La primera vez que me di cuenta fue en Los Ángeles hace unos años, mientras veía la película finlandesa que fue nominada al Oscar, Hojas de otoño. Creo que yo era el único finlandés entre el público. Los estadounidenses que me rodeaban miraban la película casi completamente en silencio, indiferentes —o ajenos— al humor finlandés. Entonces, una escena en la que los protagonistas visitan un cine. La cámara se desplaza hacia la pantalla. Es una película dentro de otra película: Los muertos no mueren, de Jim Jarmusch, protagonizada por Bill Murray y Adam Driver. Por un breve momento, los estadounidenses toman el control para acribillar zombis con escopetas y machetes. La cámara da la vuelta y vuelve a enfocar a los finlandeses, con el rostro serio. Es un contraste cultural cómico. Además, para los espectadores estadounidenses, es un momento de familiaridad: un humor, un ritmo y un idioma reconocibles. Al ver a estos estadounidenses en acción, el público de Los Ángeles estalló en carcajadas.
Los momentos con elementos típicos de la cultura estadounidense en las películas en lengua extranjera son recursos cinematográficos habituales. Pueden hacer que lo extranjero se sienta temporalmente local y viceversa al acentuar los contornos nativos de una película y, al mismo tiempo, ayudan a atraer a un público estadounidense, y a un público hecho a la imagen estadounidense, más amplio. El truco se ha sentido omnipresente y más sutil en los años recientes. Ahí está la excéntrica versión de “P.I.M.P.” de 50 Cent que es fundamental para la película francesa ganadora del Oscar Anatomía de una caída, o el clásico estadounidense Tiburón, que influye en la nominada a mejor película de este año, la brasileña El agente secreto. Los Oscar parecen responder mejor a las películas internacionales que contienen pizcas de Estados Unidos.
Los Premios de la Academia se han hecho notablemente más internacionales en los últimos años. Lo que cristalizó con la victoria de Bong Joon Ho por la comedia negra de 2019 Parásito —la primera película en lengua no inglesa en conseguir el premio a la mejor película— se ha acelerado desde entonces, y filmes en lengua extranjera han batido récords en los Oscar y al menos una producción en lengua extranjera ha estado entre las nominadas a la mejor película cada año. (Antes de Parásito, solo ocho películas extranjeras en lengua no inglesa habían sido nominadas a la mejor película en toda la historia de los Oscar). Mucha gente atribuye el cambio al hecho de que el 22 por ciento de los votantes de los premios viven ahora fuera de Estados Unidos. Sin embargo, esa explicación presupone una extraña mafia mundial organizada de los Oscar que vota exclusivamente por películas en lengua extranjera. En lugar de ello, el cine estadounidense parece estar volviéndose cada vez más internacional —con equipos que persiguen rebajas fiscales en el extranjero y migrantes de primera generación que acumulan nominaciones a los Oscar—, mientras que el cine internacional (o al menos la versión que llega a Estados Unidos) también se hace más estadounidense.
Las referencias a la cultura estadounidense no son la única tendencia. Los personajes estadounidenses de las películas extranjeras candidatas al Oscar también ofrecen pistas sobre el cambiante papel de Estados Unidos en el cine. Producciones estadounidenses como Vidas pasadas y Minari narran la historia de protagonistas que han emigrado a Estados Unidos, mientras que obras como la noruega Valor sentimental sitúan a personajes estadounidenses en escenarios extranjeros. Lo que surge es un nuevo arquetipo: “los estadounidenses complicados”.
Es algo así: los estadounidenses son un reparto secundario y, como tal, son catalizadores del cambio. Traen conflictos. Se entrometen: son propietarios de fábricas que hacen despidos (No hay otra opción), el nuevo marido extranjero (Vidas pasadas) o miembros de la entrometida congregación local (Minari). Perturban la vida cotidiana y las ideas del hogar. En Valor sentimental, de Joachim Trier, una actriz estadounidense estudia la casa de la infancia de los personajes nórdicos mientras se prepara para aparecer —en lugar de la hija noruega— en la película autobiográfica del padre. Así pues, estos estadounidenses complicados invierten ideas que a menudo se consideran prejuicios estadounidenses: son los extranjeros que se apropian de algo, sustituyen a otra persona o perturban la tradición.
Muchos de estos personajes se apartan de las representaciones tradicionales, tanto en el cine estadounidense como en el internacional, de los estadounidenses en escenarios extranjeros como salvadores, rescatadores o liberadores o, en el extremo opuesto, como simples “villanos” coloniales. Se les retrata como torpes y despistados, bruscos y directos, a menudo oportunistas y falsos, pero, por contraste, también son un reflejo para los demás de lo que es real y auténtico, sabio y verdadero, sobre la vida, el trabajo o la familia. Como contrapuntos, los estadounidenses acercan a los protagonistas a su hogar y a sus raíces culturales. Algunos se adelantan a las críticas, como el esposo estadounidense de Vidas pasadas: “Amores de la infancia que se reencuentran 20 años después solo para darse cuenta de que estaban hechos el uno para el otro”, se ríe. “En la historia yo sería el malvado esposo estadounidense blanco que se interpone en el camino del destino”. “Cállate”, dice su esposa entre risas. Tiene gracia, precisamente porque la película nunca aclara si es verdad.
