Ya tenemos una existencia basada en el teléfono
Jonathan Haidt en su libro ‘La generación ansiosa’ explica por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes y propone cuatro reformas muy concretas que proporcionarían una infancia más sana en la era digital:
Nada de teléfonos inteligentes (smartphones) antes de los 14 años, nada de redes sociales antes de los 16 años, nada de teléfonos celulares en las escuelas y colegios, y más independencia, juego libre y responsabilidad en el mundo real.
Esas propuestas responden a que ya tenemos una existencia basada en el teléfono y nuestra vida y actividades giran en torno al celular.
Nos han atado y nos hemos atado a los celulares. La vida, prácticamente, sería imposible sin estos aparatos. O acaso ¿se ha imaginado una vida libre y salir a la calle, a trabajar o de vacaciones sin celular? ¿poder ir a dónde se le antoje sin tener que consultar por dónde debe ir, sin que un aparato regule su vida y actividades?
Si llegaran seres de otros planetas para observarnos, definirían a los terrícolas como seres conectados a un artefacto permanentemente en sus manos y constantemente lo miran, lo manipulan con sus dedos y muy seguido se lo ponen cerca del oído. Dirían que siempre están viendo ese pequeño aparato en cualquier lugar donde se encuentren, concluyendo que esos dispositivos han de ser parte del organismo humano, que es la principal característica que identifica a todos los terrícolas.
El autor mencionado asigna el término de la Gran Reconfiguración a esos grandes cambios que se han ido dando por generaciones, especialmente influidos por la tecnología digital modificando procesos mentales y de memorización por cambios bruscos en la atención y concentración. Que han moldeado el tiempo y los cerebros.
Además agrega “una segunda trama argumental: la bienintencionada y catastrófica tendencia a sobreproteger a los niños y coartar su autonomía en el mundo real (aunque en el mundo virtual les hemos soltado la rienda sin saber por las galaxias o ecosistemas digitales que navegan y menos con personas anónimas y desconocidas). Los niños necesitan mucho juego libre para desarrollarse y hemos permitido su enclaustramiento con un celular o videojuego en la mano.
“El juego en el exterior y sin supervisión decayó al mismo tiempo que la computadora personal (y luego el teléfono celular) se volviera más común y atractivo como lugar donde pasar el tiempo libre”.
Y las consecuencias las tenemos ya en forma de epidemia: estados de leves a graves de ansiedad. Y la ansiedad acota la libertad y sofoca el espíritu.
Aceptamos y reconocemos que hay varios temas y preocupaciones en este siglo XXI, producto de un nuevo estilo de vida, cambios radicales en valores, materialismo y hedonismo, culto al cuerpo y un acendrado egocentrismo, pero sin duda está la ansiedad. Vivimos y sobrevivimos a una ansiedad que nos mata la esperanza y las expectativas. Pero realmente no hay la conciencia ni la voluntad para remediarlo. Tal vez, cuando sea muy tarde e irreversible el daño, intentaremos hacer algo, pero será poco lo que se logre o nada.
Queremos correr todos los días, pero no sabemos a dónde. Deseamos tener una vida asegurada con patrimonio y herencias fabulosas, pero lo único que producimos es angustia y ansiedad por no tener control del tiempo y de nuestra permanencia en este mundo.
Y en lugar de disfrutar la corta vida, nos amargamos haciendo tortuosos los minutos que pasan inexorablemente cada 60 segundos. El tiempo no tiene patrón ni amo, pero si muchas víctimas. Avanza sin ninguna cortapisa o barrera. Y, en lugar de aprovechar esos momentos, sufrimos porque no podemos detenerlo ni atraparlo.
Las redes sociales solo han despertado la percepción de que todo es más rápido, pasajero e inmediato. Con las redes sociales perdemos la noción del tiempo, con esas redes desperdiciamos el tiempo y entre las redes ocupamos todo nuestro tiempo.
Existe un aforismo que ubica emociones en base al tiempo que vivimos: el pasado nos provoca depresión; el presente es la causa del estrés y el futuro nos genera ansiedad. De ahí, la importancia del manejo y actitud ante el tiempo.
El pasado lo queremos evocar con nostalgia pero nos provoca tristeza porque ya no está al alcance, quedó en el pasado y lo pasado, pasado está. Aún así, queremos aferrarnos a algo que no ya no existe o alguien que ya no está en el entorno. El estado presente, si no podemos controlar las variables ni enfrentar problemas u obstáculos, nos conduce a un estrés que afecta la salud mental y física; y ante la incertidumbre de lo que vendrá o a lo desconocido nos provoca ansiedad que enferma más porque no sabemos cómo vendrá.
La ansiedad está considerada como uno de los principales desafíos de la salud mental en el mundo ante los inusitados cambios y avances de la tecnología digital que no sabemos hasta dónde puede llegar la incursión de la inteligencia artificial y en lugar de dar tranquilidad, genera un estado de incertidumbre.
Como el caso de una supuesta religión nueva entre máquinas de IA, que en lugar de abonar a una espiritualidad, sólo banaliza el tema de la esperanza para evitar la ansiedad.
Las herramientas de la inteligencia artificial, a pesar de ser máquinas, avanzan de manera desbocada a tal grado que ya se fundó “una nueva religión bautizada como crustafarianismo, diseñada por un agente de IA que asume supuestos desafíos espirituales; su biblia se llama El Libro de Molt (mudar) y su símbolo es un crustáceo parecido a una langosta”. Esa “religión” en una especie de Facebook habilitado exclusivamente por agentes de inteligencia artificial que publican, comentan y cuentan contenidos, sin intervención directa de seres humanos.
El asesor tecnológico del Papa León XIV, el fraile Paolo Benanti dice que “hay gente en Silicon Valley que utiliza el discurso religioso para infundir miedo al mundo” y eso genera más ansiedad en lugar de serenidad y dice que hay un desafío que supone la IA y del fin de la utopía digital provocada por la codicia de las grandes empresas que incluso amenaza a las democracias, “condenando a los niños a una cárcel digital”. Y ante ese futuro que cada día se materializa más, se dispara de manera descontrolada la ansiedad.
Nos quedamos de manos cruzadas, indefensos y paralizados ante el boom tecnológico, sufriendo por el pasado, el presente y el futuro con un nudo de nervios en el cerebro y unas tenazas en el corazón que nos comprimen sin poder respirar libremente.
El mundo virtual es un gran paso, pero hemos permitido que atrape a los niños y a todos, porque fomenta la ansiedad, la soledad y la anomia. Este último término, según los diccionarios, es un concepto que se refiere, de una manera general, a la ausencia de ley, normas o convenciones. La palabra, como tal, proviene del griego anomía. De esta etimología se desprende su uso en el ámbito tanto de las ciencias sociales y como de psicología. Hace referencia a la ausencia de normas o convenciones en una sociedad o persona, o su irrespeto o degradación por un individuo o un grupo de individuos.
Entre una burbuja del ecosistema digital, resulta un imperativo que regresemos a los niños a casa para rescatar su infancia y alegría de jugar, brincar, gritar y correr libremente. Que vuelvan a ser infantes y nos trastoquen las etapas de una supuesta “hiperconexión” que lo único que ha causado es una hiperdesconexión, pero con nosotros mismos.
1 HAIDT, Jonathan (2024) La generación ansiosa, editorial Paidós, julio de 2024, México
2 BENITEZ, Jorge (2026) El día en que las máquinas funden su propia religión: computar la palabra Dios no es ni de lejos lo mismo que buscar a Dios, sesión Futuro