En los últimos años se ha vuelto común citar el caso etíope como ejemplo de cómo un país puede revertir la desertificación mediante obras de captación de agua: terrazas, zanjas de infiltración, microcuencas y presas de contención. La narrativa suele presentarlo como un “experimento exitoso” de ingeniería hidráulica. Pero esa lectura es incompleta. La tecnología, por sí sola, no explica la transformación del paisaje. Lo decisivo fue otra cosa: la definición sistémica correcta del problema.

Etiopía no restauró sus bosques porque inventó una técnica novedosa. Restauró porque entendió que la degradación era ecológica y geológica, pero no social. La ingeniería hidráulica fue apenas la interfaz visible de un proyecto mucho más profundo, sostenido por conocimiento biotecnológico, lectura estratigráfica del suelo y un capital social que persistió pese a la adversidad.

El punto central es éste: la vida vegetal persistía. En los pastizales, a través del banco de semillas; en los bosques, a través de raíces profundas y tejidos meristemáticos, zonas del vegetal donde las células no están diferenciadas y conservan la capacidad de dividirse indefinidamente. Aunque la parte aérea de los árboles había muerto por sequía, fuego o sobreexplotación, sus órganos de persistencia seguían vivos bajo tierra. Cuando el suelo recuperó humedad, esos tejidos reactivaron su metabolismo y produjeron nuevos brotes. Los árboles que reaparecieron no fueron “nuevos”: fueron organismos viejos que despertaron. Etiopía no creó un bosque: reactivó la memoria biológica del bosque.

La singularidad bioclimática del área restaurada explica este fenómeno. No se trata de un desierto árido, como podría imaginarse desde México, sino de un ecosistema monzónico montañoso degradado, con lluvias estacionales intensas, suelos profundos y especies adaptadas a sequías temporales. La restauración ocurrió porque el ecosistema todavía podía responder.

Pero la escala del esfuerzo revela algo aún más importante. Las imágenes aéreas muestran terrazas siguiendo curvas de nivel por kilómetros, zanjas repetidas en patrones geométricos y microcuencas distribuidas densamente en laderas completas. No hablamos de cientos de hectáreas, sino de miles. Esta magnitud solo es posible cuando el capital social —los valores compartidos, la cooperación comunitaria, la capacidad de sostener acuerdos— permanece intacto.

Aunque el liderazgo técnico y la capacitación provinieron de instituciones externas, la construcción de las obras fue enteramente comunitaria. La comunidad no fue beneficiaria pasiva: fue agente ejecutor. Y la bondad de los frutos se dio pari passu con la realización de la obra. La conservación no fue un objetivo impuesto: fue una consecuencia natural de haber construido colectivamente aquello que ahora se protege. Sin esos valores compartidos, habría prevalecido el interés particular sobre el interés común, y ninguna obra habría sobrevivido.

Por eso, más que una restauración ecológica, Etiopía logró una reactivación ecológica sostenida por una memoria biológica y una memoria social que nunca desaparecieron. La tecnología fue necesaria, pero no suficiente. Lo decisivo fue que las comunidades ya contaban con los valores y acuerdos que permiten sostener un proyecto de largo plazo.

Chihuahua enfrenta una realidad distinta. En amplias zonas del estado, el banco de semillas está fragmentado, la capa fértil del suelo se ha perdido y la precipitación es cada vez más errática. Pero el obstáculo mayor no es técnico: es social. El capital social —la capacidad de una comunidad para sostener acuerdos, vigilar su territorio y actuar colectivamente— es escaso. Con una excepción importante: las comunidades indígenas de la Sierra Tarahumara, donde la cohesión interna, la autoridad tradicional y la gobernanza comunitaria permiten sostener proyectos de largo plazo.

Un equipo de investigadores lo constató recientemente en una microregión de la Tarahumara: allí donde existe capital social, las obras de conservación funcionan; donde no existe, se destruyen o se abandonan. La diferencia no es la técnica, sino la comunidad. Y también la memoria vegetal: en algunas zonas serranas, las raíces profundas de especies nativas siguen vivas; en otras, han desaparecido por completo.

Por eso, la lección etíope no debe interpretarse como un manual de ingeniería, sino como un recordatorio de que la reactivación ecológica depende de la persistencia biológica y de la persistencia social. La tecnología es necesaria, pero no suficiente. La voluntad estatal es indispensable, pero tampoco basta. Lo que define el éxito es la capacidad de articular conocimiento técnico con participación comunitaria sostenida, en territorios donde la vida vegetal aún conserva su memoria y donde la comunidad conserva sus valores compartidos.

Chihuahua no puede replicar el modelo etíope a escala estatal. Pero sí puede lograr resultados significativos en microrregiones con capital social existente, especialmente en territorios indígenas donde la gobernanza tradicional sigue viva y donde las raíces profundas de la vegetación nativa aún persisten. Ahí, y solo ahí, la ingeniería hidráulica puede convertirse en motor de reactivación ecológica.

La pregunta no es si tenemos la tecnología.La pregunta es si tenemos la comunidad.

Y si el territorio conserva, bajo tierra, la memoria de su propio bosque.