Cd. de México.- Un diplomático, un alcalde y un militar fueron los primeros contactos de Fidel Castro con el sistema político mexicano. Con ellos inició una relación que desembocó en un pacto tácito de tres décadas entre Cuba, México y Estados Unidos.
Ese pacto sólo se quebró en los años noventa, tras el vuelco que trajeron la caída del Muro de Berlín y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).
Gilberto Bosques (1892-1995) en La Habana, Carlos Hank González (1927-2001) en Toluca y Fernando Gutiérrez Barrios (1927-2000) en una cárcel del entonces Distrito Federal, escucharon los motivos del joven revolucionario cubano de los años cincuenta del siglo pasado. Cada uno a su manera le tendió la mano para que siguiera su camino.
Bosques fue embajador en Cuba desde noviembre de 1953 (cuatro meses después del fracasado asalto al cuartel Moncada, la primera acción de los rebeldes castristas) hasta noviembre de 1964 (cinco años después del triunfo insurreccional), por lo que se convirtió en un observador privilegiado de la revolución.
Como cónsul general en París, Bayona y Marsella durante la Segunda Guerra Mundial, Bosques salvó las vidas de miles de refugiados europeos que escapaban del nazi-fascismo.
Cuando Castro salió de prisión en 1955, amnistiado tras su condena por el Moncada, Bosques le advirtió rápidamente lo que sabía: que el líder revolucionario corría peligro de muerte y México le ofrecía refugio.
Fidel Castro se fue en julio de ese año a México, donde preparó la expedición con la que reiniciaría su movimiento contra el dictador Fulgencio Batista.
Ya en México, el primer entrenamiento militar de Castro fue en Toluca. Hank, el Presidente Municipal, lo recibió cálidamente y le puso un guía que lo llevó a practicar tiro en las faldas del Nevado que domina la ciudad.
Hank escaló casi todas las posiciones públicas posibles, en una carrera que lo llevó a ser uno de los políticos más influyentes del país y a reunir una fortuna.
En junio de 1956 Castro ya había formado en México un grupo de revolucionarios cubanos, cuya actividad terminó descubierta por la policía local. Los conspiradores cayeron en la cárcel y salieron semanas más tarde, tras una determinante gestión del ex presidente Lázaro Cárdenas.
Gutiérrez Barrios era entonces capitán del Ejército, comisionado como jefe de Control e Información de la Dirección Federal de Seguridad (DFS, la entonces Policía política). Primero fue el interrogador y durante los siguientes meses fue interlocutor de Castro.
Ambos cultivaron la confianza mutua. Gutiérrez Barrios llegó a entregar a Castro reportes confidenciales sobre la persecución contra el grupo cubano, tanto de policías mexicanos como de agentes de Batista, así como los indicios de una delación.
Días antes de emprender la expedición a Cuba en el yate Granma, en noviembre de 1956, Castro fue a despedirse de Gutiérrez Barrios. La amistad entre los dos se hizo patente y pública durante años. Fue la más estrecha entre el líder cubano y un político mexicano y es posible que haya sido una pieza destacada en el pacto entre los gobiernos.
El militar llegaría a dirigir la DFS y la Secretaría de Gobernación y a gobernar su natal Veracruz. En ese trayecto encabezó la represión contra la izquierda y movimientos populares, incluso en la guerra sucia de los años setenta.
Cuando Gutiérrez Barrios murió el 30 de octubre de 2000, Castro dijo en un mensaje oficial que valoraba "las excepcionales cualidades humanas" del mexicano, "su honestidad, actitud franca y abierta".
Tres años más tarde, en un acto público, Castro contó detalles de la relación con quien llamó "jefe caballeroso", que "cumplió con rigor su deber", cuando ambos se conocieron. "Sin él", dijo el líder cubano, "tal vez no habría sido necesario contar esta historia". Nunca se refirió al papel de Gutiérrez Barrios como eje de la represión en México.
Vigencia y fin de un pacto
La Organización de Estados Americanos excluyó en 1962 al Gobierno de La Habana por "incompatible" con los regímenes políticos del hemisferio. Dos años después todos los gobiernos de la región rompieron relaciones diplomáticas con la isla, excepto los de México y Canadá.
