La ganadería bovina del norte del país enfrenta una amenaza que ya no es hipotética: el gusano barrenador. Las autoridades sanitarias han confirmado que el insecto —una mosca que deposita sus larvas en heridas abiertas— encontrará en nuestro territorio las condiciones necesarias para completar su ciclo reproductivo. Y cuando eso ocurra, la infestación será inevitable. No por negligencia, sino por biología.
Frente a este riesgo, Estados Unidos ha endurecido sus medidas de contención. El cierre a la exportación de ganado en pie ha golpeado a los productores mexicanos, incluso a aquellos cuyos hatos permanecen libres del flagelo. Para la Secretaría de Agricultura, estas restricciones resultan desproporcionadas. Sin embargo, el efecto inmediato ha sido otro: más ganado que antes se exportaba ahora se queda en el país. Y, en teoría, más oferta debería traducirse en precios más bajos para el consumidor. Pero no ha ocurrido.
El ciudadano común, que observa aparadores llenos y bolsillos vacíos, se hace una pregunta legítima: si hay más carne disponible, ¿por qué sigue tan cara?
La respuesta no está en el mercado de corto plazo, sino en la estructura profunda de nuestra ganadería. El norte de México produce ganado en condiciones agroclimáticas propias del semidesierto. Los pastos son pobres, el agua es escasa y el ganado debe recorrer largas distancias para alimentarse. Ese desplazamiento constante consume energía que, en otras regiones del continente, se destina a ganar peso.
Conviene explicar un concepto clave que rara vez aparece en la conversación pública: el índice de agostadero. Este indicador señala cuántas hectáreas se requieren para sostener una Unidad Animal (una vaca adulta) durante un año. En regiones húmedas bastan una o dos hectáreas; en el semidesierto chihuahuense, el índice puede superar las 40 hectáreas por animal. Es decir: a mayor índice, menor productividad. El ganado debe caminar más para alimentarse y gasta energía que en otras regiones se convierte en peso.
A esto se suma un hecho que suele pasar desapercibido: nuestro sistema ganadero no está diseñado para engordar, sino para exportar becerros. Durante décadas, la lógica económica ha sido vender animales jóvenes a corrales estadounidenses, donde la engorda intensiva es más barata gracias a subsidios, economías de escala y disponibilidad de granos a precios que México no puede igualar.
Por eso, cuando el flujo de exportación se interrumpe, la cadena nacional no tiene la capacidad inmediata para absorber, estabular y engordar ese ganado. Y cuando lo intenta, lo hace a costos más altos que los de su competencia al norte del río Bravo.
Incluso hoy, con granos importados más baratos por la apreciación del peso, la ecuación no cierra. A los costos propios del semidesierto se suman otros que no aparecen en los manuales técnicos: extorsiones, riesgos en el transporte, medidas adicionales de seguridad. Todo eso se paga. Y se paga caro. El resultado es una paradoja que irrita al consumidor: hay más carne disponible, pero no hay carne más barata. La abundancia temporal no corrige los problemas estructurales. La cadena de intermediación sigue siendo larga, la concentración en sacrificio y distribución mantiene márgenes estables y los costos de producción continúan siendo más altos que en Estados Unidos.
El gusano barrenador es, sin duda, un desafío sanitario serio. Pero la verdadera vulnerabilidad de la ganadería norteña no proviene de una mosca, sino de un modelo productivo que opera al límite de su viabilidad económica.
Mientras no se atienda esa raíz, la pregunta seguirá flotando en el aire de los mercados y las carnicerías: ¿por qué la carne es tan cara? Porque producirla aquí cuesta más que en casi cualquier otro lugar del continente. Y porque los beneficios de la abundancia, cuando los hay, rara vez llegan al consumidor final.
El flagelo sanitario pasará. La estructura de costos, no.