Chihuahua.- La reciente vinculación a proceso de un hombre acusado del homicidio de una agente del Ministerio Público en Chihuahua volvió a poner sobre la mesa el debate sobre el papel que puede desempeñar el consumo de drogas en hechos de violencia extrema. De acuerdo con la información presentada por las autoridades durante la audiencia inicial, el imputado presuntamente se encontraba bajo los efectos de sustancias al momento de los hechos; sin embargo, psicólogos advierten que reducir un crimen de esta magnitud únicamente al consumo de drogas sería una explicación incompleta.
El Centro Psicológico Psile explica que la mayoría de las personas que consumen sustancias ilícitas no cometen homicidios ni actos de violencia extrema. En este tipo de casos suele existir una combinación de factores que incluyen el tipo de droga, la cantidad consumida, el tiempo de uso, la vulnerabilidad biológica de cada individuo, posibles trastornos mentales preexistentes y el contexto social y familiar en el que vive la persona.
Entre las sustancias con mayor capacidad para alterar el funcionamiento cerebral se encuentra la metanfetamina, considerada uno de los estimulantes más potentes. Su efecto consiste en provocar una liberación masiva de neurotransmisores como la dopamina, relacionada con el placer y la recompensa; la noradrenalina, vinculada con el estado de alerta; y la serotonina, encargada de regular las emociones.
El problema, señala Psile, es que la droga no solamente incrementa estas sustancias, sino que también impide que el cerebro las recicle de manera normal. En consecuencia, el organismo permanece en un estado de sobreestimulación constante, como si el acelerador de un vehículo permaneciera completamente presionado sin posibilidad de utilizar el freno.
Durante las primeras etapas del consumo pueden aparecer sensaciones de energía, hiperactividad, disminución del sueño y una aparente mayor confianza personal. Sin embargo, conforme aumenta la frecuencia o la dosis comienzan cambios mucho más peligrosos que afectan el juicio, el control de impulsos y la capacidad para evaluar las consecuencias de las propias acciones.
Desde la perspectiva psicológica, el sistema de recompensa también juega un papel determinante. El cerebro aprende rápidamente que la droga elimina sensaciones desagradables como ansiedad, tristeza o malestar emocional, por lo que cada vez exige mayores cantidades para obtener el mismo efecto. Al mismo tiempo disminuye la producción natural de dopamina, haciendo que la persona dependa del consumo incluso para sentirse "normal".
Esta alteración también explica la irritabilidad que aparece cuando la sustancia deja de hacer efecto. El cambio entre estados de euforia y episodios de agresividad puede ocurrir con rapidez en algunos consumidores, aunque ello no significa que todos desarrollen conductas violentas.
Psile explica que otra de las áreas afectadas es la corteza prefrontal, encargada del razonamiento y del control de impulsos. Conforme el consumo se vuelve crónico, disminuye la capacidad para tomar decisiones adecuadas, analizar riesgos o frenar respuestas impulsivas. Al mismo tiempo, la amígdala cerebral, responsable de detectar amenazas, puede volverse excesivamente reactiva.
Como consecuencia, algunas personas comienzan a interpretar situaciones cotidianas como peligros reales. Una mirada, una conversación o incluso la intención de un familiar por ayudar pueden percibirse como amenazas. No se trata de que la persona finja esos pensamientos, sino de una alteración real en la forma en que el cerebro procesa la información.
En algunos casos también puede desarrollarse una psicosis inducida por metanfetamina, caracterizada por delirios persecutorios, paranoia intensa, alucinaciones auditivas y una pérdida importante del contacto con la realidad. Los especialistas señalan que este cuadro comparte características neurológicas con trastornos como la esquizofrenia y puede agravarse si el consumidor ya tenía una predisposición genética o una enfermedad mental previa.
Asimismo, la droga puede adelantar la aparición de padecimientos psiquiátricos, prolongar episodios psicóticos y favorecer recaídas incluso después de suspender el consumo.
Los especialistas subrayan que la violencia extrema nunca debe atribuirse automáticamente a una sola causa. En hechos como un homicidio suelen converger intoxicación por sustancias, alteraciones del juicio, trastornos mentales, antecedentes personales, experiencias traumáticas y factores ambientales.
También destacan que existen grupos especialmente vulnerables, como personas en situación de calle, quienes además de enfrentar posibles adicciones viven bajo estrés permanente, violencia, hambre, inseguridad y falta de descanso. Ese estado continuo de supervivencia mantiene al cerebro en alerta constante y, combinado con drogas estimulantes, incrementa la impulsividad y la posibilidad de respuestas agresivas.
Otro factor poco valorado es la privación del sueño. Diversas investigaciones han demostrado que la falta prolongada de descanso puede provocar irritabilidad, paranoia, confusión e incluso alucinaciones, efectos que se potencian cuando existe consumo de metanfetamina.
El Centro Psicológico Psile insiste en que estigmatizar a todas las personas consumidoras sería un error. La gran mayoría nunca comete delitos violentos. Sin embargo, cuando el consumo se combina con trastornos mentales, vulnerabilidad biológica, ambientes de violencia y otros factores de riesgo, pueden presentarse alteraciones severas del comportamiento que requieren atención médica, psicológica y de salud pública, además de la actuación de las autoridades cuando se cometen delitos.
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Domingo 05 Jul 2026, 06:00
Drogas pueden potenciar conductas violentas bajo múltiples factores
No todos los consumidores llegan a cometer un asesinato
Mauricio Luján | El Diario