Chihuahua. Chih.- En el sur de la ciudad de Chihuahua, donde el viento levanta cortinas de polvo y el sol no perdona desde temprano, extienden uno de los mercados más grandes y vibrantes de la capital: el tianguis de la colonia Cerro Grande.
Similar en magnitud a los conocidos tianguis de la calle Equus o la avenida Dostoyevski, este espacio es el escenario donde cientos de historias de supervivencia se entrelazan cada domingo. Una de ellas es la de Raúl Flores López, un hombre que ha convertido su puesto de "chácharas" en un símbolo de esfuerzo y generosidad.
Mientras la mayoría de la ciudad aún duerme, Raúl ya está en pie. A las 5:30 de la mañana, cuando el frío del desierto aún puede sentirse en los huesos, llega a su lugar asignado para comenzar el ritual del "tendido".
A las 6:00 am, su mercancía ya está lista para los primeros clientes.
Aunque Raúl cuenta con un trabajo fijo, la realidad económica actual lo obliga a buscar un sustento extra porque, como él mismo dice, "está carajo ahorita".
En su minúsculo espacio comercial, Raúl despliega una variedad de artículos que cuentan historias de vidas pasadas: electrodomésticos, dulces, artículos usados y diversas "chácharas" que busca vender para completar el gasto de su hogar.
Pero Raúl no está solo en esta lucha, su motor principal es su padre, con quien vive y por quien se esmera cada fin de semana.
Lo que distingue a Raúl entre el mar de vendedores no es sólo lo que vende, sino cómo lo hace. Con una filosofía de vida forjada en la empatía, comenta que cuando ve a personas con verdadera necesidad, les regala las cosas, devolviendo un poco de la ayuda que él mismo ha recibido en otros momentos.
Además, siempre tiene un detalle para los más pequeños: compra bolsitas de paletitas para repartir a los niños que recorren el tianguis junto a sus padres.
A pesar de las inclemencias del clima y el agotamiento físico, el espíritu de Raúl no decae. Entre el ruido del comercio, él enciende su "musiquita" y, sin pena alguna, se pone a "echar sus pasecitos de baile" para amenizar la espera y hacer más ligera la jornada.
Es su forma de pasarla "bien a gusto", con el sol del mediodía a plomo sobre el Cerro Grande.
Hasta que se va el último cliente
la jornada de Raúl no termina cuando el cansancio arrecia, sino cuando la gente se retira.
Aunque suele irse alrededor de las 1:30 o 2:00 de la tarde, prefiere esperar hasta el último momento, con la esperanza de que esa última venta ayude a solventar las necesidades básicas de su casa.
Tras tres años de dedicarse a esta actividad, Raúl Flores López representa el rostro humano de la economía informal en Chihuahua: un hombre que, entre el polvo y el sol, no sólo vende objetos, sino que regala sonrisas, bailes y una lección de inquebrantable voluntad. (De la