Una de las lecciones que ha dejado la historia de la democracia es que casi nunca ganan las elecciones los opositores, más bien las pierden quienes, con el poder en la mano, acaban fracturándose, dividiéndose y peleándose incluso antes de ir a las urnas.
Las condiciones actuales del PAN en Chihuahua, la lucha por la candidatura a la Presidencia Municipal en particular, podría conducir a un escenario adverso a pesar de las ventajas que le representa el poder público y las preferencias electorales, al menos en su bastión tradicional que ha sido la capital.
Con casi una decena de aspirantes -pocos con el potencial y las tablas necesarias; algunos con más aspiraciones que capacidades y posibilidades- Acción Nacional parece entrar a la zona de riesgo que supone la división, la cual traería efectos catastróficos en todo el proyecto de 2027, que obviamente no se limita a la ciudad.
Encabeza el listado el exfiscal César Jáuregui Moreno, quien acaba de celebrar su cumpleaños y dio una muestra de las lealtades y las amistades que tiene de su lado, con alrededor de mil invitados (solo faltó Bonilla), el 80 por ciento militantes del PAN; le siguen dos secretarios del gabinete estatal, Santiago de la Peña y Rafael Loera, además de la diputada federal “Manque” Granados, la única mujer entre todos.
Van detrás el coordinador de los diputados panistas, Alfredo Chávez; el director de la Junta Municipal de Agua y Saneamiento, Alan Falomir; y dos pasivos azules del Legislativo que entraron sin invitación ni más intenciones de ver qué les toca, los diputados Carlos Olson y Jorge Soto.
No es un problema que haya tantas cartas para jugar. Hasta es obvio, las encuestas le sonríen al albiazul. Su marca mantiene una ventaja considerable sobre Morena y, en el papel, la de Chihuahua parece una plaza segura.
Pero cuando las disputas internas se salen de control, fácilmente puede caerse cualquier pronóstico. De ahí que el problema del panismo no es la fortaleza de sus perfiles ni la de sus adversarios morenistas, sino la forma en que resuelva su propia sucesión.
Con candidatos de sobra, como los tiene ahora el albiazul, también tiene de sobra liderazgos suficientes para generar resentimientos. Y lo que al parecer no le sobra es una dirigencia, estatal o municipal, que encamine a un mismo objetivo a todos sus perfiles, quienes vía redes y cuestionables medios de batalla han recurrido a todo tipo de golpes bajos para desacreditarse.
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En la cima de las preferencias internas del PAN la carrera tres caras muy conocidas del panismo chihuahuense.
Por un lado, César Jáuregui, exfiscal, exsecretario de Gobierno, exsecretario municipal de Juárez, Chihuahua y Delicias, encabeza las mediciones con una solidez que ni siquiera la hizo menguar su renuncia en medio de un escándalo político alentado desde la Federación.
Jáuregui representa el colmillo de un panista práctico en su estado más puro; es un operador de mil batallas con un arraigo indiscutible en la militancia de la vieja guardia y el voto duro que se moviliza bajo cualquier clima.
Su principal virtud, la capacidad de debate rudo y operación subterránea, es también su flanco vulnerable, porque carga con el desgaste natural de haber transitado por las oficinas más calientes del estado, donde se ganó como rivales a los enemigos de su jefa, la gobernadora Maru Campos, pero no a sus amigos. Al menos no a todos.
Unos pasos atrás aparece el perfil femenino María Angélica Granados, como el rostro de la certidumbre institucional y el puente de plata con el sector empresarial. Avalada por su experiencia previa como alcaldesa interina y su cercanía con el sector privado, Granados representa la continuidad de un modelo de desarrollo económico que agrada a las clases medias altas de la capital.
Su reto, no obstante, estaría en la periferia, en el panismo de a pie, del que está un tanto desconectada.
Otra faceta panista es la del secretario de Desarrollo Humano, Rafael Loera, quien representa básicamente el cuadro joven listo para el relevo generacional que quiere la oportunidad ahora y quizá no sabe hasta dónde puede estirar la liga del partido antes de que reviente.
Detrás del puntero indiscutible, las preferencias parecen atomizarse, pero en ello no pierde relevancia el secretario general de Gobierno, Santiago de la Peña, quien está lejos de ser simples espectador. Más allá de sus posibilidades como cuadro priista apenas arribado a un PAN que no acaba de adoptarlo, ha dado muestras de juego rudo con las estructuras que maneja del poder estatal.
