“Me han vuelto los síntomas”, le escribió la mujer de 32 años a su hermano. “Me he despertado con una amígdala inflamada y me cuesta mucho tragar”. Su hermano, nueve años mayor que ella y médico, se incorporó en la cama. Eran las 10 de la noche en la costa oeste, donde él estaba, y la 1 a. m. en Boston, donde vivía su hermana.
Un par de semanas antes, su hermana, que se describe a sí misma como germofóbica, le había enviado un mensaje en el que le decía que le dolía la garganta. Había vuelto de un viaje a Taiwán dos semanas antes y, uno o dos días después, se despertó con algo de dolor al tragar. Era solo el lado derecho. Cuando se miró la boca con un espejo, vio que tenía la garganta enrojecida y que su amígdala estaba grande e hinchada hacia el centro.
Los primeros días, alternó dosis de paracetamol e ibuprofeno, y eso le ayudó. Pero el dolor volvía en cuanto se le pasaba el efecto de la medicina. Al final, fue al centro de salud del MIT, donde era estudiante de posgrado. La atendió un asistente médico, quien escuchó sus preocupaciones y le examinó la garganta. Le tomó una muestra para detectar estreptococos. Los resultados llegaron en unos minutos: negativo.
Probablemente era un virus, le dijo, y debería mejorar en unos días. Le recetó seis días de un esteroide llamado metilprednisolona para aliviar los síntomas.
Al oír esto, su hermano se preocupó un poco. Los esteroides reducirían la inflamación y el dolor, pero lo hacen suprimiendo el sistema inmunitario. No dijo nada. Era médico hospitalista, trabajaba con pacientes ingresados, y llevaba más de una década sin trabajar en un entorno ambulatorio. Quizás esa fuera la práctica habitual.
Al segundo día, la hinchazón y el dolor habían desaparecido, y la mujer se sentía completamente recuperada, según comentó con alegría. Terminó el tratamiento y se olvidó del problema de su garganta.
Pero dos o tres días después de terminar los esteroides, se despertó con el mismo dolor de garganta horrible. Si acaso, tragar le dolía un poco más. Y su amígdala derecha volvía a estar roja e hinchada hacia el centro.
De vuelta al punto de partida
Volvió al centro de salud esa misma mañana. El médico se mostró amable y atento mientras le hacía la ya familiar lista de preguntas: no tenía fiebre, ni tos, ni moqueo, ni sibilancias, ni dificultad para respirar. Solo un dolor de garganta muy intenso. Comer era casi imposible, y hablar era una auténtica tortura. Él vio que ella tenía la garganta enrojecida y la amígdala derecha inflamada, igual que dos semanas antes. Le hizo una prueba rápida de estreptococos y, una vez más, dio negativo. Esta vez el médico pidió un cultivo faríngeo, para asegurarse de que no necesitaba antibióticos. Pero coincidió con el asistente médico que la había atendido antes en que probablemente se trataba de un virus. La mandó al laboratorio para hacerse unos análisis de sangre y le aconsejó que siguiera tratando el dolor y bebiera mucha agua. Ella se atiborró de paracetamol e ibuprofeno, pero el dolor no remitió. Así que volvió a ponerse en contacto con su hermano.
“¿Terminaste con los esteroides?”, le respondió él por mensaje. “Sí, hace un par de días; él dijo que probablemente se pasó el efecto y que por eso volvió el dolor”, respondió ella. “Suena lógico”, coincidió él. Pero esa noche, la joven empezó a sentirse peor. Tuvo escalofríos. Le dolía todo el cuerpo. Tomó ibuprofeno y luego Tylenol. “De verdad que debemos estar agradecidos por nuestra salud”, le escribió a su hermano. Su hermana no decía esas cosas, así que tomó el teléfono y la llamó. Como ella no contestaba, la llamó por FaceTime.
“No te das cuenta de lo mucho que tragas saliva hasta que te duele así”, le dijo ella. Su voz sonaba extraña, casi irreconocible. “¿Tienes fiebre?”, le preguntó él. Ella no lo sabía. Él la hizo tomarse la temperatura. Oyó el pitido del termómetro: 38 grados Celsius, le dijo ella. A él le preocupaba que ella tuviera incluso una fiebre baja después de haber tomado ibuprofeno y Tylenol. “Sostén la cámara para que pueda ver el interior de tu garganta”, dijo. Era tal y como ella había descrito; la parte posterior de su garganta estaba muy enrojecida, y la amígdala y la zona circundante estaban inflamadas, pero solo en el lado derecho.
