A medida que se acercan las definiciones políticas del año electoral, la capital del estado parece convertirse en el tenso laboratorio donde habrán de probarse las dos ofertas políticas totalmente opuestas, representadas por el PAN de la continuidad estable y el Morena del cambio que todavía no vende una visión clara de la ciudad.
Las fotografías que brindan las encuestas más recientes presentan al PAN en el liderato, con estabilidad envidiable siempre por encima del 40 por ciento de las preferencias electorales.
El del albiazul es, hasta ahora, un voto de identidad, una estructura que parece inmune a los vaivenes nacionales, al menos desde hace una década.
Sin embargo, en el retrovisor el reflejo de Morena es cada vez más nítido. Con alrededor de un 34 por ciento de las apuestas a favor, el partido guinda ha logrado romper su propio techo en la capital, posicionándose como un retador serio que ha sabido capitalizar el desgaste natural del ejercicio de gobierno.
El PRI navega en aguas inciertas, con las preferencias apenas en un dígito (alrededor de siete por ciento), que lo obliga a repensar su estrategia, de ser aliado formal del PAN o al menos desde lo oscurito, o se arriesga a la irrelevancia de una chiquillada compuesta por los otros que andan por las mismas: Movimiento Ciudadano, el gran fiasco que no crece; y las rémoras de la 4T, Partido del Trabajo y Partido Verde.
Lo que no revelan las encuestas -más allá del cuchareo que seguramente traen algunas- es que las dos principales marcas que pelean el mercado de votantes tienen al enemigo adentro. En el morenismo y en Acción Nacional pueden desbordarse los intereses personales sobre el objetivo de las conquistas electorales.
No es tanto por los perfiles en las batallas abiertas, sino por los factores que pueden ponerlos en riesgo o desventaja a la hora de salir a la contienda constitucional. Eso no reflejan los estudios demoscópicos, pero son realidades a la vista de todos, aunque a veces se pierdan en el océano de aspirantes, de cifras y grupos de poder.
En Morena es la fragmentación de grupos y proyectos, casi tantos como militantes, algunos secuestrados por intereses ajenos al partido, arribistas, oportunistas y desesperados en parecerse al PAN o al PRI, que han desplazado a quienes se partieron el lomo desde que Andrés Manuel López Obrador fundó el movimiento.
En el PAN, casi como ocurre al nivel de la candidatura a la gubernatura, el enemigo está en la eventualidad de una elección abierta, que podría derivar en choques y jaloneos innecesarios, ante la existencia de un puntero que es arropado por los panistas de convicción, lo que ya puede observarse con claridad.
En ambos partidos, la aparente ausencia de conducción política desde sus dirigencias, al mando de Brighitte Granados y Daniela Álvarez, también figura como factor de riesgo, al acercarse la fecha de las decisiones que vendrán en las próximas semanas y sigan sin verse señales de que esos barcos tienen capitanas.
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No cabe duda: en la capital el PAN lleva una ventaja que ha obligado a los morenistas a pensar, así en general, que deben mandar un candidato de sacrificio, capaz no de ganar, pero sí de sumarle votos a su proyecto para la gubernatura si logra estrechar el margen de una derrota previsible.
Entonces, no hay discusión de que el albiazul es competitivo, sino en quién será el rostro de la continuidad, en una batalla en la que el fiscal general del Estado, César Jáuregui Moreno, trae alrededor del 25 por ciento de las preferencias, un respaldo ganado en unas cuatro décadas de militancia y de posiciones públicas relevantes.
Le sigue las huellas, pero separado unos siete puntos, el secretario de Desarrollo Humano, Rafael Loera, quien logró apartarse del resto de contendientes hasta pegarle al 18 por ciento.
Detrás de ellos, la competencia es de fotografía, pero por el tercer puesto: el secretario de Gobierno, Santiago de la Peña y la diputada federal María Angélica “Manque” Granados, quienes rozan el 15 por ciento. Ya muy lejos, abajo del 10 por ciento, aparece el coordinador de los diputados locales, Alfredo Chávez, quien sin duda ha mostrado autoridad como jefe legislativo.
En la radiografía actual, son entre un 10 y un 13 por ciento de panistas los que aún no deciden de qué lado late su corazoncito, en una interna azul que es, hoy por hoy, una carrera de resistencia, donde la unidad final será el factor que determine si el 42 por ciento de la marca se traduce íntegramente en votos para el candidato.
Aquí es donde vienen los riesgos. Con Jáuregui a la cabeza de sus compañeros durante meses, hay quienes celebran que el PAN vaya a una elección abierta para definir quién abandera su proyecto por la capital, con el cuento ese de la apertura incluso a no militantes.
