Hay regresos que se celebran. Hay otros que preocupan. Y hay algunos que, por las circunstancias que los rodean, obligan a preguntar no solamente por qué alguien regresa, sino qué busca al hacerlo.

Rubén Rocha Moya volvió este viernes a la gubernatura de Sinaloa después de 112 días de licencia. Lo hizo asegurando que regresa “con la frente limpia y en alto”, convencido de que las acusaciones formuladas por autoridades de Estados Unidos carecen de sustento. Pero luego se volvió a ir el sábado.

Hay un detalle político que convierte este regreso en algo mucho más delicado: Morena dice que no sabía que iba a regresar. Y la Secretaría de Gobernación también calificó la reincorporación como una decisión exclusivamente personal.

Los gobernadores de Morena, antes amigos entrañables de Rocha Moya, publican un manifiesto donde le reprochan su rebeldía y cierran filas en torno a su partido y a la Presidencia de la República. Le dieron la espalda.

Significa, entonces, que el reincorporado -y vuelto al exilio 24 horas después- gobernador sinaloense, no atiende ni a su partido ni a su líder máximo, la presidencia del país. ¿Qué supo Rocha Moya como para volver por el fuero constitucional?

Coincidentemente, las áreas de inteligencia norteamericanas, unas horas antes, alabaron el trabajo de Omar García Harfuch, el poderoso zar de la seguridad mexicana y, al día siguiente, Rocha Moya decide regresar por el poder en Sinaloa. ¿Qué curioso?

Es decir, el gobernador regresa al Palacio de Gobierno, pero políticamente parece hacerlo caminando solo. Y eso abre una pregunta enorme: ¿qué está buscando Rubén Rocha Moya? Porque no se trata de un gobernador que simplemente se tomó unas vacaciones de 112 días.

Se separó del cargo después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos lo incluyera entre diez funcionarios y exfuncionarios sinaloenses señalados por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, particularmente con la facción conocida como Los Chapitos.

La acusación estadounidense sostiene, entre otras cosas, que Rocha habría tenido reuniones con integrantes de esa organización y que habría permitido sus operaciones a cambio de beneficios políticos y económicos.

Y hay otro elemento que no debe perderse de vista: un gobernador en funciones tiene una protección constitucional particular. La Constitución de Sinaloa establece mecanismos específicos para proceder contra quien ocupa la gubernatura por delitos graves del fuero común y contempla procedimientos de juicio político ante determinadas violaciones graves.

Por eso el regreso no es solamente político. También modifica el escenario jurídico alrededor de Rocha. Porque el gobernador volvió para tener capacidad de decisión sobre funcionarios, presupuesto, seguridad pública y estructura administrativa precisamente cuando algunos de sus colaboradores y excolaboradores aparecen vinculados a investigaciones relacionadas con el mismo entramado criminal que originó las acusaciones estadounidenses.

Y entonces aparece la dimensión política. Morena se deslinda. No lo respalda públicamente. Dice que no fue consultado. La Secretaría de Gobernación dice que fue una decisión personal. Y mientras tanto Rocha regresa. ¿Rebelde? Sí, políticamente hablando. ¿Lo dejaron solo? ¿Lo abandonaron quienes lo estaban protegiendo?

Un gobernador puede tener legalmente derecho a regresar y, al mismo tiempo, enfrentar un problema gigantesco de legitimidad política. Ése es el punto. Rocha podría estar buscando recuperar el control político de Sinaloa, demostrar que sobrevivió al golpe estadounidense, defender su nombre antes de que otros escriban su historia y, de paso, evitar que su ausencia termine convirtiéndose en una confesión política.

También podría estar enviando un mensaje a Washington: “No me van a sacar de aquí.” El problema es que Sinaloa no necesita demostraciones de fuerza política. Necesita certezas. Necesita saber por qué un estado que lleva años atrapado entre violencia, desapariciones, asesinatos y disputas criminales continúa siendo territorio de una batalla que parece tener dos gobiernos: el institucional y el que opera en las sombras.

Y ahí está el mayor peligro del regreso de Rocha Moya. No que vuelva. Sino que vuelva cuando todavía existen preguntas sin responder. Porque si las acusaciones de Estados Unidos son falsas, como sostiene Rocha, entonces corresponde demostrarlo con expedientes, investigaciones transparentes y resultados judiciales.

La respuesta no la dará un discurso. La darán las investigaciones, los tribunales, los resultados de seguridad y, sobre todo, el tiempo. Porque en política hay regresos que significan fortaleza. Y hay otros que terminan siendo el principio del verdadero problema.

Solo 24 horas después de esa “rebeldía”, sospechosamente Rocha volvió a pedir licencia. ¿Es un juego? ¿Sus días están contados? ¿Vienen por él? ¿Lo van a seguir protegiendo? Al tiempo.

Fuentes: La Opinión/ El Universal/ Diario MX/ El Informador/ Agencia Reforma/ El País/ Meganoticias.