Ciudad Juárez.- Firulais, no nació en la calle. Tuvo un nombre, una casa, una familia juarense. Sin embargo, un día cualquiera, alguien se levantó de mal humor, se cansó de la rutina o simplemente concluyó y dijo “ya no puedo”, o “ya no quiero tenerlo”. Sin el menor remordimiento, abrió la puerta para deshacerse de él. Esta escena se repite miles de veces y es el verdadero origen de una tragedia que nos involucra a todos.

El severo problema de los perros en las calles de la ciudad se debe, en gran medida, a la existencia de dueños callejeros. Si, leyó usted bien: “dueños callejeros”, hablamos de aquellas personas que desean la novedad de un cachorro bonito por determinado tiempo, pero en cuanto el animal crece y deja de ser simpático, o bien, exige tiempo y cuidados veterinarios, se dan cuenta de la complejidad de una tutoría responsable y ante la carencia de ese valor termina por arrojarlo a la vía pública.

La ciudad tiene un problema de gran magnitud. Realizar un censo preciso de los animales en situación de abandono resulta una terea titánica. La autoridad municipal ha concretado diversos esfuerzos para cuantificar el fenómeno, pero las cifras suelen ser variables, contradictorias o parciales; lo que dificulta el estar en posibilidad de dimensionar el impacto real de un problema que redunda en la salud pública, así como en la seguridad de los juarenses, quienes en gran medida sufren de la consecuencia directa que desencadenó una omisión.

Esta problemática es considerada grave, al grado de que el asunto ha escalado a los máximos tribunales de México, quienes han analizado casos relativos a la venta irregular o clandestina de animales, específicamente en el estado de Sonora, así como diversos actos de crueldad y maltrato, por considerar que éstos se ejercen sobe “seres sintientes” buscando que en todo momento se busque privilegiar la perspectiva del bienestar animal.

Hasta hace poco tanto la legislación como ha costumbre, trataban a los perros, gatos y demás animales como mascotas, es decir, objetos de propiedad y quienes se ostentaban como dueños de ellos, podían adquirirlos para la protección de sus hogares, para hacerse de compañía, o bien, para su exhibición en diferentes actividades. Bajo esa lógica, el dueño irresponsable podía deshacerse de ellos cuando le dejaban de ser útiles, condenándolos a sufrir abuso en las calles sin que el dueño recibiera sanción o reproche alguno.

Como medida preventiva y con el objeto de disminuir esta problemática social, el pasado mes de septiembre entró en vigor el Reglamento de Bienestar Animal para el Municipio de Juárez, Estado de Chihuahua, este cuerpo normativo establece una serie de obligaciones claras e ineludibles inherentes a las personas que deseen tener algún animal de compañía. Entre los avances significativos encontramos la prohibición de las mutilaciones con fines estéticos y, con el objeto de que dicha disposición legal sea respetada, se imponen una serie de sanciones pecuniarias que van de los 1,173 pesos hasta los 17 mil pesos.

Lo anterior nos invita a reflexionar, no solo sobre los cuidados que debe tener un animal de compañía; también a considerar la responsabilidad inherente a las personas para cambiar la forma que ver a los animalitos pues lejos han quedado esos tiempos en los que el maltrato y el abandono no tenían consecuencia alguna, hoy por hoy la Dirección de Atención y Bienestar Animal (DABA) tiene en sus manos la responsabilidad de vigilar la aplicación estricta de este reglamento, actuando primer como un eje preventivo para frenar el crecimiento impune de este problema.

El abandono no se soluciona con perreras o antirrábicos, pues esas medidas son paliativas y solo atacan el problema, pero la causa sigue intacta. La solución exige un cambio cultural, tal vez paulatino, que llegue a la forma de pensar de la ciudadanía, entender que un ser sintiente no es un objeto desechable ni un juguete de temporada y que la verdadera prevención está en el hogar y en la responsabilidad individual, por lo cual, si no tienes la capacidad económica, el espacio adecuado, o el compromiso afectivo para sostener a un animal durante toda su existencia, lo mejor es no tenerlo. Al final del día, entender tus límites y no abandonar te hace mejor persona que adoptar por impulso.