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En la cúpula del PAN saben, o deben saberlo, que una división en la capital tendría un efecto dominó catastrófico. Seguramente en Morena también lo saben, por eso sus prospectos ven el espectáculo que da el panismo sin despeinarse, a lo mejor hasta para tomarlo de mal ejemplo.
Si los equipos de los aspirantes perdedores deciden operar de brazos caídos o, peor aún, pactar votos de castigo, el daño mayor no se mediría en la alcaldía, sino en la campaña de Marco Bonilla por la gubernatura.
Perder tracción en el municipio que más votos netos aporta al panismo en el estado significaría entregarle ventaja a Morena, que se atrinchera con fuerza en Ciudad Juárez y aquí mantiene un sospechoso bajo perfil.
No obstante, agresiones bajo la mesa entre los aspirantes han sido permitidas mientras transcurre tiempo valioso que sí aprovechan los morenistas, al menos el alcalde juarense Cruz Pérez Cuéllar y la senadora Andrea Chávez, ya en contienda interna por la gubernatura.
En cambio, en el proceso por la gubernatura del lado panista, a Bonilla Mendoza le han regateado apoyos y oportunidades de sumar a pesar de ser el único proyecto realista y consolidado para 2027; en la batalla por la capital suben de tono los ataques hacia el puntero, “las chirinolas”, como las llegó a calificar el mismo Jáuregui.
Por ejemplo, a Bonilla le han sembrado supuestos desacuerdos y conflictos con la gobernadora; roces con Palacio de Gobierno por cuestiones políticas, personales y administrativas; y rivales en personajes albiazules que, si bien tienen algo de reconocimiento, no gozan de preferencias y el prestigio del alcalde capitalino.
A Jáuregui, por otro lado, le inventan versiones de que la Fiscalía General de la República vendría por él para llevárselo al Altiplano, como si la menor falta administrativa ameritara la prisión vitalicia; y en el colmo del simplismo ramplón hasta le trataron de boicotear su fiesta de cumpleaños con mensajes de que la había cancelado o que era una reunión de apoyo para un candidato morenista. Desde casa, los golpes.
Ese tipo de esfuerzos por hacer que la sangre llegue al río en la contienda del PAN habla mucho de la situación política interna, en tiempos en que el partido debería pensar en encender la maquinaria y comenzarla a correr en la carretera por la que sus adversarios ya partieron.
Lejos de eso, el PAN insiste en tomarse su tiempo -que nomás no llega- para procesos de selección que van a mezclar encuestas, diálogo, consensos y hasta posibles determinaciones verticales de la dirigencia nacional con la bandera de la “apertura ciudadana”.
¿No es más lógico sentar a los aspirantes, negociar, ofrecer posiciones de consolación competitivas (diputaciones federales, locales o posiciones clave de gabinete) y salir con una fotografía de unidad forzada pero eficiente?
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Ante una elección que puede perderse antes de empezar, un componente esencial que en esa confrontación interna ha quedado de lado, es el papel de las alianzas, que podrían ser obligadas a pesar de la holgura de la que todavía goza el partido en el poder local.
En los números fríos, el PAN no necesita ayuda para ganar la alcaldía de Chihuahua; sin embargo, en la matemática estatal, los siete, ocho ó 10 puntos porcentuales que el PRI y otros le puedan aportar en las urnas son el colchón de oxígeno que requiere el proyecto de la gubernatura para un eventual triunfo.
El tema de la coalición es esencial, pero ha sido dejado como secundario bajo la lógica idea de que la candidatura a la Presidencia Municipal será estrictamente para un perfil panista. Los priistas seguramente lo entienden y aceptan, pero entre más tiempo pase más cara será la cotización para la eventual alianza.
Así, el conflicto interno cada vez más evidente y el descuido en el trabajo de pactar y negociar puede mermar el carro con tanque lleno del que dispone el PAN para competir.
En la analogía con un viaje hacia la alcaldía, el éxito del recorrido depende de la pericia panista para elegir al conductor, sin atropellar a nadie y sin que los pasajeros decidan bajarse a mitad del camino, porque eso, como dijimos líneas arriba, desencadenaría un efecto dominó con repercusiones en la batalla por la gubernatura.
El principal desafío del PAN para llegar a la meta, pues, no radica en la fuerza de la oposición representada por los morenistas, sino en evitar rupturas internas durante el proceso de selección y asegurar una candidatura de unidad que logre retener el voto duro de las clases medias y los sectores empresariales de la capital.
Los que representan la unidad con toda naturalidad están muy claros en la ruta por la gubernatura y la alcaldía. Tratar de forzar otra realidad es una jugada de alto riesgo, un lujo que el PAN no puede darse por más que sienta cierta seguridad en Chihuahua.