Imagine a un médico que intenta curar una enfermedad sin saber, en realidad, qué es el cuerpo humano. Sonaría absurdo. Sin embargo, algo parecido ocurre hoy con buena parte de la psicoterapia: existen decenas de corrientes y técnicas, pero pocas se detienen a preguntar, antes de tratar a la persona, qué es realmente el ser humano.
Esa fue la advertencia central de la licenciada Andrea Piscicelli, en su ponencia "Procesos psicoterapéuticos desde una psicología realista", presentada en el Seminario organizado por el Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo, en Arequipa (Perú).
Para Piscicelli, la psicoterapia necesita, ante todo, ser muy prudente: saber para qué se actúa y conocer bien la realidad sobre la que se actúa. Esa realidad es la persona humana completa, no solo su mente o su cerebro.
Retoma aquí una idea muy antigua, formulada por Aristóteles y desarrollada por Santo Tomás de Aquino: el ser humano es una sola unidad de cuerpo y alma. No son dos piezas pegadas, sino un solo ser: el alma da forma y vida al cuerpo, y este, a su vez, es indispensable para que el alma conozca el mundo. Por eso ninguna emoción, por "psicológica" que parezca, ocurre sin dejar huella en el cuerpo. Como enseñaba Santo Tomás, "no hay pasión sin alteración corporal". Cuando alguien siente miedo, tristeza o enojo, el corazón se acelera, el estómago se contrae, cambia la respiración: cuerpo y alma van siempre juntos.
Esto tiene consecuencias prácticas. Piscicelli explica que toda pasión, es decir, toda emoción intensa, tiene dos caras: una corporal, los cambios físicos, y otra "del alma", el movimiento interior de desear o rechazar algo. Ignorar cualquiera de las dos caras empobrece el tratamiento. Reducir la tristeza de una persona deprimida a un simple desajuste químico, sin mirar también su historia, sus pensamientos y sus decisiones, es quedarse a mitad de camino. Y al revés: atender solo lo emocional, sin considerar que el cuerpo también necesita descanso y cuidado, deja igualmente incompleto el proceso de sanación.
Tampoco basta con hablar solo del alma sin considerar el cuerpo. Por eso la autora recurre a un concepto clave: los "sentidos internos", como la imaginación, la memoria y la capacidad de valorar lo que nos sucede. Son estas capacidades las que, antes de que el cuerpo reaccione, ya están interpretando la realidad como buena o mala, agradable o dañina. Ahí, precisamente, se puede trabajar en terapia: ayudando a la persona a interpretar mejor lo que vive, sin negar ni reprimir lo que siente, y sin caer en un análisis meramente racional.
Otro punto valioso de la charla es que las emociones no están del todo sometidas a la razón, pero tampoco le son ajenas: se pueden educar. Así como un músico entrena el oído o un atleta entrena el cuerpo, las personas pueden aprender, con el tiempo, a que sus sentimientos respondan mejor a lo que verdaderamente les conviene. De ahí la importancia de la educación afectiva: aunque no siempre podemos elegir qué sentimos en un primer momento, sí podemos decidir libremente qué hacer con lo que sentimos.
Finalmente, Piscicelli también sostiene que ver al ser humano solo desde la ciencia, dejando de lado su dimensión espiritual y su relación con Dios, deja incompleta cualquier comprensión de la persona. Para ella, la verdadera ayuda psicológica jamás puede desentenderse de la pregunta por el sentido último de la vida humana.
La conclusión práctica, para cualquier lector, sea psicólogo, paciente, ama de casa o estudiante, es sencilla pero profunda: para sanar de verdad, primero hay que entender bien lo que se quiere sanar.
Piscicelli, A. (2023). Procesos psicoterapéuticos desde una psicología realista. En Departamento de Psicología de la Universidad Católica San Pablo (Ed.), Universidad Católica San Pablo. (Ponencia presentada en el seminario realizado en Arequipa, Perú, el 23 y 24 de septiembre de 2022).