Hay tres cosas que cualquier madre o padre espera de un gobierno: encontrar atención médica cuando un hijo se enferma; que ese hijo reciba una educación que le permita tener un mejor futuro; y que la familia encuentre apoyo para salir adelante, no más obstáculos.
Eso es, al final, el verdadero desarrollo de una sociedad. Y el verdadero desarrollo no se construye con discursos, con frases o conferencias mañaneras; se construye cuando las personas tienen oportunidades para vivir con dignidad, desarrollar sus capacidades y formar un patrimonio que puedan heredar a sus seres queridos.
Sobre estos temas trata el documento Soluciones para México, presentado recientemente por el PAN, y en donde se propone una discusión que nuestro país no puede seguir posponiendo. Porque, más allá de las diferencias partidistas, la pregunta es inevitable: ¿quienes gobiernan hoy a México han dado los resultados que prometieron?
En materia de salud, lo que vemos y vivimos resulta no sólo indefendible, sino trágico. Prometieron hospitales como en Dinamarca. La realidad es que 45 millones de mexicanos no tienen acceso a servicios de salud; el desabasto de medicamentos se convirtió en algo constante y miles de familias han vivido la angustia de no encontrar tratamientos para enfermedades tan delicadas como el cáncer infantil. Incluso, enfermedades que estaban controladas reaparecieron como consecuencia de la falta de vacunación en la niñez.
No se trata sólo de cifras. Detrás de cada medicamento que no llega hay una madre esperando una respuesta; detrás de cada consulta cancelada hay una persona cuya enfermedad no puede esperar. La salud dejó de ser una garantía para convertirse, en demasiados casos, en una incertidumbre.
Esa incertidumbre también representa un enorme costo económico y social. Miles de familias tienen que pagar consultas privadas y comprar medicamentos que deberían recibir gratis, o endeudarse para continuar un tratamiento. En lugar de proteger a quienes más lo necesitan, Morena trasladó el problema a los hogares. Cuando una enfermedad obliga a vender el patrimonio familiar o a sacrificar los ahorros, el gobierno ha dejado de cumplir una de sus responsabilidades elementales.
Frente a ese panorama, Acción Nacional propone reconstruir un sistema que garantice atención médica, abasto de medicamentos, regresar a la vacunación universal, atención prioritaria al cáncer y una estrategia nacional de salud mental. Son propuestas que pueden debatirse, pero parten de una idea básica: ningún país debe hablar de “bienestar” cuando enfermarse pone en riesgo el ingreso o la vida de una familia.
La educación refleja una historia similar. Mientras el discurso oficial insiste en sus conferencias que todo marcha mejor, la realidad nos muestra que hoy hay 1.5 millones de estudiantes menos que en 2018; desaparecieron las escuelas de tiempo completo y las estancias infantiles, que atendían a miles de niños de escasos recursos; y, por si fuera poco, México tiene los peores resultados educativos, pues dos terceras partes de nuestros estudiantes no tienen conocimientos básicos de matemáticas, y la mitad no logra entender lo que lee. Las primeras víctimas de estas decisiones han sido precisamente quienes menos oportunidades tenían.
Una buena escuela no sólo transmite conocimientos. También reduce desigualdades, protege a la niñez, facilita que madres y padres puedan trabajar y abre puertas para romper los ciclos de pobreza. Por eso resulta relevante que Acción Nacional proponga recuperar las escuelas de tiempo completo, fortalecer la preparación de las y los maestros, ampliar el acceso a herramientas digitales y apostar por una educación que prepare a nuestros niños para competir en un mundo cada vez más exigente.
Y detrás de la salud y de la educación se encuentra un elemento que con frecuencia se olvida en el debate público: la familia.
Durante años se ha repetido la idea de que ayudar al pueblo se reduce a la entrega de apoyos económicos. Nadie niega que esos programas representan un alivio para muchas personas. Pero también es cierto que ningún apoyo sustituye una consulta médica, una buena escuela o la tranquilidad de saber que los hijos tendrán oportunidades para salir adelante. El desarrollo no consiste solamente en transferir recursos; consiste en ampliar capacidades y, sobre todo, crear oportunidades para las personas.
Ahí aparece una diferencia de fondo entre dos maneras de entender el país.
Hay una visión que cree que la tarea del gobierno termina cuando se entrega un apoyo. Otra, entiende que es ahí donde apenas comienza la responsabilidad de quien gobierna, pero no se acaba con dar dinero, pues un gobierno que en verdad se preocupa por la gente debe además garantizar salud, educación, seguridad y condiciones para que cada persona pueda salir adelante con su propio esfuerzo.
No es una diferencia menor. Es una diferencia de visión.
Los gobiernos de Acción Nacional han demostrado que es posible avanzar por ese camino. Por ejemplo, nuestro estado ha fortalecido su infraestructura hospitalaria con Medi-Chihuahua, ampliado la cobertura de programas preventivos y consolidado uno de los sistemas educativos estatales con mejores resultados del país. Entidades como Querétaro, Aguascalientes y Guanajuato han mostrado que invertir en educación, salud y desarrollo económico produce sociedades con más oportunidades y mejor calidad de vida.
Por supuesto, ningún gobierno es perfecto y siempre habrá espacio para mejorar. Pero también es evidente que existen modelos que ofrecen mejores resultados que otros.
México necesita dejar atrás la falsa discusión entre apoyos o abandono. El desarrollo exige algo más: hospitales que funcionen, médicos y medicinas cuando se necesitan, escuelas que preparen para el futuro y programas que fortalezcan a las familias. El verdadero desarrollo no se mide por lo que entrega un gobierno, sino por las oportunidades que tiene cada persona para salir adelante, formar una familia, cuidar de los suyos y vivir con paz y dignidad.