Todavía falta para la elección de 2027, pero el desenlace empieza a escribirse desde ahora: en los movimientos finos, en las señales que mandan los actores con poder real y en la manera en que cada aspirante administra —o desperdicia— su capital político. Las encuestas ayudan a entender un momento, pero no sustituyen factores importantes como la viabilidad, la gobernabilidad y la decisión nacional que, en Morena, no será un trámite local. Quien quiera hacer una lectura seria tiene que mirar más allá del aplauso inmediato y cuestionar seriamente: ¿quién puede ganar y luego gobernar sin convertir el estado en un campo de batalla?
Andrea Chávez, hoy por hoy, aparece como la figura mejor colocada en Morena. En varios levantamientos que circulan en medios, su intención de voto en un careo interno se mueve en un rango alto, alrededor de la tercera parte o más de las preferencias, con porcentajes que han llegado a rozar el 40%. En esas mismas mediciones, Cruz Pérez Cuéllar suele aparecer en segundo lugar, con cifras que se mueven alrededor de una cuarta parte, y Juan Carlos Loera con porcentajes menores, aunque en algunos casos cercanos a una quinta parte. En el panorama general, Morena se registra arriba del PAN por diferencias que, según el levantamiento, pueden ser moderadas o amplias. Ese es el estado de la fotografía.
Pero el problema de las fotografías es que no cuentan lo que pasa fuera del encuadre. Y en política, justo ahí se decide todo.
Andrea tiene dos virtudes evidentes: presencia y energía. Conecta con una parte del electorado, sabe moverse en el espacio mediático y ha construido una identidad reconocible. El riesgo es que esa misma visibilidad se convierta en su punto débil. El episodio de las ambulancias y las “caravanas” —más allá de quién tenga la razón en cada detalle— dejó una impresión que no le conviene a nadie que aspire a ser candidata: la impresión de adelantarse, de tensar al partido, de generar un debate que termina obligando a la presidenta y al CEN a fijar una postura pública sobre reglas internas.
Cuando desde el centro se habla de “poner límites” y de “evitar que se adelanten”, no es un comentario al aire. Es una advertencia con destinatarios. En Morena, y más todavía en un proceso donde el CEN tendrá mano directa, ese tipo de señales pesan. No porque una persona sea “buena” o “mala”, sino porque el partido piensa en un paquete nacional de gubernaturas, con control de daños, con disciplina y con una estrategia que incluye el criterio de género. Eso puede reordenar candidaturas en todo el país. Chihuahua no va a estar fuera de esa lógica.
Ahí entra el segundo punto, que es central y que conviene decirlo sin rodeos: para Andrea es un error abrir pleito —o permitir que se abra— con Ariadna Montiel. Ariadna no es solo un nombre que aparezca o no aparezca en encuestas. Es secretaria de Bienestar, trae estructura, trae presencia territorial y, sobre todo, tiene cercanía con la presidenta. En un partido como Morena, donde la conducción del proceso está arriba, la relación con esa pieza no es un asunto menor.
Si además esa confrontación se produce por la vía indirecta de Juan Carlos Loera atacando al equipo de Ariadna, el mensaje que se manda es peor: no se ve como una diferencia política legítima, sino como una guerra interna innecesaria. Y las guerras internas suelen cobrarse caro cuando llega el momento de decidir candidaturas. Lo que el centro busca en 2026 es orden, no pleito.
Por eso la comparación con Cruz Pérez Cuéllar es útil. Cruz juega con otra lógica: la del político experimentado que entiende que en estos procesos vale más sumar que exhibir fuerza. Y hay una señal que, en este momento, ayuda a entender su apuesta: el 13 de diciembre de 2025 publicó una fotografía con Ariadna Montiel durante una visita presidencial y la llamó “amiga”. Es una imagen sencilla, de esas que parecen inofensivas, pero en política sirven para fijar posición: Cruz se muestra cerca de una funcionaria clave del gobierno federal y lo hace sin ruido, sin drama, sin polémica.
