“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios”
Mateo 5:9
Cuántos frentes más seguirá abriendo Donald Trump, y cuántos podrá controlar y salir victorioso. Venezuela e Irán no le han representado necesariamente éxitos, como tampoco lo ha sido el reciente bloqueo petrolero a Cuba. Lo mismo ha sucedido con su guerra arancelaria, así como con su apoyo a Orbán en las elecciones húngaras.
Sus inconmensurables arrebatos seguirán siendo el sello tanto de su primera como de su segunda gestión, pero en esta ocasión, desafortunadamente ha pasado de las palabras a los hechos. Se olvidó por completo de su promesa de campaña de no iniciar guerras, dando paso a intervenciones militares en países como Yemen, Irak, Somalia, Siria y Nigeria, además de los ya mencionados en Venezuela e Irán.
Su ímpetu visceral, carente de toda estrategia o propósito de Estado, revela un egocentrismo extremadamente peligroso, ya que en sus manos tiene la posibilidad —¿ilimitada?— de pisotear la dignidad de quien desee, ya sean individuos o países. Lo único que representa ante el mundo, es a sí mismo, sirviéndose de una investidura que debiera priorizar los intereses de la nación estadounidense.
Ha declarado que le gusta estar rodeado de perdedores y, a pesar de ello, le siguen haciendo ronda y sumisión, no sólo quienes integran su gabinete, sino también un tal Milei de Argentina, Noboa de Ecuador, Bukele de El Salvador y otros representantes de países que integran el llamado “Escudo de las Américas” y la “Junta de Paz”, creados por el propio Trump.
Después de una historia de alianzas y obediencias, la gran mayoría de los países europeos y Canadá, ante el frenesí disruptivo del mandatario gringo, que no entiende de razón y que no se conforma ni con la adulación más servilmente posible, han preferido reorientar sus intereses hacia aliados confiables —o menos desconfiables—, como lo son China e Irán, recurriendo a monedas distintas al dólar norteamericano, que les puedan ofrecer una mejor retribución y estabilidad económica. En pocas palabras, han decidido “plantarle cara”, como dicen en España cuando se desafía a alguien.
La OTAN ya no se sometió a los caprichos del más poderoso de sus socios, y tal parece que están considerando unificar los ejércitos que la conforman (más allá de operativos temporales cuando sean necesarios), pues con ello pudieran alcanzar una influencia y poderío militar en condiciones de, al menos, inhibir ultrajes hacia cualquiera de sus integrantes.
Se vislumbra un reacomodo mundial en el que, a mediano o largo plazo, finalmente habrá múltiples ganadores, con una merma importante para la nación yanqui, provocada, más que evidentemente, por un personaje que efectivamente sólo se interesa por sí mismo. Alguien que pretende que el mundo actúe de acuerdo con sus intereses personales, y no a los de esa otrora “gran nación”.
Ese desempeño soberbio y beligerante, si bien ha perjudicado a prácticamente todo el orbe, como él seguramente lo ha deseado, igualmente ha incluido al pueblo estadounidense que también ha padecido el encarecimiento de un sinfín de productos de uso cotidiano, además de las represalias instrumentadas por la administración trumpista en contra de todo lo que se le oponga fuera y dentro de EE. UU.
Con su vorágine de mentiras, contradicciones, difamaciones y acciones aberrantes, se ha ido desvaneciendo su popularidad entre quienes gobierna, por lo que se ha visto preocupado de ir a dar al banquillo de los acusados en caso de que el Partido Republicano no gane la mayoría necesaria en las elecciones intermedias de noviembre próximo, para mantener el control legislativo.
Con él se reafirma que, en una guerra, lo primero que muere es la verdad. Viene diciendo que Irán ya está derrotado desde quien sabe cuándo, pero sigue negociando o tratando de negociar la paz con dicho país y con Israel.
Ha dicho ser merecedor del Premio Nobel de la Paz, renegando porque no le ha sido concedido, salvo el que le fue otorgado o compartido por la venezolana María Corina Machado, quien con ese gesto ha demostrado una falta absoluta de dignidad, después de que aquel le restara importancia y consideración para dirigir a la nación sudamericana. ¿Ya se habrá arrepentido Machado de dicho acto? ¿O tendrá la desfachatez de reafirmarlo en la primera oportunidad?
Pero más allá de todo lo anterior, a la postre de que Trump la emprendió contra el Papa León XIV, en un hecho de completo desequilibrio mental, se ha comparado con Jesucristo en una imagen, sumando así la antipatía de más y más feligresías en el mundo.
Pero no es Dios, no es un rey, y sin duda la supremacía y desvergüenza de las que está gozando actualmente, se le revertirán de una u otra forma. Si el mundo fuera justo, ya tendrían que haberse iniciado procesos jurídicos tanto en la Corte Penal Internacional, como en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, entre otras instancias supranacionales y estadounidenses, para condenarle por tantos y tantos crímenes cometidos en perjuicio de la humanidad.
Al tiempo.