Han transcurrido 14 años desde que la primera película de Los Vengadores llegó a los cines, y los superhéroes se han vuelto aburridos. Su fuerza sobrenatural, su predecible cualidad de ser casi indestructibles, sus vehículos o poderes mágicos que los transportan a toda velocidad dentro y fuera de un sinfín de multiversos. ¿Algo de eso puede compararse con lo que está sucediendo en el mundo real? Y cuando lo que está en juego resulta tan ridículo, ¿logra conectar realmente con el espectador?
No necesitamos a un señor-todo-estadounidense-de-Krypton ni a un multimillonario fanfarrón con actitud de murciélago. No con el gobierno federal actualmente en guerra consigo mismo, con su población, con su Constitución, con toda decencia común y con Irán. Incluso Lex Luthor podría escandalizarse ante la descarada corrupción de nuestros oligarcas. No, este no es un trabajo para Superman. Tampoco lo es para varios grupos de superhéroes: los Vengadores, los X-Men, los Nuevos Vengadores y otros. Claro, saben cómo expulsar a invasores alienígenas, pero al hacerlo también suelen destruir ciudades enteras, y le dejan a la gente común y corriente la tarea de limpiar sus desastres.
Solo necesitamos una araña. Hace dos fines de semana, el perpetuamente agobiado Peter Parker volvió a lanzarse a la acción en Spider-Man: un nuevo día en casi 4500 cines de toda Norteamérica, lidiando frenéticamente con batallas de índole sobrenatural, romántica, financiera y psicológica. No las supera con facilidad, pero en el camino rompió el récord de taquilla nacional para la semana de estreno de una película, superando los 500 millones de dólares. La recaudación mundial bien podría alcanzar los 2 millardos de dólares este fin de semana. El éxito confirmó lo que muchos sentíamos en el fondo: si en este momento quieres o necesitas algún superhéroe, te irá mejor con el Hombre Araña.
Lo cual es gracioso porque, según la mayoría de los estándares de Marvel, el Hombre Araña no es particularmente impresionante. Puede trepar muros, puede disparar y columpiarse con telarañas pegajosas y tiene fuerza sobrehumana y ese sentido arácnido. Eso es casi todo. No puede volar; una de las razones por las que se le identifica tanto con la ciudad de Nueva York es que necesita de la arquitectura para desplazarse. Déjalo en medio de un campo de maíz en Iowa y el tipo tiene que caminar. No es inmortal ni inmune a las lesiones. Las balas no le rebotan; incluso le disparan en la nueva película y termina en el hospital.
No tiene una guarida oculta de alta tecnología llena de un arsenal interminable de artefactos mortales para combatir el crimen. En Un nuevo día tiene un taller en el ático donde fabrica sus propios dispositivos. Y no es atractivo al nivel de un superhéroe. Sí, sus músculos son impresionantes en la nueva película, pero cuando tiene que quitarse su traje para encontrarse con la Viuda Negra en un baño ruso, sigue pareciendo un adolescente nervioso.
Aunque no lo creas, el Hombre Araña casi fue condenado a la papelera antes de siquiera existir. A principios de la década de 1960, Stan Lee le propuso la idea a su editor. La respuesta fue: “Stan, esa es la peor idea que he escuchado”, contó Lee a BBC Radio 4 en 2015. “En primer lugar, la gente odia a las arañas, así que no puedes llamar Spider-Man a un cómic. En segundo lugar, no puede ser un adolescente: los adolescentes solo pueden ser compañeros. Y tercero, no puede tener problemas personales si se supone que es un superhéroe; ¿no sabes qué es ser un superhéroe?”. Pero Lee armó una historia y la publicó en el último número de un cómic cancelado en el verano de 1962, y el Hombre Araña despegó.
Eso se debe a que sus limitaciones lo hacen ser más un superhéroe, no menos. Es finito incluso en su misión de combatir el crimen y su territorio clásico: los villanos en la ciudad de Nueva York, ni más ni menos. Esa es una parte poderosa de su declaración de principios tácita: actuar a nivel local. Ser el Hombre Araña, tu vecino amigable. Además, está enredado. Sí, tiene archienemigos como el Duende Verde y el Doctor Octopus. Pero tiene amigos y amienemigos, un jefe horrible, ese romance intermitente y un secreto que protege con todo lo que puede. Eso nos describe bastante bien a mí y a todos los que conozco.
Eso fue lo que hizo que me encantara el Hombre Araña cuando era niño. Cuando crecía en las zonas rurales de Wisconsin a fines de la década de 1970, lejos de cualquier lugar donde pudieras comprar un disco de 45 o un cómic, The Milwaukee Journal tenía El asombroso Spider-Man. Era el único superhéroe que alguna vez imaginé ser: un joven que vivía en la ciudad, intentando mantener todo en orden con una combinación de nervios destrozados y tela de araña.
Era imposible ser Superman. Nunca iba a ser tan rico como Bruce Wayne. Pero, oye, era bueno en ciencias. Por lo que sabía, podía visitar un laboratorio en un viaje escolar, ser picado por una araña radiactiva y comenzar a transformarme. Y esta fantasía venía con una ventaja, con la que cualquier adolescente varón que estuviera atravesando los agonizantes cambios sociosexuales y las perplejidades de la pubertad podía sentirse identificado. (Si tan solo cada adolescencia viniera con un secreto supergenial en lugar de 1000 vergonzosos).
Peter Parker finalmente es un adulto en Un nuevo día, pero sigue luchando contra los mismos demonios. Eso es lo que lo hace brillar con tanta intensidad en este momento: lo refrescante que resulta que no se haya dejado contagiar por esas fantasías superficiales y engañosas de poder que se venden a diario como un producto milagroso en nuestra escena nacional. No es un influente del acondicionamiento físico que vende reflexiones profundas y péptidos. No es un belicista cultural que promueve el machismo y el odio contra un enemigo inventado. No es un mitómano titán de la tecnología respaldado por dinero oscuro que se erige en un pedestal como el salvador de la humanidad. Lo que estos aspirantes a amos del universo tienen en común es que te están vendiendo una fantasía de superhéroe que no te puedes permitir: un sueño de músculo ilimitado, longevidad, riqueza o poder, de vivir tu verdadero potencial.
El Hombre Araña vive en el aquí y el ahora —la ciudad de Nueva York, en la actualidad, más o menos— y está completamente enredado con todas las obligaciones que eso conlleva. Podría parecer que lo que está en juego para él es poco comparado con el resto del mundo. Pero, en realidad, él sí está interesado en enfrentar sus errores. Hacer lo correcto.
El mayor desafío al que el Hombre Araña siempre debe enfrentarse son las palabras, tantas veces repetidas, de su malogrado tío Ben: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Es algo que quienes hoy ostentan un gran poder harían bien en considerar.