Ciudad Juárez.- Como a la mayoría de nosotros, me partió el corazón la tragedia familiar que terminó en la muerte del pequeñito niño de un año y medio, Eithan Daniel, el mes pasado. Deliberadamente, escribo este artículo un mes después, para analizar este tipo de violencia, sus probables razones y sus consecuencias con calma.

El estudio de este caso nos permite formar un criterio más cercano a la realidad de la violencia familiar que padece actualmente nuestra sociedad. Pero antes, es necesario aclarar la mente de los juicios irrazonables, los deseos de venganza y los impulsos destructivos colectivos que un episodio como este genera en varios sectores de nuestra sociedad; especialmente en aquellos que pueden desatar una persecución desmedida que termine en una cacería de brujas y genere peores tragedias.

La indignante historia de cómo una madre terminó matando a su bebé —aunque presuntamente hubiese sido de manera accidental— para luego deshacerse del cadáver de manera fría y calculadora, tirándolo por kilómetros, se grabó en la conciencia colectiva de nuestra sociedad.

Más allá del deseo de saciar la frustración y la sed de venganza que este tipo de casos y su explotación mediática despiertan en nuestras comunidades, especialmente considerando las dramáticas imágenes que circularon del indefenso pequeño ya fallecido, pero que en redes aparecía todavía con vida, con posibles señales de desnutrición y abuso físico —y que, a pesar de eso, le sonreía a su madre cuando en momentos buenos lo cargaba en sus brazos—, aquí queremos examinar, de manera sesuda, por qué pasan estas cosas, con la intención de aprender algo que valga la pena.

Las cuestiones son muchas. En particular, me interesa preguntarme: ¿por qué pasan estas cosas?, y ¿de qué manera se puede prevenir el maltrato infantil y sus terribles consecuencias a corto y largo plazo?, más allá de la amnesia que la opinión pública sufre después de unos días, cuando estos hechos pierden el morbo popular y dejan de ser noticia.

Fue una historia discutida en todos lados. A continuación, describo algunos comentarios que me intrigaron cuando la noticia era todavía reciente: “En las fotos se le veían cicatrices de golpes anteriores en la cabeza”. “El padre trabajaba en El Paso, no eran tan pobres”. “El niño se veía muy flaquito, muy pequeñito, no le daban de comer”. “Si alguien no quiere a su hijo, yo lo adopto”, escribía una mujer en redes sociales.

Lo preocupante de todo es que no es un caso aislado. Analistas y psicólogos diagnosticaron rápidamente una sociedad enferma. La eterna leyenda del Juárez negro. Los medios publicaron estadísticas manipulables en el sentido de que, en nuestra ciudad fronteriza —que ya de por sí no se beneficia de más críticas externas—, el maltrato infantil va en aumento.

Empezaron a acumularse las historias de otros homicidios infantiles y de niños maltratados por sus familiares cercanos —de quienes se supone deberían recibir apoyo y amor—, tan solo por quejarse de que tenían hambre.

Según la información disponible, cotejada con la Unidad Especializada en Investigación de Daños y Lesiones, el maltrato infantil en Ciudad Juárez incrementó en un 40 por ciento a partir del año 2022.

Oficiales de la Subprocuraduría de Atención a Niñas, Niños y Adolescentes y de Asistencia Social indicaron que atienden más denuncias, tanto directas como anónimas, desde hace algunos años, para posteriormente llevar a cabo las investigaciones respectivas. Históricamente, las adicciones al alcohol y las drogas de los padres son un factor recurrente. Decenas de niños son víctimas de maltrato, violencia física, sexual o psicológica, a veces perpetrada por los propios padres, familiares o cuidadores.

Según organizaciones civiles que estudian y atienden este problema, se trata de un fenómeno “estructural”, que viene desde la normalización de la violencia en casa y por los embarazos no deseados o en la adolescencia. Personas que, desde muy jóvenes, quedan embarazadas o asumen la responsabilidad de ser padres mucho antes de estar preparados y conscientes de las grandes responsabilidades que esto conlleva.

Hace unos meses compré un libro en un bazar de autores locales. Me gusta leer autores locales. Es conciso, pero me llamó la atención el título: “El delincuente”, de Luis Suárez Marcial, docente jubilado con quien platiqué en ese momento. Como pedagogo y periodista, siempre pienso en estudiar ideas de cómo mejorar a nuestra sociedad. Más allá de esta tragedia y otras, pensemos un momento en cómo la calidad de la formación educativa y familiar, desde temprana edad, nos afecta a todos como sociedad.

“La víctima de hoy puede ser el victimario de mañana. Los agresores de hoy suelen haber sido las víctimas de ayer”, escribió al inicio de su obra el autor, quien, por cierto, me contó que ayudaba a escribir editoriales a uno que otro periodista juarense en el pasado, pero ese es otro tema. Enseguida, Suárez pregunta: “¿Cómo alguien puede llegar a ser un delincuente? Las condiciones que llevan a un pequeño a delinquir pueden ser circunstanciales, accidentales o por necesidad… El agresor parece duro y frío, pero solo es para ocultar sus inseguridades, sus frustraciones y sus miedos”, elabora el autor. “En los niños actuales, el abuso y el maltrato no tienen la intención de educarlos, sino de descargar en ellos los problemas y frustraciones de los adultos… El niño de hoy que es abandonado, no deseado, maltratado o ignorado puede ser el delincuente del mañana”.

La indiferencia, el abandono y la falta de empatía en la formación familiar son factores que, a menudo, influyen en la creación de adolescentes y adultos crueles y faltos de empatía emocional.

Según una respuesta de la inteligencia artificial, que de vez en cuando consulto para comparar y complementar mis análisis, la delincuencia juvenil no tiene una causa única, sino que surge de la interacción de factores familiares, como la negligencia y la violencia. A esto se pueden sumar factores sociales, por ejemplo, el entorno de pobreza y la falta de oportunidades, el fracaso en el periodo de formación escolar, la exclusión, los niveles de impulsividad y el fallo en la búsqueda de pertenencia.

Aquí también incluiré otros dos factores indirectos: la sobrepoblación en las grandes ciudades y la falta de conexión con la naturaleza. Usualmente, los asesinos en serie, por ejemplo, desde muy temprana edad, suelen ser crueles con los animales, demostrando una insensibilidad humana espeluznante.

Este es un tema sumamente complejo, que incluye el examen minucioso de una variedad de decisiones individuales y múltiples diferencias en percepciones personales. Lo que a una persona puede afectarle negativamente, a otra puede generarle aprendizaje y fortaleza, por lo que es necesario juzgar cada caso por separado, para luego intentar formarse un criterio social y científico que realmente pueda aportar pistas de cómo mejorar las condiciones de vida de los niños y adolescentes que viven en áreas de alto riesgo.

Sin embargo, es necesario hacerse estas preguntas para generar concientización. Aunque el tema es difícil, es valiente intentar hacer algo para prevenir este tipo de tragedias, desde cualquier lugar en que cada uno de nosotros pueda influir como agente de cambio y evolución social, empezando por nuestra propia familia.

“Nada existe sin una causa que lo genere”, apuntó Suárez en la introducción de su libro, explicando que su obra trató de describir algunas de las causas y personas responsables, por acción u omisión, en el cuidado de los niños que hoy, ya adultos, nos atemorizan por su crueldad delictiva.

De manera indirecta, todos somos un poco responsables.
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