Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1988, la Zona Arqueológica de Chichén Itza se eleva como uno de los más concurridos del País y opera bajo un esquema que combina conservación federal, recaudación estatal y sustento comunitario.
Según estimaciones locales, cada día, el sitio recibe alrededor de cinco mil 500 visitantes, nacionales y extranjeros -de Francia, Alemania, Suecia o EU, por mencionar algunos- y en temporda alta, la cifra se eleva por encima de los siete mil 500.
La mayoría de los visitantes se concentra frente a la Pirámide -también llamada El Castillo o Templo de Kukulcán-, el Gran Juego de Pelota y el Templo de los Guerreros. Ese flujo constante no sólo marca el ritmo de los recorridos, también sostiene una economía que depende directamente del tránsito diario.
El acceso se divide en dos pagos. Una cuota federal, administrada por el INAH y destinada a la conservación arqueológica, y otra estatal, operada por CULTUR para servicios e infraestructura turística. Los precios varían si el visitante es extranjero, mexicano o residente yucateco. El modelo -particular en la entidad- suele generar dudas entre turistas que no siempre comprenden la doble taquilla, aunque al llegar a la ventanilla se les explica la razón de ambas tarifas y por qué se hacen de manera separada.
Al momento del cobro, el personal pregunta si el visitante es estudiante, maestro o adulto mayor y solicita comprobantes oficiales para comprobar la veracidad de la información proporcionada. Credencial escolar vigente, boleta de calificaciones o documento de inscripción para estudiantes; acreditación para docentes; y credencial de INAPAM o identificación oficial como INE o pasaporte para adultos mayores.
Existe además una taquilla específica para boletos gratuitos de guías con credencial vigente.
Algunos guías oficiales ofrecen gestionar el ingreso al mismo precio que en ventanilla para agilizar el acceso en horarios de mayor afluencia.
Operación interna
Más allá de los módulos de entrada y de la plancha central donde se levanta la estructura más fotografiada, en los senderos laterales -los antiguos sacbés- transcurre otra dinámica, la de los vendedores de artesanías que dependen del flujo turístico. Operan cerca de 800 puestos y alrededor de mil 500 personas los atienden, según estimaciones de los propios comerciantes.
Venden calendarios mayas en piedra o resina, piezas de cerámica, réplicas de instrumentos de caza, objetos que imitan el sonido del jaguar o de aves, así como tallados en madera y prendas bordadas en manta o lino. También se observan sombreros charros o de palma, máscaras de luchadores, cobertores, bolsos y abanicos. Muchas de estas piezas se elaboran en casa, con la participación de la familia.
"Lo que vendemos son piedras para la buena energía, piedra natural como obsidiana, ónix, ojo de tigre, amatista, turquesa o jade; las lanzas son réplicas de las que usaban los mayas para las cacerías", explica Rogelio, quien asegura que él y sus compañeros cuentan con permiso del INAH para operar dentro del sitio.
La dinámica es contenida. No hay gritos ni insistencia como en un tianguis. Algunos observan el paso de los visitantes; otros tallan madera o acomodan su mercancía mientras esperan a que sean los turistas quienes se acerquen.
Para Pisté -localidad de poco más de seis mil habitantes-, Chichén Itzá es la principal fuente de ingresos. "No hay industrias ni hoteles; todo el municipio depende de aquí. No pagamos uso de suelo. Eso nos ayuda mucho para poder negociar. Estamos hasta las cuatro o cinco de la tarde y hay que dejar limpio todo nuestro lugar", afirma Iván, con más de dos décadas en el sitio.
Diciembre suele ser la temporada más fuerte. En Semana Santa, el calor y la preferencia por la playa reducen la afluencia relativa, aunque el volumen continúa siendo elevado. A pesar de la presencia constante de tours y grupos organizados, no se observam conflictos mayores en el acceso ni en la operación diaria, aunque la concentración de visitantes en puntos emblemáticos revela un área de oportunidad para mejorar la distribución del flujo dentro de la Zona Arqueológica.
Los guías acreditados -con formación en historia y arqueología- concentran sus recorridos en la Pirámide, el Juego de Pelota y el Cenote Sagrado. En contraste, zonas como El Caracol (Observatorio), el Osario o el conjunto de Las Monjas registran menor tránsito, pese a su relevancia arquitectónica.
Hay presencia de la Guardia Nacional de manera discreta. Algunos elementos conversan, de manera muy espontánea, con visitantes, sin alterar el tránsito habitual.
Con miles de visitantes diarios, comercio autorizado, doble esquema de cobro y supervisión federal y estatal, Chichén Itzá funciona como un patrimonio arqueológico de escala global que, además de preservar vestigios milenarios, sostiene la economía de una comunidad entera bajo un modelo que combina turismo masivo y gestión pública.
PARA SABER
El ingreso con alimentos está regulado por filtros de seguridad en la entrada, donde se revisan pertenencias. Se permiten bebidas (no alcohol) y productos no voluminosos, como snacks o barras energéticas. Dentro del sitio operan tres palapas concesionadas (cerca de El Castillo, una más al lado del Cenote Sagrado y la tercera rumbo al Observatorio) que venden comida rápida y bebidas; el baño público se ubica junto a la palapa principal, cerca de la Pirámide, y se encuentra limpio y en funcionamiento. En general, las instalaciones se mantienen ordenadas y sin basura visible, aunque los puestos de los vendedores exhiben estructuras auxiliares que se pierden entre los árboles y rompen con el paisaje de la Zona Arqueológica. Más información (yucatan.travel/).