En Adolescencia, sexo y muerte en Camp Miasma, Kris (Hannah Einbinder) es una cineasta de 29 años contratada para revivir una vieja franquicia de terror slasher. Confía en su trabajo, al que aporta una visión independiente y un sistema de valores progresista. Pero cuando se trata de cuestiones carnales, el panorama no parece tan claro.
“¿Qué me pasa?”, murmura Kris, avergonzada, después de frenar en seco durante un coqueteo con Billy (Gillian Anderson), la actriz a la que Kris espera elegir como protagonista. “El sexo parece tan natural y fácil para tanta gente”.
Billy yace en el suelo a su lado. “Todo es solo un juego”, le asegura a Kris mientras acaricia su piel desnuda. “Te prometo que no te juzgaré”.
Adolescencia, sexo y muerte en Camp Miasma, de Jane Schoenbrun, es una de varias películas de este verano que presentan sexo que involucra a una pareja específica: una mentora erótica y su aprendiz vacilante. En cada caso, la guía es una mujer de mediana edad que espera conducir al novato hacia una vida sexual más libre.
Esta figura parece hecha a la medida para nuestro momento cinematográfico. En años recientes, a los cinéfilos, críticos y creadores se les ha dicho una y otra vez que el público más joven prefiere contenidos castos. Independientemente de los méritos de esas afirmaciones, estas películas recientes pueden entenderse como esfuerzos cautelosos —y a veces irónicos— por reintroducir el sexo en los cines, con la comodidad de un chaperón integrado.
I Want Your Sex, de Gregg Araki interpreta la dinámica como una farsa. Nuestra seductora es Erika (Olivia Wilde), una renombrada artista pop y provocadora. Con una predilección por los atuendos de látex y los tacones de aguja, Erika graba sus orgasmos para instalaciones de audio y es conocida por hacer esculturas de genitales. Pero su instinto transgresor a menudo está teñido de ironía. Cuando un coleccionista pregunta qué significa una de sus piezas, ella se encoge de hombros: “Significa dinero en mi cuenta bancaria”.
Como una cazadora que persigue a su presa, Erika fija su atención en Elliot (Cooper Hoffman), un desaliñado asistente de galería que describe el sexo como “un campo minado”. Aun así, él responde a las descaradas insinuaciones de Erika como lo haría cualquier recién graduado apático y falto de sexo: con un desconcierto que pronto da paso a una lealtad ciega. Ser el sumiso de su dominatriz, le dice más tarde a un interrogador, fue como hacer realidad sus fantasías más salvajes. ¿Y cuando le propinaba nalgadas y le daba órdenes? ¿Cómo se sintió entonces? “Agradecido”, responde tímidamente.
Wilde salta al otro lado del paradigma en La invitación, una comedia que también dirigió. En ella, interpreta a Angela, una tensa ama de casa cuya vida sexual con su malhumorado esposo (Seth Rogen) se ha estancado. Entra en escena Piña (Penélope Cruz), una sexóloga que vive en el piso de arriba con su pareja, un hombre muy atento y cariñoso (Edward Norton). Entre vino y marihuana, el par libertino revela que han estado organizando orgías. Lo que comienza como una cena para conocerse evoluciona hacia un seminario improvisado sobre sexualidad, y luego en una invitación al intercambio de parejas.
Wilde y los guionistas, Rashida Jones y Will McCormack, se basaron en la experta en relaciones Esther Perel para crear a Piña, y las ideas del personaje sobre la intimidad a menudo suenan como un pódcast de consejos. “El sexo no es algo que haces, es un lugar al que vas”, filosofa Piña ante el grupo, antes de insistir en que algunos actos sexuales tienen menos que ver con la penetración que con la “entrega”.
Su faceta sensualista encuentra eco en Billy, quien en Adolescencia, sexo y muerte en Camp Miasma de igual manera insta a Kris a abordar el sexo desde una perspectiva psicológica. Mientras la recuesta en la cama, Billy guía a Kris para que se imagine en la ficción, específicamente a través de los ojos del asesino en serie con el nombre figurativo de Little Death (la pequeña muerte), de la franquicia de terror Camp Miasma que Kris está reinterpretando.
Al inclinarse sobre Kris, Billy le aconseja. “Haz exactamente lo que te enseñé”, le indica, “no me voy a mover de aquí”. Oscilando entre el éxtasis y la ansiedad, Kris jadea y gime mientras imagina a Little Death acercándose. Alcanza el orgasmo cuando el asesino clava su lanza en su torso. En efecto, Kris ha seguido los consejos de Piña: si el sexo es un lugar al que ella va, es Camp Miasma; y aunque la asusta, el clímax requiere entregarse.
Como autoridades sexuales, Billy y Piña son a la vez sensuales y seguras, y sirven como mentoras y figuras aspiracionales. También son las guías ideales para el público que podría mostrarse receloso del sexo en la pantalla grande. Bajo el ala de estas gurús, los espectadores pueden acceder al deseo a través de los personajes inexpertos, esencialmente aprendiendo junto a ellos. Erika, en comparación, es más salvaje y oportunista. No apoya tanto a Elliot, sino que lo impacta hasta someterlo. Aun así, Araki ha calificado a I Want Your Sex como una misiva para la generación Z, una intervención destinada a sacudirlos de su miedo innecesario a lo incómodo.
Las otras dos películas nos llevan por caminos separados. Fiel a su influencia de Perel, La invitación aterriza en una nota psicológica cuando Piña ayuda a Angela a ver cómo sus hábitos se han calcificado con el tiempo y la guía hacia una comprensión más iluminada de su matrimonio. La película de Schoenbrun toma un rumbo más erótico. Tras ser atravesada por Little Death, Kris yace en un charco de sangre, en un estado de dicha poscoital. Más tarde, pavoneándose libremente en ropa interior, le advierte a Billy que Little Death sigue allá afuera. “¿Puedes sentirlo?”, le pregunta a Billy. “Regresará pronto”. El sexo en el cine, también.