Su hermano estaba preocupado. Con la garganta enrojecida e inflamada y esa voz extrañamente apagada, sospechaba que podría tener un absceso periamigdalino: una bolsa llena de pus cerca de las amígdalas que él solo conocía porque había leído sobre la afección. Era demasiado tarde para llamar a un amigo especialista en enfermedades infecciosas que pudiera saber más, así que recurrió a un recurso de IA en línea llamado OpenEvidence. Introdujo sus síntomas y le pidió al chatbot especializado posibles diagnósticos. En primer lugar de la lista del bot aparecía el absceso periamigdalino. Entre los síntomas que describía estaban un fuerte dolor de garganta unilateral y una “voz de papa caliente”, como si la paciente hablara con la boca llena de papas. También dijo que la mayoría de los casos de este trastorno se trataban de forma ambulatoria. Aun así, su enfermedad parecía haber avanzado muy rápido.
“Creo que deberías ir a Urgencias”, le dijo él. Esa mañana, el médico solo había visto una amígdala inflamada y la garganta enrojecida, pero ahora, 12 horas después, su hermano podía ver que todo el lado derecho de su garganta no solo estaba enrojecido, sino también inflamado. Ella no quería ir. Tenía cita con el otorrinolaringólogo al día siguiente. Y odiaba ir a urgencias. Pero si la infección se estaba extendiendo tan rápido, podría ser peligroso esperar hasta la mañana siguiente. La inflamación podría incluso bloquearle las vías respiratorias. Al final accedió a ir.
Tratamiento y alivio
Era la 1:30 de la madrugada cuando la atendió un asistente médico en la sala de urgencias del Massachusetts General Hospital. Tenía la temperatura y el ritmo cardiaco normales, pero el lado derecho de la cara parecía un poco hinchado. La amígdala estaba agrandada y parecía salpicada de pequeñas manchas de secreción blanca. Los pilares amigdalinos —las estructuras que sostienen y rodean la amígdala— también estaban rojos y tan hinchados que casi ocultaban la glándula. La úvula, ese tejido con forma de lágrima que cuelga en la parte posterior de la garganta, tenía un tamaño normal y no estaba desviada hacia la izquierda, como ocurre en algunas infecciones graves. El asistente médico presionó suavemente la carne con un depresor lingual. Si cedía más, eso sugeriría un absceso oculto. Tenía que ser revisada por los otorrinolaringólogos, dijo. Pero primero le harían una tomografía computarizada.
La imagen mostraba una bolsa de líquido, del tamaño de una uva grande, junto a la amígdala inflamada. El radiólogo pensó que se trataba de un absceso periamigdalino. El otorrinolaringólogo que revisaba las imágenes en su pantalla de forma remota no estaba de acuerdo, y dijo que la infección estaba en la propia amígdala. En cualquier caso, necesitaría que la evaluara un otorrinolaringólogo en persona. Le administraron una dosis de un potente esteroide y, por primera vez en días, el dolor cedió.
A las 8 de la mañana siguiente, la joven fue trasladada desde Urgencias a la clínica Mass Eye and Ear. Un médico residente la examinó y, tras observar su garganta, coincidió de inmediato con el radiólogo: se trataba sin duda de un absceso periamigdalino. Y había que drenarlo. La paciente aceptó la intervención. Unos minutos después, le pusieron un par de inyecciones de lidocaína. El cirujano trajo sus instrumentos esterilizados. La paciente echó un vistazo y luego decidió que no quería mirar.
Cerró los ojos cuando el cirujano le metió la mano en la boca. No sintió nada. Notó un breve sabor metálico a sangre hasta que el cirujano le roció la boca con agua salada a través de un aerosol. Y eso fue todo.
En cuanto pudo, se miró la incisión en el espejo. Era enorme. El cirujano le recetó 10 días de antibióticos y le aseguró que se curaría en una semana más o menos. Y así fue. Hablé con su hermano hace poco. Se supone que los médicos no deben atender a familiares. ¿Creía él que el hecho de que fuera su hermana influyera en cómo vio su caso?
Quizá, me dijo. Estaba preocupado por ella de otra manera porque era su hermana. Por otro lado, ¿quién, si no una hermana, le habría dado este tipo de información tan detallada? Y la posibilidad de que una infección avanzara tan rápido como parecía ser el caso de ella habría motivado su recomendación de acudir a Urgencias, independientemente de quien lo hubiera pedido. Con cualquier paciente, me dijo, siempre es mejor prevenir que lamentar.