En Cartagena conocí al maestro Carlos Fara, el año pasado, en el marco de la tercera edición del Congreso Nacional de Marketing Político, fundado por el consultor político colombiano José Guinand. Platicamos varias personas con él sobre la política argentina, mientras esperaba su turno para ser entrevistado en el podcast “+Q' Consultores”, el cual fue parte del congreso y es conducido por José Guinand. En ese momento, el maestro Fara, era el presidente de la Asociación Internacional de Consultores Políticos. Hace unos días, fueron revelados los primeros dos episodios, empezando por el de Carlos Fara.

Para aquilatar el alcance del pensamiento de Carlos Fara, es indispensable comprender las condiciones de origen de la profesión en nuestra región. A mediados de la década de 1980, tras la recuperación democrática en Argentina, la consultoría política no existía como campo profesional estructurado ni contaba con programas académicos especializados. La praxis política se sustentaba en la intuición partidaria, el carisma personal y la retórica tradicional. El ingreso de Fara a este universo ocurrió por azar al asumir la asesoría del intendente de Puerto Madryn en 1985.

Aquella experiencia inicial grafica el devenir de toda una generación de pioneros que debieron construir los cimientos de la profesión mientras la ejercían. En palabras del propio Fara, los primeros clientes funcionaron como auténticos «conejillos de Indias» dentro de un proceso de aprendizaje compartido. Sin embargo, lejos de descalificar esa inexperiencia primigenia, el consultor argentino reivindica la validez de los acuerdos de honestidad mutua: pactos transparentes donde un candidato con recursos limitados decide asumir el riesgo junto a un consultor junior motivado, siempre que la relación contractual se funde en la verdad y no en la fabricación de falsas credenciales.

Este recorrido histórico permite desmitificar además la tensión entre la academia y el territorio. Si bien la formación universitaria resulta indispensable para estructurar el pensamiento conceptual, Fara enfatiza que el verdadero «posgrado» de un estratega se cursa en la trinchera, en el contacto cotidiano con la realidad social y en la resolución de crisis reales. La teoría provee el mapa conceptual, pero solo el territorio enseña a maniobrar en medio de la tormenta política.

Uno de los aportes más sustanciales expresados por Fara radica en la formalización de 12 principios éticos y profesionales que su firma incorpora en cada propuesta de trabajo presentada a un potencial cliente. Esta declaración de principios no constituye un mero adorno retórico o un trámite burocrático; funciona como un auténtico filtro bidireccional que fija las reglas del juego desde el primer minuto y delimita los compromisos morales de la consultoría.

En un mercado frecuentemente tentado por el atajo de la manipulación, Fara traza tres líneas rojas infranqueables: Rechazo absoluto al odio y la discriminación: Existe una negativa explícita a trabajar con candidatos, partidos o movimientos que promuevan la xenofobia, el racismo, la homofobia o cualquier forma de estigmatización social. En tiempos donde el populismo divisivo recurre a la construcción de chivos expiatorios para movilizar resentimientos, este principio resguarda la dignidad humana como valor superior a cualquier cálculo electoral.

Defensa irrestricta de la participación ciudadana: La consultoría ética rechaza categóricamente diseñar o ejecutar estrategias dirigidas a promover la abstención electoral o la desmovilización del electorado adversario mediante el desencanto artificial. La democracia requiere ciudadanías activas; erosionar la participación para obtener una ventaja táctica representa una degradación del sistema.

Integridad técnica y verdad metodológica: Se prohíbe de forma tajante la manipulación de encuestas, el uso de datos falsos para distorsionar la percepción pública o la articulación de «operaciones de prensa» basadas en el engaño deliberado. La demoscopia y la comunicación deben ser instrumentos de diagnóstico y comprensión, jamás herramientas de intoxicación informativa.

Es fundamental señalar que el código ético planteado por Fara no responde a un sesgo ideológico dogmático. La consultoría política no consiste en asesorar únicamente a quienes comparten la visión del mundo del estratega. Por el contrario, un profesional de la estrategia debe poseer la ductilidad analítica para ponerse en el lugar de distintas corrientes de pensamiento, siempre que estas actúen dentro de las reglas de juego del Estado de Derecho.

Fara ejemplifica este principio mostrando su disposición a colaborar con figuras de diversas sensibilidades dentro del espectro democrático: desde la izquierda institucional —como fue su participación en la campaña colombiana de Carlos Gaviria Díaz o su conocimiento cercano de la trayectoria de Gustavo Petro— hasta opciones liberales o conservadoras (como su acompañamiento a actores en el ecosistema de Javier Milei en Argentina). La pluralidad ideológica enriquece la perspectiva analítica del consultor y le permite interpretar las complejas demandas de sociedades heterogéneas.

Sin embargo, esta flexibilidad encuentra un límite categórico en el filtro antiautoritario. La gran divisoria de aguas en la política contemporánea no es la división simplista entre izquierda y derecha, sino la frontera que separa a la democracia de la autocracia. Fara es enfático al descartar cualquier colaboración con regímenes o liderazgos de impronta dictatorial o autoritaria que rompen el orden constitucional, persiguen a la oposición o suprimen libertades fundamentales. Los casos de Nicolás Maduro en Venezuela o el modelo autocrático de Nayib Bukele en El Salvador ilustran con claridad dónde concluye el pluralismo legítimo y dónde comienza la complicidad con el autoritarismo.

Más allá de los aspectos metodológicos, la conversación en +Q' Consultores aborda la dimensión humana del consultor, un territorio habitualmente distorsionado por el mito del operador frío y maquiavélico. Fara establece una distinción conceptual clave: el estratega no debe asumir el papel de un «acompañante terapéutico» del cliente.

El dirigente político no requiere en su mesa de decisiones a un adulador complaciente o a un amigo dispuesto a validar sus sesgos; necesita un diagnóstico profesional, objetivo y muchas veces amargo, que señale los errores de rumbo, evalúe las amenazas reales y anticipe los escenarios adversos. Ejercer esa distancia crítica exige coraje intelectual para sostener ante el poder aquello que el gobernante o candidato se niega a ver.

No obstante, la profesión cobra un alto peaje en el ámbito personal. La política es una disciplina convulsiva que opera las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Las crisis no respetan los horarios familiares, los compromisos personales ni las madrugadas. Fara reflexiona con serenidad sobre el impacto que este ritmo itinerante y de alta tensión ejerce sobre la vida privada, las parejas y la estabilidad emocional. Para sostener una trayectoria de cuatro décadas en este entorno, se requiere una convicción irreductible. Recuperando la cita poética de Vinícius de Moraes, el consultor argentino concluye que en este oficio —como en la vida misma— "quien nunca ha tenido una pasión, nunca tuvo nada".

Sugiero que disfruten el testimonio de Carlos Fara en +Q' Consultores porque ofrece una lección de madurez para las nuevas generaciones de consultores e investigadores de la comunicación política. La estrategia política no puede reducirse a una colección de trucos publicitarios ni a un ejercicio de mercenarismo tecnocrático.

Comparto la liga: https://bit.ly/4AWr8FX

ESPRESSO COMPOL

En una América Latina necesitada de institucionalidad, ejercer la consultoría política con rigor técnico, pluralismo democrático y una firme brújula ética es, en última instancia, un acto de profunda responsabilidad con el futuro de la democracia.