Anécdotas de Vasconcelos e Ingenieros
El maestro Vasconcelos descendió de la mula. Había salido de madrugada para llegar a Zacualtipán a media tarde. A pesar del cansancio de la travesía montañosa, se dirigió de inmediato hacia la comitiva curiosa mientras secaba el sudor con un pañuelo extraído de su pantalón.
La mitad del pueblo se conglomeró para recibirlo: las señoras ofrecían alimentos y atenciones; los señores descargaban cajas de libros, utensilios y pizarrones.
Este pueblo enclavado en la Sierra Alta de Hidalgo, fue escenario del inicio de la Misión Cultural, la empresa educativa más impactante de América en los últimos tres siglos. José Vasconcelos, primer Secretario de Educación en México, la planeó y ejecutó. Pero no era un funcionario de escritorio, también hacía las veces de supervisor de campo.
Esa tarde, a la sombra de un encino, animó a los profesores y entregó libros clásicos de Homero, Dante y Cervantes. Al día siguiente instaló aulas, una biblioteca y talleres de oficios. Su comitiva, integrada por un agrónomo, un carpintero, un experto en higiene y un profesor de música o artes plásticas, inició inmediatamente los trabajos.
Lo más importante: renovaban el espíritu de esperanza y fortaleza. No de manera simbólica sino con hechos concretos. Vasconcelos era enemigo de la política de apariencias.
Sus opositores, burdos politiqueros, criticaban el supuesto desperdicio de recursos destinados a libros y bibliotecas en una situación de atraso económico. Pero Vasconcelos, llamado con razón el “Maestro de América”, no era veleta y defendía con firmeza que la cultura universal no era lujo de ricos sino patrimonio de la humanidad, una fuerza capaz de elevar el espíritu que hace hombres plenos y libres.
Limitar la educación era condenar al pueblo a una cultura inferior. Trabajar por ella era esencial, lo demás llegaría por añadidura.
Miles de kilómetros al sur, en Argentina, José Ingenieros, un médico y profesor universitario, también creía que la verdadera educación forma el carácter, fortalece la moral, y dignifica la vida.
En una de sus clases de universidad, Ingenieros interrumpió la lección, se sentó en el borde del escritorio y cuestionó:
- ¿Alguien puede decirme qué ideales guían su vida?
Algunos alumnos se miraron de reojo, esperando que el "raro" de la clase respondiera algo.
Hablo en serio -insistió el maestro-.
Díganme... ¿hay algo por lo que darían su vida?
Hizo una pausa y caminó por el pasillo.
- Los veo esforzarse por ser los mejores. Pero falta un porqué enfrentar la vida . Un profesional competente sin un ideal es solo un ruin mercenario al mejor postor.
Después, charló cálidamente sobre la diferencia entre el hombre mediocre y el idealista. Afirmó que el hombre mediocre es temeroso e indeciso; carece de iniciativa y mira siempre al pasado. Es incapaz de la virtud porque le exige esfuerzo. Los mediocres son fríos, apáticos y acomodaticios. Carecen de aspiraciones. Hablan con vulgaridad y son incapaces de sentir pudor cuando cometen un acto mezquino.
En medio de aquella plática, Ingenieros recordó a su esposa Eva, reflexionó en voz alta y añadió:
- El ser humano “libre” desdeña el romanticismo comprometedor y, con esto, atrofia el alma e ignora el perfume de la flor, la inquietud de las estrellas y la gracia de la sonrisa.
En sus libros, José Ingenieros, llamado en hispanoamérica el “Maestro de las Juventudes”, afirma que las personas que procuran la virtud viven con intensidad y dignidad, y escalan tempestuosamente la cumbre encrespada. Los idealistas son el ímpetu que infla las velas de un buque entero, lo arrastra y lo orienta.
Los dos maestros encaminaron a sus alumnos más allá de lo superficial. Los subieron al pupitre para alcanzar a ver lo ilimitado. Les abrieron un horizonte de posibilidades. Enseñaron que trabajar con principios no limita, sino engrandece.
Un verdadero maestro llena de esperanza. Muy lejos está la visión mediocre de muchos que dirigen los destinos educativos que exhiben su pobreza cultural, que abusan de la ignorancia y necesidad.
Pero siempre existen quienes encarnan el legado de los grandes hombres. Vasconcelos creía firmemente en su lema “Por mi raza hablará el espíritu”. Hombre de convicción, afirmaba que la grandeza de las naciones se construye con cultura, y que la Providencia decide el destino.
Ambos se convirtieron en guías espirituales. Concebían al maestro no solo a quien trasmite conocimiento, sino aquel de autoridad moral, ganada por su responsabilidad y la búsqueda del bien y la verdad.
Información tomada de la memorias de José Vasconcelos, La Tormenta y El Desastre. Y el libro El Hombre Mediocre de José Ingenieros.