Hace dos años, en estas mismas páginas, escribí el artículo "Consejos para escoger un buen abogado", a propósito del Día del Abogado, que se celebra cada 12 de julio en nuestro país. En él ofrecía una serie de recomendaciones para elegir a un "buen abogado", en el estricto sentido de la palabra; es decir, para escoger al profesionista que mejor pudiera ayudar a resolver un problema legal.
En aquel artículo, mis recomendaciones estuvieron enfocadas en saber elegir al profesionista, sin ahondar en las cualidades que debe tener un buen abogado. Por ello, en esta entrega, y con motivo de la reciente celebración del Día del Abogado, me referiré a las cualidades personales y profesionales que, desde mi perspectiva, distinguen a un buen abogado.
Debo advertir que estas consideraciones se refieren a la calidad personal, ética y profesional que debe poseer toda persona para ser considerada un buen abogado. También debo aclarar que, al hablar de abogado, me refiero a todo profesionista con licenciatura en Derecho que ejerce su profesión en cualquier rama o actividad relacionada con esta disciplina.
En principio debo decir que, como ocurre en todas las profesiones, aunque los chistes —el más famoso, el del plátano— y ciertos prejuicios sociales hayan generalizado una idea distinta, sí existen buenos abogados. Lo afirmo no sólo porque lo he constatado a lo largo de mis 17 años de ejercicio profesional, sino también porque conozco a varios de ellos y sé que comparten características en común.
He observado que la calidad de un buen abogado tiene mucho más que ver con la calidad de la persona. Por ello empezaría diciendo que un buen abogado es aquel que conserva su humanidad, siendo la empatía y la nobleza sus principales virtudes. Considero que un buen abogado debe ser noble y gentil, capaz de comprender el dolor ajeno, respetarlo y, a partir de ello, transmitir confianza y generar respeto en quienes acuden a él.
Por supuesto, la nobleza, la gentileza y la empatía no bastan. Además, debe ser una persona educada. Y cuando hablo de educación no me refiero únicamente a la formación académica, que desde luego es indispensable, sino también a los modales y al trato hacia los demás. Al fin y al cabo, un abogado no sólo resuelve problemas sociales; también debe inspirar confianza y respeto, y ese respeto comienza por la forma en que él mismo trata a los demás.
En tercer lugar, un buen abogado o abogada es una persona esmerada, que se esfuerza por encontrar la mejor solución posible al problema que le fue planteado. Lo hace no sólo porque tiene una reputación que cuidar y fortalecer, sino porque su propia vocación lo impulsa a no conformarse con resultados mediocres.
En cuarto lugar, un buen abogado es una persona muy instruida, no sólo en Derecho, sino también en cultura general. Desde hace siglos existe la tradición de que el abogado es una persona de amplia lectura, y la lectura permite conocer mucho más que únicamente las leyes. El abogado, entonces, no sólo domina las normas jurídicas, sino que también posee una sólida cultura y conocimientos generales.
En quinto lugar, y como consecuencia de lo anterior, el buen abogado tiene una excelente expresión oral y escrita. Sin embargo, no es soberbio ni petulante; tampoco es engreído. Por respeto a sí mismo, a su cliente y a su profesión, sabe que el buen uso del lenguaje es una obligación que ejerce con naturalidad. Sabe hablar y escribir con claridad, precisión y un amplio vocabulario.
En sexto lugar, y como ya lo señalé en mi artículo de hace dos años, el buen abogado habla siempre con la verdad. Aunque en ocasiones resulte difícil aceptarla, un buen abogado no dice lo que su interlocutor quiere escuchar, sino lo que realmente es, aun cuando esa verdad pueda resultar incómoda.
Y, por último, un buen abogado es honesto. Es honesto consigo mismo al reconocer los asuntos que no debe aceptar por falta de experiencia, tiempo, preparación o cualquier otra circunstancia. Es honesto con quien solicita sus servicios al decirle siempre la verdad, aunque ésta no sea la que desea escuchar. Es honesto con la sociedad, al privilegiar el bien común, y es honesto con su profesión, a la que procura respetar y dignificar en todo momento.
Esa honestidad va de la mano con la ética. Por ello, un buen abogado, por respeto a su profesión, a los suyos y a sí mismo, jamás ejercerá de una manera que pueda avergonzarlo. Porque un buen abogado no sólo debe ser ejemplo como persona, sino también como profesionista, buscando siempre dignificar su carrera y ser motivo de orgullo para quienes lo rodean.