El pacto trilateral fue el punto en el que se cruzaron diversos intereses: México cultivó un factor de equilibrio con Estados Unidos; evitó que La Habana alentara guerrillas en territorio mexicano y durante un tiempo fue el país del continente mejor situado para obtener información de primera mano en la isla.
Cuba tenía en ese apoyo la única relación que pudo mantener durante más de una década en América Latina y el Caribe y, en consecuencia, un territorio cercano de operación política.
Estados Unidos lograba, a través de México, disponer durante un tiempo de una vía de información sobre lo que pasaba en el terreno en la isla, procedente del que entonces era un aliado de altos vuelos de La Habana.
La solitaria relación diplomática se volvió un símbolo. El académico Mario Ojeda, de El Colegio de México, lo explicó así: "Estados Unidos reconoce y acepta la necesidad de México a disentir de la política norteamericana en todo aquello que le resulte fundamental a México, aunque para los Estados Unidos sea importante, mas no fundamental. A cambio de ello México brinda su cooperación en todo aquello que siendo fundamental o aun importante para los Estados Unidos, no lo es para el país".
Algo así como una tolerancia mutua, dentro de ciertos márgenes, todo lo cual era entendido y asimilado por los cubanos. Los investigadores estadounidenses Peter Kornbluh y William LeoGrande descubrieron en materiales desclasificados que las decisiones de México en la época no fueron producto de actos unilaterales del gobierno de Adolfo López Mateos. En realidad hubo un acuerdo secreto entre México, Estados Unidos y Brasil en 1964, para garantizar, al menos, una embajada latinoamericana abierta en La Habana, mientras Washington apuraba la ruptura total en el continente.
Así funcionaron las relaciones con Cuba en los gobiernos de López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid y, más o menos, el de Carlos Salinas, todos del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Del otro lado siempre estuvo Fidel Castro.
Con pacto y todo, abundaron los altibajos. En la fase más tensa, Cuba expulsó en 1969 al diplomático Humberto Carrillo Colón, al que acusó de espiar para la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, usando para ello su posición en la embajada de México en La Habana.
En la cima, en 1980, Castro recibió a López Portillo en olor de multitudes, con un gigantesco mitin en la Plaza de la Revolución. Ese viaje fue, en el fondo, una compensación que el mexicano quiso ofrecer a su anfitrión por haber excluido a Cuba de un acuerdo con el venezolano Luis Herrera Campins (1979—1984), para suministrar petróleo en condiciones blandas a Centroamérica y el Caribe.
Cambio de época
Los márgenes se estrecharon al derrumbarse la Unión Soviética y los regímenes de Europa oriental. Castro anunció que Cuba seguiría bajo el sistema socialista, sólo que el país ya no tenía financiamiento ni mercados y se hundió en lo que entonces era la peor crisis de su historia moderna.
Para sobrevivir la isla tenía que voltear a occidente, donde resurgieron con vigor los reclamos de apertura del sistema cubano. En 1993 México firmó el TLCAN, con el cual reforzó como nunca su alianza con Estados Unidos.
Pero ni México ni Cuba revisaron las consecuencias bilaterales del nuevo orden mundial. Fidel Castro quiso aferrarse al pacto de la Guerra Fría y los sucesivos presidentes mexicanos acentuaron poco a poco sus diferencias con la isla.
El efecto combinado de ese nuevo escenario desembocó en un enfriamiento paulatino de las relaciones bilaterales. Salinas recibió por primera vez en Los Pinos a líderes del anticastrismo en el exilio, aunque fue un gestor de negociaciones entre Castro y Bill Clinton para resolver la crisis de los balseros, el éxodo de cubanos por mar del verano de 1994. Más tarde pudo vivir en La Habana, tras su pleito con su sucesor, Ernesto Zedillo.
Zedillo endureció los reclamos de apertura política en la isla y Castro reaccionó con virulencia. Los presidentes Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012), ambos del Partido Acción Nacional (PAN), tuvieron choques sucesivos con el líder cubano. Las relaciones pasaron por episodios de extrema tensión y estuvieron al punto de la ruptura.
