Uno pensaría que el gobierno de Donald Trump está muy ocupado con Irán, pero parece estar tan enfocado en Cuba como siempre. El lunes, en una conferencia de prensa, el presidente Trump afirmó: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba”.

Mi colega Frances Robles dio la noticia de que el gobierno estaba en conversaciones con funcionarios cubanos para apartar del poder al presidente Miguel Díaz-Canel (lee aquí su artículo en español), pero dejando en pie el régimen represivo del país. Parece que Trump está contemplando una versión cubana de lo que hizo en Venezuela e Irán —destituir al líder—, pero esta vez sin recurrir a la fuerza militar.

Lo sorprendente es lo poco que otros países latinoamericanos, incluso los de izquierda, han salido en defensa de Cuba. Este boletín explica por qué.

Cuba, ¿abandonada?

POR Simon Romero

Durante décadas, personas de izquierda de toda Latinoamérica han visto a Cuba como un referente ideológico.

Fidel Castro y sus guerrilleros melenudos inspiraron a gente de toda la región al reducir drásticamente el analfabetismo, ampliar la atención de salud pública y aumentar la esperanza de vida. Incluso entre los opositores de Castro, Cuba solía ganarse un respeto a regañadientes por ser un bastión inquebrantable de la resistencia a generaciones de presidentes estadounidenses.

Pero ahora Cuba se está quedando sin petróleo (aquí puedes leer en español sobre su crisis energética) y su economía se acerca al colapso. Una nueva oleada de líderes de derecha en Latinoamérica no la ve como un lugar de nostalgia revolucionaria, sino de disfunción autoritaria. Y los políticos de izquierda que están al timón de los tres países más poblados de la región —Brasil, México y Colombia— han dejado que Cuba se hunda en lugar de proporcionarle envíos de combustible de emergencia y arriesgarse a provocar la ira de Trump.

Su postura es un cambio radical. Y en conjunto, la reorientación de Latinoamérica respecto a Cuba refleja una transformación aún más drástica en la política de la región.

La antigua cuna de la revolución

En los últimos tres meses, Cuba se ha sumido en el aislamiento.

Venezuela, que alguna vez fue el principal proveedor de petróleo de Cuba, dejó de enviar combustible luego de que Estados Unidos capturara al presidente Nicolás Maduro y tomara el control.

En febrero, Nicaragua interrumpió los ingresos sin visado para los cubanos (lee el artículo completo en español sobre la medida aquí). Este mes, Ecuador expulsó a todos los diplomáticos cubanos. Varios países, entre ellos Guatemala, Honduras y Jamaica, han puesto fin a los acuerdos que pagaban a Cuba por exportar a sus médicos, una fuente crucial de divisas para el gobierno del país caribeño.

Todo ello contrasta marcadamente con lo que ocurría hace década y media, cuando Cuba era el centro de un acercamiento regional impulsado por la nostalgia y los esfuerzos por consolidar la autonomía frente a Washington durante las guerras de Irak y Afganistán.

Quizá los dos países que mejor ejemplifican este cambio son México y Brasil.

México fue la cuna de la Revolución cubana, la base desde la que un Fidel Castro exiliado lanzó su lucha armada. Después de la Revolución cubana de 1959, México fue el único país de Latinoamérica que se negó a ceder a la presión estadounidense para romper los lazos diplomáticos y comerciales.

México ha sido durante mucho tiempo el defensor de Cuba en los foros internacionales. Bajo los gobiernos izquierdistas de la presidenta Claudia Sheinbaum y de su predecesor, Andrés Manuel López Obrador, se convirtió en un salvavidas económico fundamental al suministrar petróleo subsidiado a Cuba.

Pero México depende de manera excepcional del comercio con Estados Unidos y, a finales de enero, después de que el gobierno de Trump amenazara con imponer aranceles paralizantes a los países que suministran combustible a Cuba (aquí puedes leer en español sobre los amagos), Sheinbaum detuvo todas las exportaciones de petróleo al país. Actualmente, México envía alimentos y medicinas en su lugar.

Un público escéptico respecto a Cuba

En Brasil, el país más poblado de Latinoamérica, el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva tiene una tradición de apoyo a Cuba. Brasil es también el mayor productor de petróleo de Latinoamérica. Sin embargo, al igual que México, también se está limitando a dar ayuda humanitaria, compuesta en gran parte por alimentos básicos.

Como todos los países de la región, Brasil se enfrenta a posibles represalias de Washington. Pero el escepticismo interno sobre la ayuda a Cuba también ha ido en aumento.

Los esfuerzos anteriores para impulsar la economía cubana han dejado a Brasil con una deuda impagada. Cuando el político de derecha Jair Bolsonaro fue presidente de Brasil de 2019 a 2023, utilizó el apoyo de sus adversarios a Cuba como consigna para movilizar a sus propios simpatizantes.

Las medidas represivas de Cuba contra la disidencia —como la ampliación de las medidas de censura y los grupos civiles que espían y delatan a sus vecinos— también han perjudicado la reputación del país, incluso entre la izquierda brasileña.

El deterioro económico de Cuba también está afectando a Brasil y a otros países de la región. Desde 2020, unos 2,75 millones de personas han huido de Cuba, en el mayor declive demográfico de la historia moderna del país (lee en español sobre la caída libre de la nación aquí). Y unas políticas migratorias estadounidenses más estrictas han hecho que países como Brasil y México se hayan convertido en destinos principales.

En 2025, los cubanos se convirtieron en la principal nacionalidad solicitante de asilo en Brasil, superando por primera vez a los venezolanos. Un historiador me dijo que la llegada de tantos migrantes cubanos nuevos a Brasil y a otros países de la región se considera un ejemplo vívido de los fracasos del régimen cubano.

Una derecha en ascenso

En 2009 el político de izquierda Mauricio Funes asumió la presidencia de El Salvador y convirtió a su país en el último de la región en reconocer a Cuba. La nación insular parecía haber cerrado el círculo desde su aislamiento en la década de 1960.

Ahora el presidente de El Salvador es Nayib Bukele. Él es un aliado de Trump y una estrella de la derecha latinoamericana, un grupo al que en gran medida se percibe como en ascenso en la región.

Este mes, Bukele se unió a sus homólogos de derecha de países como Argentina, Honduras, Costa Rica, Ecuador y Paraguay en una cumbre en Florida organizada por el gobierno de Trump.

Bukele y otros aplaudieron con entusiasmo cuando Trump dijo en la reunión que el gobierno comunista de Cuba había sido puesto de rodillas, y que “Cuba está en sus últimos momentos de vida tal como solía ser”.