Cerré los ojos mientras el escáner de resonancia magnética me envolvía lentamente. Había llegado a un punto que había estado temiendo, pero que se había vuelto inevitable después de que mi hermano menor muriera de cáncer de páncreas en abril de 2023.
Él sería el primero. Unos 16 meses después, un hermano mayor murió de la enfermedad. Y 18 meses después de eso, un tercer hermano, también mayor, corrió la misma suerte.
Con tres hermanos fallecidos por el mismo cáncer —un historial familiar que un médico calificó de extraordinario—, hacerse las pruebas parecía esencial.
Sin embargo, seguía posponiéndolo, en parte porque era menos doloroso ignorar el peligro. Con el tiempo dejaría a un lado mis reticencias, animado por mi esposa y por algo que uno de mis hermanos dijo poco antes de morir. “No te enfermes”, me dijo.
El cáncer de páncreas está entre lo peor de lo peor. Es difícil de detectar y para cuando se descubre la enfermedad, una muerte rápida y dolorosa parece el resultado probable. Solo recientemente, algunos tratamientos y avances han dado a los pacientes cierta esperanza de prolongar sus vidas.
En Estados Unidos, el cáncer de páncreas es la tercera causa principal de muertes relacionadas con el cáncer, después del cáncer de pulmón y los cánceres colorrectales. La Sociedad Americana contra el Cáncer estima que unos 67.530 estadounidenses serán diagnosticados con él este año, y unos 52.740 morirán a causa de él.
Como familia, éramos conscientes de los peligros del cáncer. Nuestro padre murió de cáncer de colon y pulmón a principios de la década de 1970. Un hermano sobrevivió al cáncer de colon en la década de 1990 y otro venció tanto el cáncer de piel como el de garganta.
El diagnóstico de cáncer de colon nos impulsó a comenzar exámenes de detección de rutina, y el cáncer de piel de mi hermano me llevó a un dermatólogo, quien me extirpó una lesión cancerosa cerca del labio.
Éramos una familia de siete chicos, criados en Elgin, Nebraska, un pueblo de unos 900 habitantes a dos horas y media al noroeste de Omaha, en el borde de las colinas de arena de Nebraska o Nebraska Sandhills. Nuestro padre pasó la mayor parte de su vida trabajando en el elevador de granos; nuestra madre cocinaba y limpiaba en la oficina de correos o en la bolera. Con el tiempo, aceptó un trabajo en un hospital en la cercana Neligh.
De los hermanos, yo era el número 6. Mis hermanos mayores —Bob, Larry, Jim, Bill y Ron— se unieron a la Marina. Bill alcanzó el rango de comandante. Larry llegó a capitán y murió en el Pentágono el 11 de septiembre.
Darrell, el más joven, y yo tomaríamos caminos diferentes. Pasé 47 años cubriendo las noticias, antes de jubilarme este año de The New York Times. Darrell se quedó cerca de casa y con el tiempo aceptó un trabajo construyendo vagones de metro para Kawasaki.
Antes de hacerme la resonancia magnética, comencé con una prueba genética.
Mi médico, Michael Murray, director clínico del Instituto de Salud Genómica en el Sistema de Salud Monte Sinaí, analizó una amplia red de genes en su examen, en parte para intentar explicar mi historial familiar.
Las pruebas no encontraron indicios de una relación genética con el cáncer de páncreas. Un gen presentaba una alteración, pero su efecto aún no se comprende, por lo que no se consideró un riesgo según las directrices actuales.
Esto ciertamente parecía una buena noticia y me aportó un momento de optimismo.
Pero Murray advirtió que la falta de un resultado genético claro no significaba que el cáncer no fuera familiar. En cambio, señalaba la necesidad de realizar más pruebas médicas.
Como explicó, mis padres habían fallecido, por lo que no se les podían hacer pruebas, y los resultados de mis hermanos no estaban disponibles o no eran comparables.
“Una de las cosas con las que realmente no queremos que se quede la gente es que un resultado negativo descarta tu riesgo de cáncer hereditario”, dijo Danielle Hoffman, la asesora genética que revisó mis resultados.
Lo siguiente fue la resonancia magnética, parte de un régimen de seguimiento iniciado por Aimee Lucas, jefa de gastroenterología y hepatología en los hospitales Monte Sinaí Morningside y Monte Sinaí West. Su experiencia incluye la detección temprana en pacientes como yo, con antecedentes familiares del cáncer.
Me sentí aliviado cuando me sacaron del escáner después de unos 40 minutos, y no solo porque me picaba la nariz y se me estaba durmiendo el brazo izquierdo. Más tarde sentí un sobresalto de pánico cuando el escáner reveló una lesión benigna en mi páncreas, un hallazgo que según Lucas no era inusual en familias como la mía.
