“Si eres del signo Escorpión,

hay nubarrones

en tu relación de pareja”

De las pocas secciones que se han mantenido en los periódicos impresos es la dedicada a los horóscopos, lo que significa que tienen demanda y que hay personas que no salen a la calle sin antes ver que “le depara el futuro…”

Hay un largo trecho que ha vivido la humanidad desde los famosos oráculos de la antigua Grecia a las predicciones de la inteligencia artificial. Un oráculo era la respuesta de una divinidad que se recibía por medio de sacerdotes o intermediarios que interpretaban los “designios” o “vaticinios” que estaban cargados de subjetividad o abstractos como los actuales horóscopos.

Para el nacido bajo el signo de Aries: “un enfado con alguien cercano puede costarte más caro de lo que imaginas. Procura ahondar en el motivo de la discordia y dejar pasar un poco los días para que todo se calme…” O si es Leo: “Buenas expectativas en el ámbito profesional, por fin tu capacidad resolutiva y tu imaginación funcionarán a nivel equipo. Pueden surgir gastos derivados de una antigua inversión”. O acaso es Escorpión: “Nubarrones en la relación de pareja, si realmente confías en ella, no digas cosas de las que podrías arrepentirte. Si tiene hijos, préstales más atención…”

Y si no tiene hijos, pues no…

“Encontrarás hoy el amor de tu vida…” nos predicen en los horóscopos, y queremos ver en cualquier persona que topamos en la calle si será la persona prometida, que se nos está cumpliendo un deseo profundo, un anhelo deseable. Al día siguiente amaneceremos con otra predicción y seguiremos con expectativas de vida, pensando que la suerte y que lo imprevisible nos cambie la vida con una pareja ideal, un negocio fabuloso o un futuro increíble y eterno.

Históricamente “somos vulnerables a las predicciones porque somos criaturas ansiosas y deseosas, sedientas de certezas”, dice Clarisa Véliz[1] filósofa de la Universidad de Salamanca y profesora de filosofía en la Universidad de Oxford. Señala que nuestra ansiedad por el mañana nos hace vulnerables a los charlatanes, la tecnología fraudulenta y el autoengaño. Que buscamos predicciones porque queremos desesperadamente que nos aseguren que todo va a estar bien, pero, paradójicamente, ponernos en manos de los profetas nos pone más en riesgo y nos hace menos libres. Cuanto mejor comprendemos cómo funcionan las predicciones y más aceptamos la incertidumbre, menos propensos somos a caer en las trampas de los profetas.

Y acepta que la inteligencia artificial es el nuevo Oráculo de Delfos y los directivos de las tecnológicas son los nuevos “profetas”. El llamado Oráculo de Delfos estaba situado en la Grecia antigua consagrado al dios Apolo. El nombre de Delfos supone que venía de Delfino que era el nombre del dragón mitológico que custodiaba el oráculo antes de la llegada de Apolo. Era un lugar sagrado dentro de la mitología y representaba el intermedio entre una divinidad y el hombre. Se consultaban los pronósticos o predicciones de un dios sobre el futuro humano.

Y a final de cuentas, esos oráculos se convertían en juegos de poder y control, de fomentar el miedo y la duda. A mayor imprecisión en los datos, se generaban rumores y desinformación.

Era el lugar de consulta, la casa del tarot, la suerte con asientos de café o caracoles. Y por supuesto, el antecedente de los horóscopos que se acomodan en quien cree en ellos. En las redacciones de los periódicos era una diversión o juego inventar esos textos si no llegaba a tiempo el material de los servicios que surten de contenidos a los medios.

La otra precisión de esta filósofa es que las predicciones son conjeturas, no son hechos. Las predicciones entrañan deseos porque lo que deseamos influyen en nuestras predicciones. Sostiene que hay un aspecto deseante de la predicción y lo más probable cuando pronosticamos qué caballo ganará una carrera es que no seamos observadores neutrales, sino que deseemos que gane el caballo por el que hemos apostado. Por eso, en muchas ocasiones, a los amantes del horóscopo, tratan de acomodar su vida a los que les dice un papel amorfo que puede aplicarse a cualquier persona.

La tercera regla que propone es que las predicciones tienen que ver con el poder. “Tener poder es tener la capacidad de motivar a alguien para que piense o haga algo que de otro modo no pensaría ni haría. También es tener la capacidad de imponer la propia voluntad pese a la resistencia, como dijo el sociólogo Max Weber. Tener poder es tener la habilidad de influir en los demás y ejercer fuerza sobre ellos; hacer que la gente haga cosas y hacer cosas a la gente”.

La cuarta característica es que a veces las predicciones son imposibles, pues hay cosas impredecibles y la quinta sería que las predicciones pueden ser dañinas, porque las predicciones transforman el mundo porque transforman las expectativas y el comportamiento de las personas. Hacer una predicción implica una elección y esa elección tiene consecuencias para la gente.

El nuevo juguete de las predicciones lo tenemos en la inteligencia artificial que como una ouija, apostamos a hacerle caso como una profecía del más allá. Es el oráculo digital que simula llevar a la verdad, pero sin llegar a los hechos y como toda máquina predictiva juega con las expectativas humanas.

Pretenden vaticinar una pareja ideal para las personas solteras o solitarias con el embuste detrás de un negocio o un abuso psicológico o sexual.

Y de la vida privada del juego de las predicciones nos han conducido a las encuestas para determinar el ganador de algo que no sucede, de algo que está en un futuro incierto que no es un hecho, pero entretiene, juega y engaña.

Ese ha sido el éxito de las encuestas que, a pesar de ser una instantánea de un momento, en un cierto espacio y con algún universo de entrevistados controlados, generan los nuevos oráculos.

Si fueran certeras las encuestas ¿para qué hacer elecciones, gastar millones de pesos si con solo aplicar esas encuestas sabríamos quienes deberían ser los ganadores?

Pero el mundo de la predicción es el poder de jugar con el futuro. Si el pasado, ya pasó y el presente lo tenemos enfrente y no nos aporta de lo que vendrá, entonces, juguemos a los dados, al azar, a la suerte, a lo que diga la bola de cristal, a lo que diga la bruja, la ruleta y por supuesto el oráculo de la inteligencia artificial.

[1] VÉLIZ, Clarisa (2026) Profecía, editorial Penguin Random House, colección Debate, México