos. No estabas.

No fue posible verte jugar en tu pequeño triciclo, con tus simpáticos moños, tratando de dar unos cuantos pedaleos. No escuché tu suave balbuceo queriendo decir algo. No pude sentir tus manitas en mi rostro, haciéndome una tierna caricia, ni intentaste decirme abuelo. No estabas.

Cuando transitaba nuevamente por las calles, cada vez era más notoria tu ausencia en todos lados. En bancos, hospitales y supermercados había largas filas esperando ser atendidos. En los noticieros de radio y televisión la información fue diferente. No estabas.

Llegué a casa después de un desconcertante día, esperando verte en la sala, en la cocina o en tu habitación, pero no fue posible. Había una cruda soledad que no pudo desaparecer, ni siquiera suplicando tu presencia. No estabas.

La tristeza no me provocó cenar ni hacer nada más. Me acosté sin poder conciliar el sueño, pero con la esperanza de un nuevo día a tu lado, de una nueva oportunidad, complementándonos. Perdóname lo que he hecho para motivar tu ausencia, no pasará más. Te extraño mujer. No estabas”.