Una veintena de cubanos irrumpió a bordo de un autobús urbano en la embajada mexicana en febrero de 2002. Testigos dijeron que la versión de que México daría visado para cualquiera corrió con fuerza en la capital, pero Cuba no hizo ninguna alerta o advertencia ni reforzó la seguridad del edificio.
En marzo siguiente Castro abandonó de forma abrupta una cumbre de Naciones Unidas que se celebraba en Monterrey. El Presidente George H.W. Bush pidió a Fox que no lo hiciera coincidir con el cubano, quien expuso detalles del episodio, al difundir una conversación con el habitante de Los Pinos.
Fox cambió la posición sobre Cuba en la entonces Comisión de Derechos Humanos (CDH) de Naciones Unidas, donde La Habana no admitía siquiera una mención. México pasó de la abstención al voto a favor de las resoluciones. En abril del mismo año, en un programa de televisión, el Gobierno de Castro rompió el silencio que había mantenido sobre la realidad mexicana y expuso desde la corrupción hasta la pobreza extrema, asuntos que los medios cubanos habían omitido durante décadas.
Castro retiró las garantías de una deuda comercial del Banco Central de Cuba con el Banco Mexicano de Comercio Exterior.
El pleito llegó a demandas en París, Turín y La Habana y un embargo a favor de México en Italia. Provocó el cierre del mercado cubano a importaciones mexicanas y causó gastos de cientos de miles de dólares de ambas partes durante seis años.
Un arreglo final, que incluyó una quita, llegó en el Gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018).
En 2004 estalló la mayor crisis en más de 100 años de relaciones bilaterales. Fox ordenó el retiro de la embajadora Roberta Lajous, pidió a Cuba la salida del embajador Jorge Bolaños y expulsó a otro diplomático cubano, Orlando Silva.
Así culminó un conflicto jurídico, diplomático y político sobre la permanencia en La Habana del empresario argentino Carlos Ahumada, que al final fue deportado a México, en medio de mutuas acusaciones entre los gobiernos y la sucesión presidencial mexicana como trasfondo.
Durante el gobierno de Calderón hubo frecuentes roces, en gran parte por la crítica mexicana a la situación de los derechos humanos en la isla y el maltrato a opositores cubanos. En 2009 Cuba suspendió durante un mes los vuelos entre los dos países, que La Habana atribuyó a la pandemia del virus AH1N1. Sin embargo, no cerró su enlace aéreo con Canadá, Estados Unidos o España, más afectados que México por la enfermedad. En el Gobierno mexicano quedó la impresión de que fue Fidel Castro, entonces fuera de cargos públicos, no Raúl Castro el Presidente, quien tomó la decisión.
Ya convaleciente, tras la enfermedad intestinal que le estalló en 2006, Fidel Castro todavía tenía municiones. En agosto de 2010 lanzó su más abierta y punzante crítica pública contra el sistema político mexicano. Escribió en un artículo en Granma ("El gigante de las siete leguas") que a México lo gobernaba una "mafia" y que el opositor Andrés Manuel López Obrador fue quien ganó la elección presidencial de 2006, no Calderón.
Dijo creer que el también opositor Cuauhtémoc Cárdenas triunfó en las presidenciales de 1988, no Salinas. A éste lo señaló como promotor de una campaña contra López Obrador en 2004, al difundir videos en los que Ahumada entregaba dinero a conocidos obradorista. Sin reconciliarse con el PAN, Castro rompió en esa forma con el PRI.
Aliviada la tensión con el tiempo y el cambio de Gobierno en México, el 29 de enero de 2014, Peña Nieto visitó a Fidel en su casa. El Mandatario mexicano dijo que fue un encuentro "fraterno" y "reflejo de los históricos lazos de amistad entre cubanos y mexicanos". En el funeral oficial de Castro en La Habana, el 29 de noviembre de 2016, Salinas estaba entre los invitados oficiales.
