Ciudad de México.- La joven recién casada recibió a un grupo de amugas en su departamento. Les comentó que su marido era hombre rudo, de poca cultura, inurbano, pero que ella le estaba enseñando buenos modales. En eso entró el esposo, y al ver a las presentes les dijo sin más: "Con su permiso. Mi mujer y yo vamos a coger". Y así diciendo tomó de la mano a la muchacha y con ella se dirigió a la alcoba. Las invitadas se quedaron estupefactas, patidifusas, turulatas, sin saber si debían reír, o llorar, o ponerse a rezar. Poco después regresó la anfitriona componiéndose el vestido y arreglándose el peinado. Les dijo con orgullo a sus amigas: "¿Lo ven? Ya está aprendiendo buenas maneras. Hace dos semanas ni siquiera habría dicho: 'Con su permiso'". Los hombres tipo Trump no tienen sentido del humor, o si alguno tienen es torpe y amargoso. Su risa es como de vidrios rotos; sus gracejadas carecen de gracia. Hace unos días el simiesco yanqui recibió en la Casa Blanca a la primera ministra de Japón, y en el curso de su conversación con ella dijo que la nación nipona era experta en sorpresas. Haciéndose el chistoso preguntó: "¿Por qué no me avisaron de lo de Pearl Harbor?". Imprudente fue esa mención, y de pésimo gusto desde el punto de vista del trato diplomático. Para los Estados Unidos aquel fue un tremendo golpe que causó la muerte de más de 2 mil soldados norteamericanos en aquel día "que vivirá en la infamia", según dijo Franklin D. Roosevelt en su celebérrimo discurso. Para Japón el ataque significó el principio de una guerra que al final perdería después de grandes derrotas militares y dolorosos sacrificios de civiles. La salida de tono de Trump puso de manifiesto su arrogancia y su falta de sensibilidad. Es una vergüenza que Estados Unidos tenga un mandatario así. ¡Y pensar que nuestra Presidenta debe lidiar con ese barbaján! Como dijo aquél: "Nomás de pensarlo se me encuera el chino". Quiso decir: "Se me enchina el cuero". Algunos de los antiguos barrios de mi ciudad adoptaban el nombre del tendajo del vecindario: "El Gato Negro", "El Topo Chico", "El Águila de Oro". Este último barrio era uno de los más tradicionales. Ahí estaban desde tiempos de la Colonia los obrajes donde se tejían los preciosos sarapes de Saltillo y las cobijas de lana y lana que protegían contra los fríos invernales. Ahí se hallaba también el taller del maistro Abraham, de oficio cuchillero. Su especialidad eran los machetes, en cuya hoja grababa una ominosa inscripción: "Cuando esta víbora pica no hay remedio en la botica". Don Abraham se ufanaba de que sus machetes podían partir en dos un cabello. Alguien oponía: "Cualquier machete puede partir en dos un cabello". Replicaba el maistro: "¿A lo largo?". Viene a cuento el anterior cuento para contar el cuento de los tres espadachines: D'Artagnan el francés, sir Walter Raleigh el inglés, y Pancho el mexicano. En torno de una mesa de cantina discutían acerca de cuál de los tres era mejor con la espada. En eso pasó volando un mosquito o zancudo. D'Artagnan desenvainó su tizona y con ella partió en dos al insecto. Declaró con orgullo: "Ese stupide zancudo no volverá a volar". Siguió la conversación y otro mosquito pasó zumbando sobre los espadachines. Sir Walter esgrimió su sable marinero y partió en cuatro al mosquito. Manifestó arrogante: "Ese bloody zancudo no volverá a zumbar". Continuó la plática, y de nuevo un mosquito atravesó sobre ellos. Pancho sacó su machete y le tiró un golpe. El insecto siguió volando. Los otros se disponía a burlarse de la falla del mexicano, pero en eso dijo Pancho con tono de fiereza: "Ese cabrón zancudo no volverá a tener familia". FIN.

MIRADOR

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

Me habría gustado conocer a Jonathan Barbieri.

Hasta donde he podido averiguar era un pintor estadounidense de origen mexicano. Tenía parientes en Oaxaca, y con ellos formó una sociedad para producir mezcal. Lo bautizó con raro nombre: "Pierde almas", y en la etiqueta puso una expresiva frase: "¡Otra vez esta maldita felicidad!".

Barbieri patrocinó el coctel de inauguración de la muestra de pinturas de Diego Rivera en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Sirvió a los invitados antojitos mexicanos rociados con cerveza de México y su volcánico mezcal. La exposición fue un éxito, pero hasta la fecha no se sabe si el buen suceso se debió al mérito de la obra de Rivera o al coctel que Barbieri organizó.

Todo arte es al final arte de vida. No es artista quien no practica el arte de vivir. Ese arte es canción y poema; es belleza; es aventura, amor.

Me habría gustado conocer a Jonathan Barbieri.

No sé si sabía pintar.

Sí sé que sabía vivir.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

Por AFA.

". Netanyahu dice que Trump es el líder.".

Tiene sobra de cinismo

esa frase que cité.

Trump sería el líder que

lleva el planeta al abismo.