Ciudad de México.- En Recife, Brasil, en 1977, hay muchos tiburones hambrientos. En las salas de cine, el monstruo de Steven Spielberg, Tiburón, "muerde" e hipnotiza a los espectadores. Y en las playas, escualos comen humanos.
Los más voraces, sin embargo, no tienen aletas. Caminan por las calles a pleno día, protegidos por la dictadura militar (1964-1985). Son matones a sueldo que buscan la cabeza de un tal Marcelo (Wagner Moura), durante el carnaval de la ciudad.
En El Agente Secreto, nominada a cuatro premios Óscar (incluidos Mejor Película y Mejor Actor), el personaje es un investigador universitario, perseguido por no ceder ante un empresario corrupto. No es un héroe clásico y ni siquiera carga pistola.
Para el histrión, no es poca cosa. En el filme, que llega este jueves a salas mexicanas y después aterrizará en la plataforma MUBI, encarna a un individuo fiel a sus valores. Debido a ello, su vida estará en riesgo, deberá asumir otra identidad y confiar en que podrá huir del país.
"Las mayores víctimas de la dictadura son personas como mi personaje. Yo admiro a todos los que lucharon contra la dictadura, a quienes entregaron sus vidas al luchar contra el régimen opresor", explica en entrevista el ganador del Globo de Oro.
"Generalmente son personas comunes y corrientes. Personas atacadas por el color de su piel, por su orientación sexual, por su religión, por no estar de acuerdo con los supuestos valores establecidos", agrega.
Sensación en la temporada de premios, la película de Kleber Mendonça Filho transmite el miedo que fue vivir en esa época, bajo amenaza de muerte. Hay terror y resistencia, folclor y hasta realismo mágico, bajo el sol pernambucano.
Moura, quien con este proyecto volvió al cine en portugués tras 12 años, ha sido alabado por la humanidad, profundidad y el temple de su interpretación. Acota sus emociones y transmite mucho con sus ojos, su rostro.
"Es un personaje que viene con una enorme carga de injusticia encima, pero no puede reaccionar a eso de forma explosiva. Quizás tiene una naturaleza estoica, pero también es cierto que no debe llamar la atención.
"Tiene un hijo al que cuidar. Está siendo perseguido y debe mantener un perfil bajo. Eso exige que todo ese peso de injusticia sea internamente dentro de él. Fue muy interesante como actor".
La película reflexiona sobre la importancia de la memoria histórica. Mendonça y Moura, periodistas de formación, exponen cómo los represores temen la documentación y suelen desviar la atención de sus crímenes.
En Brasil fue aclamada, pero también polarizó a los nostálgicos de la dictadura. Al actor, la cinta le parece relevante en tiempos de negacionismo histórico y la llamada "posverdad", esa manipulación de la realidad cada vez más común.
"Es natural que los gobiernos autoritarios ataquen a los periodistas, a las universidades, a los artistas, porque son las instituciones que lidian, de una u otra forma, con la verdad.
"Yo, como actor, trabajo con la verdad, una verdad diferente. Los periodistas lo hacen. Las universidades trabajan con la verdad, el conocimiento, la memoria".
Feliz por Brasil
Si bien le preocupan los regresos de las ultraderechas en el mundo, Moura está feliz con Brasil. El izquierdista Luis Inácio "Lula" da Silva, afirma, ha revitalizado la cultura, defenestrada en el Gobierno de Jair Bolsonaro.
"No es gratuito que películas brasileñas sean reconocidas en el mundo: Aún Estoy Aquí el año pasado, ahora El Agente Secreto.
"Brasil siempre tuvo una cinematografía súper fuerte, pero dependemos del apoyo del gobierno estatal, de muchos incentivos fiscales. Su visibilidad oscila con los tipos de gobiernos que tenemos".
Cinta a la medida
Mendonça Filho lo tenía claro. Con El Agente Secreto pretendía que Wagner Moura brindara la mejor actuación de su vida.
"Quería que este fuese su mejor papel. No era fácil, porque tiene grandes papeles en el cine y en la televisión. Pero Wagner tenía algunas áreas dramáticas que, pienso, todavía no habían sido exploradas. Escribí el guion para él", sostiene.
El realizador construyó el filme pensando en el cine político de los 70, del griego Costa Gavras o el estadounidense Oliver Stone. Pero su meta era algo "extremadamente brasileño" y con un nombre "corto y sexy".
"Una película que tuviera intriga, misterio, nombres falsos y violencia, pero también amor y aflicción. Me gusta la impureza. No me gusta el cine puro".