A eso se suma el poco peso de los jefes del partido, la dirigente estatal juarense que trae aspiraciones en la bolsa y el líder municipal en la capital, César Komaba, con doble cachucha de funcionario estatal en la Secretaría de Seguridad y de cabeza partidista. Pero ninguno con el perfil, ni la determinación ni la capacidad, para sentar a todos a la mesa y proyectar, cuando menos, un adecuado reparto del pastel electoral.
Otro enemigo en la casa del PAN es el jaloneo en torno a la eventual alianza con el PRI, que sería fáctica, ya no formal debido a que ambos partidos, a nivel nacional, se han dado de portazos en la cara, olvidándose que al régimen del que son opositores les conviene mantenerlos alejados uno del otro.
El desempeño tricolor en las encuestas es de chiste, en comparación con sus buenos años. Ese poco nivel en las preferencias le anticipa un sonoro fracaso para cualquiera de sus pobres y reciclados perfiles: Alejandro Domínguez, Rosy Carmona, Fermín Ordóñez o cualquier otro. Sin embargo, para Acción Nacional cualquier punto extra que le aporte lo acerca a la garantía de retener la ciudad, frente a un posible vendaval guinda.
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Del lado de la 4T, la interna es quizá la más dinámica y compleja, porque muestra dos perfiles punteros y otros cuatro un poco rezagados, pero la característica general es que ninguno es un morenista reconocido, sino más bien arribistas representantes de nada bueno de las otras fuerzas políticas. Eso por un lado.
El tracking de la marca, a la vez, revela una estabilidad pasmosa, con algunos mensajes ocultos en las líneas de tendencia. El PAN no solo lidera la contienda por la capital, sino que se mantiene encima del 40 por ciento; Morena, ha tenido un comportamiento más volátil, con subidas y bajadas marcadas.
Aunque el partido guinda muestra cierta recuperación los últimos meses, se nota que le cuesta trabajo romper la barrera de los 35 puntos. Su reto es convencer a ese sector que aún los ve con recelo para poder cerrar la brecha de ocho puntos con el líder.
Al volver sobre los aspirantes, es notable que la diputada Brenda Ríos ha dado un salto cualitativo, posicionándose en la punta con un 27 por ciento en el promedio de las encuestas. Su crecimiento desde finales de 2025 ha sido constante y, pese a su antecedente en el Verde y su lucrativo matrimonio con el duartismo, poco a poco ha logrado conectar con el ala más activa del morenismo.
Por otra parte, tiene su peso el exalcalde y expriista Marco Adán Quezada, que batea por encima del 20 por ciento, umbral del que no baja, pero tampoco sube.
La suma de perfiles externos como el corralista Miguel Riggs, el exverde Hever Quezada, el expanista Miguel La Torre y el expriista Héctor Ochoa, todos por abajo del 10 por ciento en las preferencias, añade una capa de complejidad a la ecuación, aunque parezca obvia su intención de colocarse en las menciones para otras posiciones en juego, no tanto por la alcaldía.
Así, el panorama que nos pinta la evolución de las encuestas, desde hace casi un año y hasta la fecha, muestra que el PAN y Morena concentran alrededor del 80 por ciento de la intención del voto, con la balanza del lado azul. Eso deja claro que la mayor parte del electorado ya eligió sus bandos.
Lo que sigue, en el duelo de las marcas, es ir por esa joyita que reside entre los partidos parásitos que buscarán sobrevivir con alianzas, pero sobre todo en ese porcentaje de indecisos, el voto gelatinoso que sí muestran algunas de las encuestas, a veces no visto por los apasionados que ya se casaron con un proyecto.
Los votantes indecisos de ahora podrían ser quienes decidirán si Chihuahua opta por la continuidad del modelo blanquiazul o si se entrega al experimento de la alternancia guinda.
En eso tendrán que concentrarse los que resulten electos como candidatos de uno y otro partidos.
Debería ser su derrotero desde ahora, pero ambos están envueltos en disputas internas que suben de tono e intensidad, mientras los árbitros de las dirigencias no se animan a pitar ni a sacar una tarjeta preventiva, fieles al ejemplo que desde hace unos años han puesto los árbitros electorales.
Así, Morena en Chihuahua capital es hoy una amalgama de fuerzas que, juntas, podrían hacer tambalear el bastión azul, pero divididas no harían más que pavimentarle el camino a la continuidad panista... si los albiazules logran no pelearse y mantenerse unidos en torno al proyecto que resulte más aceptado.