El hombre, de 67 años, se apoyó en el asiento del copiloto al girar para salir de su lugar de estacionamiento en un centro comercial de Fairfax, Virginia. Levantó el cuello por encima del hombro derecho y, de repente, sintió una sacudida como si estuviera en una montaña rusa en plena bajada. Un zumbido llenó sus oídos y rápidamente se hizo más fuerte. El mundo empezó a oscurecerse. Enderezó la cabeza para mirar por el parabrisas y los síntomas desaparecieron. Era una sensación aterradora y, hoy en día, es demasiado familiar.
El hombre no recordaba la primera vez que le ocurrió. Quizá dos o tres años antes. Aquel suceso inicial fue extraño, pero cuando no volvió a ocurrir, lo olvidó. Luego, unos meses más tarde, quiso salir del espacio de estacionamiento, y zas, la montaña rusa. A partir de entonces, de vez en cuando, al ir en reversa giraba la cabeza, y llegaban los mareos y el zumbido. Siempre enderezaba la cabeza enseguida. La sensación lo asustaba. Tenía dolor de cuello y se preguntaba si estaría relacionado con estos extraños episodios.
Volvió al cirujano ortopédico que había visto diez años antes. El cirujano escuchó su descripción; no había oído hablar antes de estos síntomas. Solicitó una resonancia magnética de la columna cervical, que demostró que el hombre padecía una enfermedad degenerativa en ese lugar. El cirujano dijo que una fusión quirúrgica de los discos deteriorados probablemente aliviaría el dolor de cuello, pero no creía que sirviera de mucho para los mareos. El hombre optó por la operación.
Unos meses después, en la visita de control, el paciente dijo que el dolor de cuello había desaparecido, pero no los extraños torbellinos que dependían de su postura. El cirujano no sabía qué hacer. El médico de atención primaria del hombre lo remitió con Robert Richard, neurólogo de Fairfax.
Una teoría del caso
Vio a Richard al mes siguiente. Tras una exploración normal, el neurólogo dijo que sospechaba que el hombre tenía una obstrucción en algún punto de la arteria que llevaba la sangre del corazón a la columna y al cerebelo. El cerebelo es la parte del cerebro que coordina los movimientos corporales y oculares y el equilibrio, explicó al paciente. El hombre tenía diabetes y, aunque estaba bien controlada, lo ponía en riesgo de endurecimiento de las arterias. El prensado de una arteria endurecida en determinadas posiciones de la cabeza podía causarle mareos al reducir el flujo sanguíneo a esa parte del cerebro.
Richard envió al hombre a hacerse un angiograma por tomografía computarizada, que mostró que la arteria vertebral del lado derecho se estrechaba y luego desaparecía totalmente a medida que subía por el cuello del hombre hasta el cerebro. Probablemente se debía a aterosclerosis, aunque podría haber nacido así. Pero la arteria izquierda del hombre estaba bien, lo que planteaba la duda de por qué el flujo sanguíneo se interrumpía de manera intermitente. Richard envió a su paciente a hacerse pruebas en el oído interno, donde se origina gran parte de nuestro sentido de la posición y el equilibrio. Nada. Una ecografía de las arterias carótidas tampoco reveló nada. Tanto el paciente como el médico estaban frustrados.
Richard estaba seguro de que los síntomas se debían a una pérdida intermitente de flujo sanguíneo a través de la arteria vertebral intacta del lado izquierdo. Pero no podía identificar por qué ocurría ni dónde. El neurólogo tenía un archivero lleno de artículos extraídos de la literatura médica que a veces ojeaba en busca de información e inspiración. En la siguiente visita, entregó un artículo al paciente. “Creo que esto es lo que tienes”, dijo mientras señalaba el artículo. Pero agregó que el hombre tenía que ir al Johns Hopkins para confirmarlo.
El paciente y su esposa hojearon el artículo, sobre algo llamado síndrome del arquero. Este trastorno se describió por primera vez en 1978, cuando un arquero sufrió un ataque durante una práctica de tiro. Aquel primer paciente del que se informó recordó que, cuando estaba tensando la cuerda de su arco para disparar, de repente le entró un sudor frío. Se sintió mal. Sentía el brazo y la pierna derechos entumecidos y con hormigueo. Pudo llegar hasta su coche, pero cuando llegó a casa, sentía debilidad en el lado derecho y se fue a la cama. Un par de días más tarde, al ver que no mejoraba, fue al hospital, donde las pruebas de imagen mostraron que había sufrido un ictus cerebeloso. Los estudios posteriores demostraron el motivo. Al igual que este paciente, el arquero tenía una obstrucción en la arteria vertebral derecha, y la arteria de la izquierda era normal. Los médicos que lo atendieron plantearon la hipótesis de que, al tensar la cuerda del arco, hiperextendió el cuello hacia la derecha, y eso empujó la arteria izquierda contra un hueso o un ligamento calcificado que cortó el flujo sanguíneo. Con la arteria derecha fuera de servicio y la izquierda obstruida por su posición, no le llegaba sangre cerebro. Privada de toda irrigación de sangre, esa parte del cerebro murió.
