Durante décadas, México creyó haber derrotado a uno de los peores enemigos de la ganadería. La batalla había sido larga, costosa y técnicamente admirable. En 1991, después de una campaña binacional con Estados Unidos basada en la liberación de millones de moscas estériles, el país fue declarado libre del gusano barrenador del ganado.
Parecía una historia con final feliz, pero las plagas no entienden de triunfalismos. Solo esperan una oportunidad para regresar. El llamado gusano barrenador es la larva de la mosca Cochliomyia hominivorax, cuyo nombre científico significa literalmente "devoradora de tejido humano".
A diferencia de otras larvas que consumen carne en descomposición, ésta invade heridas abiertas y se alimenta de tejido vivo en bovinos, caballos, ovinos, caprinos, fauna silvestre e incluso seres humanos.
Cada hembra puede depositar cientos de huevos sobre una herida, los cuales eclosionan en menos de un día. Las larvas penetran profundamente en la carne, provocando lesiones dolorosas, infecciones, pérdida de peso e incluso la muerte si no se atienden oportunamente.
El gusano barrenador ha existido desde tiempos ancestrales en el continente americano. Sin embargo, durante el siglo XX su expansión provocó enormes pérdidas económicas para la ganadería de Norteamérica.
De ahí nació uno de los programas sanitarios más exitosos del mundo: la producción masiva de moscas estériles para impedir la reproducción de la especie. Gracias a esa estrategia, Estados Unidos eliminó la plaga y posteriormente México hizo lo propio, desplazando la barrera sanitaria hasta Panamá.
Pero la historia cambió recientemente. El resurgimiento de focos en Centroamérica, favorecido por la movilización ilegal de animales, deficiencias sanitarias y la persistencia del insecto en regiones tropicales, permitió que la plaga volviera a avanzar hacia el norte. México confirmó nuevamente casos en el sur del país, obligando a desplegar campañas de vigilancia epidemiológica, cuarentenas y control sanitario.
Cuando el gusano barrenador llega a un territorio, las consecuencias van mucho más allá de la salud animal. Se activan restricciones para movilizar ganado, aumentan los costos de producción, disminuye la productividad, aparecen riesgos para la exportación y las autoridades deben invertir millones de pesos en inspección, vigilancia y tratamiento. Además, el daño puede alcanzar a la fauna silvestre y, aunque los casos humanos son poco frecuentes, también representan un riesgo sanitario.
Durante 2025 y principios de 2026, los principales focos en México se concentraron en entidades del sureste como Chiapas, Tabasco, Campeche, Quintana Roo, Yucatán, Veracruz, Oaxaca, Guerrero y Puebla, aunque la vigilancia se extendió prácticamente a todo el país debido al riesgo de dispersión mediante el movimiento de animales.
¿Y Chihuahua? La sola pregunta inquieta a uno de los estados con mayor vocación ganadera del país. Paradójicamente, hasta hace unas semanas, Chihuahua no registraba presencia estable del gusano barrenador y continuaba siendo considerado parte de la zona libre que México busca proteger rigurosamente.
Pero las autoridades estatales e importantes asociaciones, como la Unión Ganadera Regional de Chihuahua, alertaron del riesgo si no es atendido a tiempo y con una estrategia clara y contundente. El gusano barrenador ya está en Chihuahua y representa un serio riesgo para los productores en la entidad.
Por ello endurecieron la vigilancia zoosanitaria, particularmente porque el estado representa uno de los principales exportadores de ganado hacia Estados Unidos. La amenaza no proviene de que la mosca sea originaria del desierto chihuahuense, sino del riesgo permanente de introducir animales infestados mediante movilizaciones irregulares o fallas en los controles sanitarios.
La lección es contundente. En materia sanitaria no existen victorias definitivas. Basta una herida sin atender, un animal sin inspección o un traslado ilegal para que una mosca de apenas unos milímetros provoque pérdidas millonarias.
Quizás el gusano barrenador nos recuerde algo más profundo: las fronteras políticas existen para los seres humanos, pero no para las enfermedades ni para las plagas. La mejor defensa no es el optimismo, sino la vigilancia permanente, la cooperación internacional y la responsabilidad de productores, autoridades y ciudadanos.
Porque cuando el gusano barrenador llega, no pregunta por ideologías, colores partidistas ni calendarios electorales. Solo busca una herida abierta. Y cuando la encuentra, comienza a devorar mucho más que carne: consume la tranquilidad, la economía y la confianza de toda una región. Al tiempo.
Fuentes: Diario MX/Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura/El País/Revistas Académicas Universidad de Colima