Cien años de Fidel Castro
Fidel Alejandro Castro Ruz nació el 13 de agosto de 1926 en Birán, un poblado de la hoy provincia cubana de Holguín.
Último de los grandes protagonistas de la Guerra Fría, retuvo el poder durante 47 años contra vientos y mareas desatados por 10 presidentes de Estados Unidos y sin tolerar oposición interna.
El 5 de junio de 1958, aún peleando en la Sierra Maestra, escribió a su íntima Celia Sánchez: "Me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero".
Estados Unidos ha mantenido una ofensiva múltiple contra Cuba hasta la fecha. El conflicto ha marcado la seguridad, la política, la economía, la diplomacia, la propaganda, el espionaje y la vida cotidiana de Cuba en las últimas seis décadas, tanto como la vida de Castro.
Desde la insurrección en las montañas cubanas, Estados Unidos deslizó la idea de que, muerto Fidel, la revolución cubana también lo estaba, e invirtió recursos para liquidarlo.
Pero Castro avivó la imagen simbólica de un David contra Goliat, que devino su principal activo.
Como gobernante, Fidel Castro apareció en público por última vez el 26 de julio de 2006. Al día siguiente tuvo una operación intestinal de urgencia y el 31 de julio delegó sus cargos a su hermano menor, Raúl. Él mismo declaró a su salud un secreto de Estado y murió el 25 de noviembre de 2016, tras una década de convalecencia.
De la Guerra Fría al fin del socialismo
La trayectoria política de Castro se inició a mediados del siglo pasado, cuando gobernaban Harry S. Truman, Winston Churchill y José Stalin y se prolongó casi dos décadas después de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del socialismo real.
Impulsó una política exterior hiperactiva, ubicó a su país en la confrontación estratégica de la época, incluso en el campo militar, y así elevó exponencialmente su capacidad disuasiva. Su relevancia en la política internacional estuvo muy por encima de la que podía suponerse en el gobernante de una pequeña isla.
En el siglo XX se convirtió en referencia para gran parte de la izquierda.
Marcó un hito en América Latina, donde no hubo, fuera de México, una revolución con los alcances sociales de la cubana.
Animó guerrillas en la región, pero las desalentó cuando cambiaron los vientos mundiales.
Adoptó el marxismo en la Universidad de La Habana, pero al triunfo de la revolución "por una cuestión táctica no lo decíamos", explicó en 2010 a un grupo de académicos. Primero rechazó ser llamado "comunista" y se presentó como un nacionalista democrático. Al fracasar la invasión patrocinada por Estados Unidos en abril de 1961, declaró el socialismo en Cuba.
Brian Latell, un analista con décadas en el aparato de inteligencia de Estados Unidos, concluye que Fidel logró disfrazar su pensamiento y engañar a Washington.
Castro fue criticado por su prolongada permanencia en el poder, su hostilidad contra los negocios privados, la represión de las libertades individuales y de asociación, la asfixia de la disidencia; la homofobia y el dogmatismo filosoviético de una época, la censura cultural, el control de la prensa y los giros abruptos de su política económica.
Su alianza con la Unión Soviética fue de alto contraste: facilitó más de una década de bonanza en Cuba, pero precipitó la crisis de los noventa. Poco antes de la caída del Muro de Berlín, Castro advirtió el derrumbe del socialismo, pero tardó cuatro años para iniciar una moderada reforma económica, que frenó en la primera oportunidad.
Decidió que Cuba debía "resistir", lo cual se tradujo en la práctica como la sobrevivencia del régimen de partido único sin cambios de fondo en la economía. Sin un aliado estratégio, el país quedó debilitado ante la incesante hostilidad estadounidense.
Cuando Barack Obama reanudó relaciones diplomáticas con Cuba en 2014, Fidel mostró desconfianza y propició la clausura de una oportunidad de entendimiento. Hoy se sabe que en aquel momento ya la dirigencia valoraba una apertura económica de gran alcance. El centenario del natalicio de Castro se cumple cuando Donald Trump aprieta el cerco económico al máximo y la isla prepara la mayor privatización y apertura al mercado en más de medio siglo.