El plan de ahí en adelante, dijo Lucas, sería vigilar de cerca el páncreas. En unos meses, me someteré a una ecografía endoscópica, que examina el páncreas y otros órganos desde el interior.
Cada uno de mis tres hermanos luchó contra la enfermedad de manera diferente.
Darrell, que murió a los 62 años, se enteró de su cáncer después de que se había extendido más allá del páncreas. Al tener dos trabajos, tenía poco tiempo para vigilar su salud.
La quimioterapia sirvió para prolongar su vida unos meses. Con cada informe de que el cáncer se estaba propagando, su esperanza se desvanecía. Se reunió con la familia el Domingo de Pascua y murió al día siguiente, en abril de 2023.
Jim, de 77 años, manejó su diagnóstico con la misma dignidad que mostró durante toda su vida. La muerte de Darrell había sido dura; Jim había sido un padre sustituto para él después de que papá murió, cuando Darrell tenía 13 años. Como ya lidiaba con el alzhéimer, Jim eligió prescindir de cualquier tratamiento.
Murió pacíficamente en casa, rodeado de su esposa y sus dos hijas, en agosto de 2024.
Bill, de 74 años, y el último en morir, fue el que más luchó; estaba seguro de que podría vencer el cáncer con la misma tenacidad que lo había impulsado durante 30 años en la Marina.
Se sometió a una cirugía para extirpar los tumores cancerosos de su páncreas y soportó ronda tras ronda de radiación y quimioterapia. Murió en casa unos 10 días después de ingresar a cuidados paliativos, en febrero de 2026.
Ver sufrir a mis hermanos fue duro, incluso desde la distancia. Me encontraba esperando ansiosamente los resultados de las pruebas, buscando cualquier indicio de buenas noticias, solo para terminar con una sensación de pavor.
Desde sus muertes, los avances en los tratamientos han creado motivos para cierto optimismo.
Dos desarrollos recientes tienen el potencial de cambiar las reglas del juego, dijo Anna Berkenblit, directora científica y médica de la Red de Acción contra el Cáncer de Páncreas.
Un tratamiento, el daraxonrasib, que acaba de recibir la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos, duplicó la esperanza de vida en un ensayo clínico de pacientes que habían sido tratados previamente con quimioterapia para el cáncer de páncreas metastásico, dándoles más de 13 meses de vida, en comparación con los menos de siete meses para los que recibieron quimioterapia.
El otro tratamiento nuevo consiste en una vacuna que utiliza tecnología de ARNm en pacientes con cáncer de páncreas a quienes se les habían extirpado los tumores, pero que tenían un riesgo alto de que el cáncer regresara.
“Sí se siente que hay un mayor impulso para atacar todos los aspectos del cáncer de páncreas”, dijo Lucas.
Pero, añadió, debido a que los pacientes con cáncer de páncreas a menudo son diagnosticados cuando la enfermedad está muy avanzada, hay menos sobrevivientes a largo plazo que puedan ayudar a crear conciencia sobre la enfermedad.
Lo que complica la detección es el hecho de que, en la mayoría de los casos, el cáncer de páncreas no se manifiesta antes de los 50 años, dijo Lucas, por lo que las pruebas antes de esa edad no suelen recomendarse y tienen el potencial de hacer más daño que bien. Un paciente podría quedarse con una falsa sensación de seguridad.
Los resultados de mis pruebas, y la confianza que emanaba Lucas, han ayudado a cambiar un poco mi actitud; ya no veo la enfermedad como algo inevitable.
Los médicos también me dejaron claro un punto: sigue con el programa de seguimiento. Juntas, las pruebas proporcionarán un panorama más completo.
Las pruebas también reforzaron una práctica que siempre he intentado seguir: conocer mi cuerpo y estar atento a cambios pequeños pero inexplicables. Cambios sutiles que comienzan de dos a tres años antes del diagnóstico pueden ser pistas de una enfermedad pancreática, me recordó Lucas, como cambios en la glucosa en sangre o pérdida de peso inexplicable.
Como vivo en Nueva York y mi familia vive en Nebraska, estuve haciendo viajes a casa durante las enfermedades de mis hermanos.
A veces, me sentía como la parca, apareciendo justo antes de que la muerte llegara a la puerta. Fui a casa a visitar a Darrell y murió alrededor de una semana después. Fui a casa a pasar tiempo con Jim y observé, y recé, mientras moría. Unas dos semanas después de visitar a Bill, estábamos en su funeral.
Quedamos dos: Ron, que tiene 71 años, y yo. Él está jubilado y pasa gran parte de su día trabajando en su enorme jardín a las afueras de Lincoln.
Uno empieza a preguntarse quién será el último Getzfred que quede.
Todavía puedo escuchar a Bill instándome a no enfermarme.
Estoy intentando no decepcionarlo.