Ese tipo de movimientos importan porque hablan de capacidad para convivir, para coordinarse, para no abrir frentes. Y en Chihuahua, la coordinación es más importante de lo que muchos admiten. La frontera es un mundo, la capital es otro, la sierra otro más. Ganar implica integrar pedazos distintos del estado, y gobernar implica no pelearse al mismo tiempo con medio tablero.
Aquí aparece un tercer elemento que en Chihuahua siempre pesa: los canales con el poder estatal. En el PAN, Marco Bonilla va al frente como aspirante natural, pero su relación complicada con Maru Campos le resta oxígeno. No se trata solo de simpatías; se trata de operación. Un partido que llega dividido a una elección grande suele pagar el costo en campaña y también en la capacidad de resistir embates.
En el ambiente político local se comenta, además, algo que no es menor: hoy hay más cercanía funcional entre Maru y Cruz que entre Maru y Bonilla. Eso no significa alianza ideológica ni pactos ocultos; significa que, para una transición, hay puertas que se abren más fácil con unos que con otros. Y si Morena gana en 2027, el centro también va a pensar en cómo evitar una transición caótica. En ese sentido, Cruz y Ariadna juntos representan una idea atractiva para quienes quieren una alternancia sin sobresaltos: estructura territorial, respaldo nacional y diálogo con actores locales que siguen siendo influyentes.
En cambio, Andrea carga con otro tipo de percepción: la de la política confrontativa. Y esa percepción que ella misma alimenta se agrava por su entorno. Detrás de Andrea aparecen aliados como Javier Corral y Juan Carlos Loera, perfiles que han construido una imagen más asociada al conflicto, a la denuncia permanente y a la lógica de “vamos por ellos” que a un esquema de acuerdos amplios. La política de ataque agresivo contra lo establecido divide y conquista, pero también puede encender dudas en quienes piensan en gobernabilidad. Chihuahua es un estado difícil para gobernar si llegas anunciando guerra.
De hecho, esto conecta con una frase que lanzó Alejandro Domínguez, dirigente del PRI, como advertencia al PAN: que si Morena gana “van a ir a la cárcel”. Cada quien puede leerla como exageración o como golpe retórico, pero revela un temor real que existe en la clase política local: la idea de que un gobierno de Morena pudiera llegar con ánimo de revancha. Y si hay una figura que, por estilo y alianzas, encaja más fácil en esa caricatura, esa figura es Andrea. No porque sea su intención, sino porque así se va construyendo la narrativa.
Por eso, cuando uno mira el 2026 con frialdad, se entiende que el punto no es si Andrea mide arriba hoy. El punto es si su candidatura le conviene al partido cuando el objetivo es ganar Chihuahua y mantener estabilidad, sin regalarle a la oposición un discurso de miedo, persecución o choque. La decisión final, además, pasará por el CEN y por la presidenta. Y el criterio de género puede cambiar el tablero de un día a otro. Si Chihuahua se reserva para mujer, la discusión real será Andrea contra Ariadna, pero no solo por encuestas: por disciplina, por estructura y por capacidad de no dividir al movimiento.
Si Chihuahua se reserva para hombre, Cruz se vuelve una opción natural que además ya está mostrando señales de cercanía y coordinación con piezas clave del Gobierno federal.
A estas alturas, la conclusión más honesta es esta: Andrea Chávez tiene fuerza en el plano mediático y en la medición del momento, pero también tiene costos políticos que se están acumulando demasiado pronto. Ariadna Montiel no es la favorita de las encuestas, pero sí es un factor de equilibrio con estructura y respaldo nacional. Cruz Pérez Cuéllar no es el más estridente, pero sí es el perfil que mejor dialoga con la idea de transición ordenada, con puentes abiertos y con una lógica de sumar más que confrontar.
En 2026, muchos van a tratar de ganar la conversación. El 2027 lo ganará quien gane la decisión. Y esa decisión, en Morena, no se va a tomar solo con números: se va a tomar con cálculo político, con lectura del estado y con la pregunta que siempre llega al final, aunque nadie la diga en público: ¿quién nos sirve para ganar… y para gobernar?