¿Para qué votar cuando la sensación de que el resultado ya está decidido y empieza a instalarse en la conversación cotidiana?
¿Para qué acudir a las urnas si, gane quien gane, en cualquier Distrito, el reparto final de los espacios puede cambiarlo todo?
¿Para qué entusiasmarse con una campaña si la matemática política parece pesar más que la voluntad ciudadana?
¿En qué momento votar dejó de ser una expresión de esperanza para convertirse en un acto rutinario, casi automático?
¿Desde cuándo la política empezó a sentirse lejana, ajena, diseñada para otros y no para quien hace fila el día de la elección?
Cuando el gobierno de Claudia Sheinbaum propone una reforma electoral, asegura que busca fortalecer la democracia, hacerla más barata y más cercana a la gente. Pero ¿qué significa realmente fortalecer la democracia?, ¿reducir costos es lo mismo que fortalecer instituciones?, ¿acercar la política implica quitarle contrapesos o darle más garantías al ciudadano?
¿Por qué reformar la Ley Electoral que permitió llegar al poder? Si las reglas fueron suficientes para ganar, ¿por qué ya no lo son para competir?
¿La democracia solo funciona cuando el resultado favorece a quien gobierna?, ¿Cambiar las reglas después de ganar no despierta, al menos, una sospecha razonable?
¿Es democrático un sistema donde un partido puede perder distritos de manera directa y aun así terminar con más diputaciones por quedar como segunda fuerza en muchos lugares? ¿No se supone que ganar es ganar y perder es perder? ¿En qué momento perder en las urnas se convierte en una ventaja en el reparto final?
¿Qué siente el ciudadano cuando vota contra alguien y luego descubre que ese alguien terminó legislando de todos modos?
¿No es eso decirle que su voto contó… pero solo hasta cierto punto? ¿Es realmente austeridad recortar recursos a las autoridades electorales sin cerrar el paso al dinero ilegal?
¿No es más bien dejar al árbitro sin herramientas mientras los jugadores más fuertes siguen en la cancha?
En un país donde el crimen organizado ya ha influido en elecciones locales, ¿reducir vigilancia es ahorro o es riesgo?
Si los órganos electorales se hacen más pequeños, más débiles y más dependientes, ¿quién garantiza que puedan resistir presiones políticas?
¿Puede haber elecciones confiables con árbitros frágiles? ¿O basta con que existan en el papel para decir que todo está bien? ¿Fiscalizar en tiempo real es un avance o un mecanismo de control? ¿Quién decide qué información se usa y contra quién? ¿La vigilancia será pareja o selectiva? ¿Servirá para combatir irregularidades o para disciplinar disidencias? ¿Y qué ocurre cuando el poder quiere decidir qué es mentira, qué es crítica válida y qué es “desinformación”?
¿Dónde termina el combate a las noticias falsas y dónde empieza la censura? ¿Quién protege la sátira, el periodismo incómodo, la crítica ciudadana?
Si se elimina el PREP, ¿ganamos certeza o ganamos oscuridad?
Si ya no hay información clara la noche de la elección, ¿qué se gana exactamente?
¿No era la transparencia uno de los pocos consensos que había costado décadas construir? ¿Eliminar la reelección y cortar la experiencia legislativa mejora la política o la llena de improvisación? ¿Queremos representantes con oficio o representantes obedientes? ¿Congresos que debatan o congresos que solo levanten la mano?
Si las elecciones siguen existiendo, pero el resultado ya no depende exclusivamente del voto, ¿eso sigue siendo democracia o solo su simulación?
¿En qué momento votar deja de ser un acto de poder ciudadano y se convierte en un simple trámite? ¿Quién gana cuando la gente deja de votar?
No gana la democracia.
Ganan quienes gobiernan sin contrapesos, quienes ya no necesitan votos porque les basta con reglas hechas a la medida.
Ganan los que prefieren ciudadanos cansados antes que ciudadanos exigentes.
Tal vez por eso la pregunta empieza a escucharse cada vez más, no en los discursos oficiales, sino en la calle, en la sobremesa, en el cansancio silencioso de muchos mexicanos:
votar… ¿para qué?