La presencia de estadounidenses como estos da lugar a un género distinto de películas en lengua extranjera, que no es ni adulador ni excesivamente crítico con el país del que procede la mayoría de los votantes del Oscar. Mientras que la película anterior de Trier en noruego, sin personajes estadounidenses, obtuvo dos nominaciones a los Oscar, Valor sentimental ha conseguido nueve, superando la categoría de largometraje internacional para alcanzar la de mejor película. La protagonista estadounidense, Elle Fanning, compite por el premio a la mejor actriz secundaria; tres actores nórdicos también están nominados.
Las películas internacionales siempre han sido propuestas desafiantes para cualquier público ajeno. Piden a los espectadores que reconsideren lo familiar: no solo el lenguaje, sino cualidades como el ritmo cinematográfico, el humor, incluso cómo se relacionan los personajes entre sí. La mayoría de las veces, esto ha resultado una carga en la carrera de los Oscar. La mitad de la batalla ha consistido en conseguir que los votantes vean una película. Para ganar, al público y a los críticos generalmente también les tiene que gustar la película. En el libro Creadores de hits, el periodista Derek Thompson sostiene que los creadores exitosos suelen combinar algo ya reconocible con algo nuevo que traspasa los límites. En su reseña de Valor sentimental, el crítico de cine Justin Chang dijo que Fanning era “la que más le gustaba” y señaló que “su personaje tiene una franqueza vigorizante y muy estadounidense que atraviesa toda la irónica reserva nórdica”. (Como nórdico que creció envuelto en la cultura estadounidense, sentí lo contrario: me gustó la reserva familiar y la experimenté con mayor nitidez).
La película concluye, sin embargo, con el cineasta rodando su película en noruego, no en inglés. Hay un mensaje de independencia cultural que invita a los espectadores internacionales —y también a los estadounidenses— a encontrar una solución al apartarse de la influencia estadounidense. Los estadounidenses complicados subrayan el poder mundial de algunas formas familiares: famosos que se elevan sobre la gente en anuncios aerografiados (Valor sentimental), figuras trajeadas que desaparecen en todoterrenos (No hay otra opción). Los estadounidenses personifican grandes sistemas opacos, como el capitalismo o la inteligencia artificial. Las referencias a plataformas de emisión en continuo que están acabando con la industria (Valor sentimental) o el motivo de la película estadounidense dentro de una película extranjera (Hojas de otoño, El agente secreto) van más allá del homenaje. Estas películas extranjeras parecen mirar directamente al espectador estadounidense, y le dicen: “Te miramos, pero también te vemos”.
¿Significan las nominaciones a los Oscar del cine internacional y la mayor disposición a cuestionar a los personajes estadounidenses desde muchos ángulos el declive de la hegemonía del cine estadounidense? Lo más probable es que no a corto plazo. La mayoría de los principales productores, distribuidores, plataformas, estudios y gigantes tecnológicos siguen residiendo desproporcionadamente en Estados Unidos. Incluso cuando los focos de la pantalla empiezan a migrar a otras culturas, los estadounidenses siguen determinando en gran medida qué películas internacionales ganan terreno.
Y es muy probable que acoger el talento global de los márgenes enriquezca la cultura cinematográfica estadounidense. Los cineastas y actores internacionales introducen más experimentación creativa en Hollywood e incluso podrían fortalecer la influencia mundial de Estados Unidos al crear nuevas vías para que sus estrellas y estilos se extiendan. Ganadores estadounidenses de los Oscar se están volviendo hacia el exterior: Brendan Fraser aprendió algo de japonés para Familia en renta, mientras que Jodie Foster utiliza su fluido francés en Vida privada. Por supuesto, los estadounidenses siguen permitiéndose el lujo de elegir el cine internacional cuando les conviene, mientras que los cineastas internacionales siguen teniendo que desenredarse y entenderse a sí mismos en relación con Estados Unidos. Películas como Valor sentimental y Vidas pasadas se sienten viscerales y reales porque hacen de esa lucha una fuerza motriz.
Estas películas preguntan: ¿Qué papel desempeña ahora Estados Unidos en nuestras vidas? ¿Lo dejamos entrar o nos resistimos a él? ¿Cómo nos relacionamos con él? ¿Podemos criticarlo? ¿Y en qué momento se vuelve demasiado poderoso, artificial o peligroso para nuestra autonomía e identidad? Son preguntas que el mundo, y Estados Unidos, también se hacen. Ser francos podría perjudicar las posibilidades de ganar el Oscar, así que los cineastas desvían y representan. En Anatomía de una caída, una ruidosa versión de una canción de rap estadounidense enmascara un posible asesinato. Y en El agente secreto, el cine donde se proyecta Tiburón acaba convirtiéndose en un banco de sangre. Interprétenlo como quieran.