“¿Si el futbol demostró que podemos sincronizarnos y actuar como uno solo, tal vez sea el momento de atrevernos a soñar en grande fuera de la cancha?”

La fiesta mundialista llegó a su fin, y con ella, el eclipse emocional de millones de mexicanos que pausaron la dolorosa realidad del país. Durante un mes, las charlas familiares cambiaron la violencia, la crisis económica, la polarización y la impunidad por el futbol. Los descarados actos de corrupción, los vínculos del régimen con el crimen organizado, el colapso de la salud y el alza en las adicciones pasaron a segundo plano. El Mundial fue, para muchos, la tregua emocional perfecta.

La política y la agenda pública desgastan emocionalmente; la violencia, el circo legislativo y los escándalos diarios siembran una incertidumbre permanente. Ante esta realidad, el deporte surge como un bálsamo social. Así lo planteó Max Kaiser, cofundador de la Escuela de Ciudadanos, en entrevista con Martha Debayle, al señalar que la política fragmenta a la sociedad mientras que el deporte une: la camiseta nacional diluye las diferencias ideológicas y logra que personas opuestas celebren juntas, recuperando el sentido de comunidad.

La realidad es que la fiesta futbolística llegó a su fin, pero la crisis nacional continúa agudizándose. Tras el gasto desmedido en las celebraciones de la Selección, las familias enfrentan el impacto económico del regreso a clases, las inscripciones, colegiaturas, útiles y uniformes se acumulan ahora con las deudas de las tarjetas y los pagos de productos y servicios básicos.

El descontrol anímico que se vivió en las calles tiene una explicación científica, de acuerdo con expertos en neuropsiquiatría, el Mundial generó el escenario ideal para alterar la mente colectiva, un gol fue suficiente para disparar la dopamina y dar un respiro frente a los problemas estructurales. Durante un mes, las profesiones y roles diarios —ingenieros, médicos, obreros o madres— se borraron para dar paso a una identidad única: 'la Selección'. Esto explica por qué el triunfo nunca se atribuye a un tercero; la frase colectiva es siempre: ¡ganamos!.

A nivel biológico, este fenómeno detona la liberación de oxitocina, la hormona responsable del vínculo social. Es este químico el que nos hace abrazar a desconocidos en el Ángel o en cualquier plaza pública, potenciando la empatía, la solidaridad y la celebración colectiva bajo valores sanos. Con esto, quedó demostrado que un balón es capaz de sincronizar los cerebros de millones de personas y recordarnos nuestra naturaleza profundamente social.

Pasada la euforia, la terca realidad nos confronta con ese otro balón llamado México: uno dolido por la violencia, la pobreza, la injusticia, los desaparecidos y la carencia de salud y educación de calidad. El país vive bajo la indignación social ante los cuentos chinos de un régimen que intenta ocultar los abusos de autoridad, las corruptelas, la impunidad y la colusión con el narco; que politiza para dividir, mientras criminaliza la crítica social, periodística y el activismo. ¿Y si sí, México? ¿Si el futbol demostró que podemos sincronizarnos y actuar como uno solo, tal vez sea el momento de atrevernos a soñar en grande fuera de la cancha? Sumemos voces.