La renuncia de la licenciada Guadalupe Taddei a la presidencia del Instituto Nacional Electoral (INE) ha cimbrado la estructura política de nuestro país. En los últimos días, las noticias han girado en torno a las causas de su salida: investigaciones de la Auditoría Superior de la Federación, acusaciones de presunta corrupción y señalamientos sobre contratos irregulares que minaron su permanencia. Sin embargo, más allá de los nombres propios o del desenlace de los expedientes que las autoridades correspondientes deben desahogar con absoluta transparencia y apego a la ley, la verdadera crisis que hoy enfrentamos no es de índole administrativa ni burocrática. Es, en el fondo, una herida profunda a la confianza ciudadana en nuestro sistema electoral.
Como mujer, ciudadana y presidenta del Instituto Estatal Electoral de Chihuahua, vivo este momento con una profunda preocupación, pero también con una convicción inquebrantable. La democracia mexicana no es propiedad de un grupo de personas funcionarias ni depende del destino de una sola persona; pertenece a cada mexicano y mexicana que sale a votar, que cuida las casillas y que confía en que su decisión será respetada. Cuando la cabeza del árbitro nacional da un paso al costado bajo la sombra de la sospecha, el daño colateral no se queda en las oficinas de la Ciudad de México. El impacto viaja por todo el país, sembrando dudas legítimas en las calles de nuestras comunidades, aquí en Chihuahua y en cada rincón del territorio nacional.
¿Cómo le explicamos a la ciudadanía que el sistema es confiable cuando la institución que debe ser el estándar de la transparencia se ve envuelta en un torbellino de opacidad? Esa es la pregunta incómoda que hoy debemos responder con hechos y no con discursos. La desconfianza es un veneno silencioso que paraliza la participación ciudadana. Si la ciudadanía de a pie empieza a creer que las instituciones electorales juegan con las mismas cartas marcadas que tanto daño le han hecho a nuestra vida pública, el andamiaje democrático completo que hemos construido durante décadas corre el riesgo de desmoronarse.
Frente a este escenario, es fundamental recordar que el sistema electoral mexicano tiene una naturaleza federalista y robusta. El INE coordina, pero la democracia se siembra y se cosecha desde lo local. En los Organismos Públicos Locales Electorales (OPLEs), como el que me honro en encabezar en Chihuahua, trabajamos todos los días con dinámicas muy cercanas a la gente. Aquí nos conocemos. El personal que organiza los procesos, las y los capacitadores que recorren los municipios y las personas ciudadanas que cuentan los votos son vecinos y vecinas, familiares y amistades de la misma comunidad. Esa cercanía es nuestro mayor blindaje contra la apatía y el escepticismo, para que las autoridades mantengamos una conducta intachable, alejada de cualquier sombra de duda.
La salida de la consejera presidenta ocurre, además, en un momento crítico, con la mirada puesta en los complejos procesos venideros. La respuesta institucional debe ser inmediata, impecable y guiada exclusivamente por el bien común. El relevo que defina la Cámara de Diputadas y Diputados no puede ser una negociación de cuotas o reparto de poder. Se necesita un perfil que no solo posea la capacidad técnica para operar una maquinaria tan compleja, sino que goce de una autoridad moral incuestionable para devolverle al INE la credibilidad que tanto necesita.
Para recuperar la certidumbre, la renuncia no debe ser vista como un borrón y cuenta nueva. El esclarecimiento total de los hechos es una exigencia ciudadana que no admite demoras ni simulaciones. Solo a través de la rendición de cuentas plena y de una transparencia absoluta lograremos limpiar el aire. En Chihuahua tenemos claro que la confianza no se exige; se construye día con día, con puertas abiertas, con diálogo constante y con una fiscalización rigurosa de cada peso público que se utiliza para organizar la voluntad popular.
Hoy más que nunca, las instituciones estatales electorales asumimos la responsabilidad de ser faros de estabilidad. A las y los chihuahuenses les digo con total claridad: en nuestro estado, las elecciones se organizan bajo los principios de legalidad, certeza e imparcialidad que nos mandata la ley. La crisis del centro nos obliga a redoblar esfuerzos en lo local, a ser más cercanas y cercanos, más transparentes y más estrictas y estrictos con nosotros mismos.
La democracia mexicana ha pasado por tormentas severas a lo largo de su historia y siempre ha encontrado la forma de salir adelante gracias a la fuerza de su gente. Esta ocasión no será la excepción. El desafío actual es enorme, pero también representa una oportunidad histórica para corregir el rumbo, fortalecer los contrapesos y demostrar que las instituciones son mucho más grandes que sus crisis transitorias. La tarea que tenemos por delante no es de una sola persona; es un compromiso colectivo para devolverle a la ciudadanía la certeza de que su voz sigue siendo el motor que define el destino de nuestra nación.