Durante décadas, México imaginó la vejez como un asunto íntimo, casi doméstico: un proceso biográfico que ocurría dentro de familias amplias, en hogares densos, sostenido por vínculos cotidianos que parecían inagotables. Esa imagen ya no describe la realidad. La demografía ha cambiado más rápido que nuestras instituciones, más rápido que nuestras familias y, sobre todo, más rápido que la capacidad objetiva de las personas mayores para sostener su vida social.
Hoy convivimos con tres transformaciones simultáneas: más personas de 65 años y más, hogares más pequeños y un crecimiento sostenido del hogar unipersonal. En veinte años, México pasó de 5.4 % de población mayor a casi 8.3 %; el hogar promedio se redujo de 4.4 a 3.6 integrantes; y uno de cada nueve hogares es ya unipersonal. Son cifras demográficas, sí, pero también son cifras domésticas y económicas: cada una erosiona un soporte distinto de la vida cotidiana.
La vulnerabilidad en la vejez no surge únicamente del deterioro físico o cognitivo. Surge del desajuste entre tres sistemas que ya no encajan:
El sistema macro-social, que adelgaza los hogares y multiplica los años de dependencia potencial.
El sistema meso-social, las familias, que enfrentan presiones inéditas sin haber reconstruido sus arreglos de cuidado.
El microsistema personal, la arquitectura funcional del individuo: escolaridad, vigor intelectivo y físico, competencia material y psicológica, y estado biocorporal.
Cuando el primero se transforma más rápido que los otros dos, el microsistema personal queda expuesto. Una persona mayor puede sostener su autonomía si conserva escolaridad suficiente para gestionar su entorno, vigor para participar en la vida social, competencia para decidir y actuar, y un estado biocorporal que no limite su movilidad. Pero puede perderla abruptamente si vive sola, aislada o en un hogar que ya no tiene capacidad de cuidado. La vejez deja de ser un atributo biográfico y se convierte en un fenómeno sistémico: emerge cuando la estructura objetiva del individuo deja de acoplarse con los sistemas que lo rodean.
En algunos países se ha comenzado a discutir los cuidados como parte de su estrategia de desarrollo. No porque los cuidados sean un nuevo motor económico, sino porque la infraestructura que permitió funcionar a su economía —y a la nuestra— estaba dentro de las casas. Ese arreglo se está debilitando antes de que hayamos construido otro. Familias más pequeñas, vidas más largas y mayor participación laboral femenina hacen imposible que los cuidados del futuro descansen en la disponibilidad de una hija, una esposa o un pariente cercano.
México enfrenta la misma transición, pero con una diferencia: nuestras instituciones de cuidado son más débiles y nuestras desigualdades más profundas. La economía de la longevidad no es un concepto futurista; es la descripción de un país que deberá reorganizar su vivienda, su transporte, sus servicios, su formación laboral y su infraestructura social para sostener vidas que se extienden veinte o treinta años después de los 60.
La discusión económica suele preguntar cuánto costará el envejecimiento. Es una pregunta necesaria, pero incompleta. También habría que preguntarse qué capacidades nuevas deberá desarrollar el país, qué servicios y tecnologías surgirán en función de vidas más largas, qué instituciones podrán amortiguar el desajuste entre demografía, familia y microsistemas personales cada vez más frágiles.
Si estamos buscando una estrategia de desarrollo para las próximas décadas, la demografía no puede ser una nota al pie de página. Y los cuidados en la vejez tampoco.