Ciudad de México .-Este día iré por un camino por el que rara vez camino: el de la poesía. Audacia grande es ésa, pues el buen Dios, en su infinita misericordia, me libró de la desgracia de ser poeta. Los poetas sufren profesionalmente, y yo sufro sólo como aficionado. No obstante, eso, de vez en cuando evoco antiguas tentaciones, y me da por hablar de tan florido y espinoso tema. En mi opinión, la poesía es ante todo forma. El fondo cuadra con los manifiestos políticos, las actas notariales y los alegatos jurídicos, en los cuales importa lo que se dice, no la manera en que se dice. En poesía importa menos lo que se dice que la forma en que se dice. Uno de mis poetas preferidos es Góngora, tan gongorino que es capaz de dar sentido poético a las cosas y seres más prosaicos. Escribió, por ejemplo: ". aves / cuyo lascivo esposo vigilante / doméstico es del sol, nuncio canoro / que, de coral barbado, no de oro / ciñe, sino de púrpura turbante.". El tal lascivo esposo es el gallo del corral, y las aves aludidas son las gallinas. Las "Odas elementales", de Neruda, ilustran igualmente el predominio de la forma sobre el fondo. El poeta dedica versos preciosistas a objetos de todos los días: el gato, el perro, la cebolla y hasta los calcetines, suaves como liebres. Siento admiración por Neruda, pero por López Velarde siente veneración. Poeta de forma, de formas, hizo reiteraciones rutilantes: "las golondrinas nuevas, / renovando con sus noveles picos alfareros / los nidos tempraneros"; "el llanto de recientes recentales por la ubérrima ubre prohibida"; "un cubo de cuero / goteando su gota categórica". Forma. Pura forma. Forma. Forma pura. ¿Y para decir todo esto he puesto a un lado mis temas habituales? Regreso entonces a la política y las cosas peores, y digo que dos bandos de intelectuales disputan con poca dosis de intelecto en torno de la casa donde vivió el poeta jerezano en la Ciudad de México. A modo de comentario de eso cito otra brillante reiteración del bardo: "Asistiré con una sonrisa depravada a las ineptitudes de la inepta cultura". Y mejor cambio de tema, porque el mundo de la poesía, aunque es ancho, me es ajeno. El señor Dorelo, de madura edad, se preciaba de ser hábil dibujante, a más de fiel aficionado a la ópera. Así, dibujó a la tinta china a Rigoletto, el atormentado personaje de Verdi. Una tarde fue invitado a merendar en la casa de la señorita Himenia, quien le ofreció un piscolabis de piononos con una copita de rompope. Don Dorelo llevaba consigo su dibujo, y le dijo a su anfitriona: "Amiga mía: ¿me permite que le enseñe mi Rigoletto?". Respondió, turbada, la señorita Himenia: "Groserías no". El joven Meregildo, mancebo con poca ciencia de la vida, sufría de insomnio, nerviosidad y frecuentes alteraciones del carácter. Fue a la consulta del doctor Nado, pero el facultativo no estaba. Su enfermera, mujer de buenas prendas físicas -de las morales no hacía ostentación-, le preguntó por qué deseaba consultar al médico. Meregildo le describió sus síntomas. "Ven conmigo" -le dijo ella. Y así diciendo le administró sobre la mesa de exámenes un deleitoso tratamiento. "Son mil 500 pesos" -le indicó al término del trance. Con gusto pagó el muchacho la tarifa, y más porque aquella grata medicina le sedó de inmediato el nerviosismo y luego le permitió recuperar el sueño. Pasados unos días -no muchos- el complacido paciente regresó al consultorio. Esa vez sí estaba allí el doctor, que tras enterarse de los síntomas del muchacho le extendió una receta y le dijo: "Son mil pesos". Replicó Meregildo: "Si no tiene usted inconveniente, doctor, preferiría el tratamiento de mil 500". FIN.
MIRADOR
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Me habría gustado conocer a Velador.
Fue un toro de lidia. Perteneciente a la ganadería de Victorino Martín, lo toreó el diestro José Ortega Cano en la plaza de Las Ventas, de Madrid. Tan bravo y noble resultó Velador que recibió la gloria del indulto, el único toro indultado en la historia de ese coso, el más importante del mundo de la tauromaquia.
Increíble historia. Tras ser toreado, Velador se negó a dejar el ruedo. Embistió a los cabestros que salieron para llevarlo a chiqueros. No hizo caso de los capotes que se le tendieron; atacó al perro que el mayoral sacó pensando que sus arremetidas harían salir al toro. Empeño inútil. Velador se plantó en el centro del albero, como si fuera de su propiedad.
Cayó la noche, y el toro en su terreno. Se apagaron las luces de la plaza, y se dejaron encendidas solo las de los corrales, por suponerse que eso atraería a Velador. Ni así.
Después de cuatro horas el toro dejó por fin el ruedo. Lo dejó cuando le dio la gana, no cuando el hombre quería que lo dejara.
Por eso me habría gustado conocer a Velador. Nadie era su dueño. Él era dueño de sí mismo. Así quiero ser yo.
¡Hasta mañana!...
MANGANITAS
Por AFA.
". Las pausas de la FIFA.".
Un sujeto borrachón
fue a la cantina una vez
y declaró: "Esta es
mi pausa de hidratación".