Una señal reveladora
El paciente acudió al Johns Hopkins y vio a Amir Kheradmand, un neurólogo especializado en mareos. Tras escuchar la historia del paciente, Kheradmand le pidió algo que nadie le había pedido antes: ¿podría demostrar el movimiento que desencadenaba los síntomas? El paciente extendió el brazo derecho como si lo apoyara en la parte superior del asiento del copiloto y luego giró la cabeza todo lo que pudo por encima del hombro derecho. No ocurrió nada.
El sistema que controla el equilibrio, explicó Kheradmand al paciente y a su esposa, implica al cerebelo, el oído interno y los ojos. Tendría que probar cada uno de esos sistemas para localizar el problema. Para captar sus movimientos oculares, el paciente tendría que llevar unas gafas equipadas con una cámara de infrarrojos. Lo ataron a una silla en una habitación a oscuras y le colocaron las gafas en la cabeza. Luego siguió las instrucciones para mover la cabeza de un lado a otro y de arriba abajo. Toda la silla giró. Nada.
Kheradmand le hizo repetir el movimiento de cabeza que provocaba el mareo. El paciente extendió el brazo y giró el cuello todo lo que pudo hacia la derecha, inclinando un poco la barbilla hacia abajo para reproducir el movimiento que hacía en el coche. De repente, se le revolvió el estómago y empezó el zumbido, y enderezó la cabeza con rapidez. En la señal de la cámara de las gafas, Kheradmand vio cómo los ojos del hombre se movían hacia abajo un par de veces. Eso era lo que buscaba. Cuando se interrumpe el flujo sanguíneo al cerebelo, los ojos apuntan rápidamente hacia el suelo, un síntoma denominado nistagmo descendente.
Para localizar la obstrucción sería necesario otro angiograma, en el que se inyecta líquido de contraste en el torrente sanguíneo. Las dos pruebas anteriores no habían revelado nada. Volverían a intentarlo, y esta vez Kheradmand quería que el paciente llevara las gafas. Así podrían demostrar que la posición de su cabeza era la causa de sus síntomas, así como la pérdida de flujo sanguíneo al cerebelo, como indicaba su nistagmo descendente.
Un par de semanas después, el hombre se sometió a la prueba. Le inyectaron líquido de contraste y sus arterias se iluminaron en la pantalla. Cuando se le indicó, adoptó la posición: brazo extendido, cabeza girada e inclinada hacia abajo. Nada. Lo intentó una y otra vez. Estaban a punto de rendirse cuando hizo un último intento. Y entonces ocurrió. Se le hizo un nudo en el estómago; se mareó al instante. En ese momento, Kheradmand pudo ver que sus ojos se movían con rapidez hacia abajo. Y el angiograma mostró que, en aquella posición, no le llegaba sangre al cerebelo a través de la arteria vertebral izquierda. Tenía el síndrome del arquero.
El neurocirujano asignado al caso no había visto muchos casos así; es inusual porque requiere que una arteria esté bloqueada y la otra comprometida por alguna anomalía anatómica. Pero, dijo, era importante evitar que este hombre sufriera el mismo tipo de ictus o accidente cerebrovascular que el arquero. Y pensó que podía solucionarlo.
El paciente entró al quirófano. Su esposa estuvo sentada, y luego deambulando, en la sala de espera durante cuatro horas. Por fin salió el cirujano. Dijo que pudieron ver exactamente dónde se obstruía el vaso sanguíneo, pero no pudieron alterar la estructura que lo bloqueaba. En su lugar, tuvieron que fusionar la parte superior de la columna cervical, para que el paciente no pudiera adoptar la posición que le causaba molestias. Según dijo el cirujano, los síntomas no deberían repetirse.
La operación se realizó hace año y medio y, efectivamente, el hombre no ha vuelto a tener episodios desde entonces. Sí que nota la limitación en la movilidad del cuello, pero ha podido solucionarlo. Y tiene la esperanza de que la próxima vez que sienta esa sacudida sea porque realmente está en una montaña rusa.